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Antonio Marco

En la madrugada del pasado 16 de noviembre la NASA ponía en marcha la misión Artemis I enviando a circunvalar la Luna a la cápsula Orion propulsada por el cohete más poderoso hasta ahora construido. Artemis (así en inglés con acento tónico en la Á, en español debería ser Artemisa, nunca Artémis con acento tónico en la “e”) era en la Antigüedad una importante diosa griega, hermana del dios Apolo, identificada por los romanos con su Diana cazadora. Es una virgen, diosa de los espacios naturales, de los bosques y de los animales. Se identifica también con la Luna. No puedo extenderme más en su complicado e interesante perfil mitológico.

Ártemis es hoy el último nombre mitológico griego de una muy larga serie con el que la NASA denomina a su ambiciosa misión de llevar de nuevo al hombre y por primera vez a la mujer a la Luna como paso previo a su llegada a Marte. Si la misión trata de llevar la primera mujer a la Luna, me parece muy oportuno que la misión se llame así; la anterior misión Apolo, nombre del dios hermano, llevó a la Luna al primer hombre, el que dio un “pequeño paso para el hombre pero un salto gigantesco para la humanidad”. Ártemis o Diana es también la Luna y por eso se la representa casi siempre asociada a una media luna, generalmente sobre su cabeza.

Ciertamente el mundo antiguo grecolatino en general y su mitología en particular sigue teniendo un enorme atractivo e interés para los habitantes del mundo actual. Es realmente llamativo y gratificante para los amantes del mundo clásico que también la NASA comenzara a dar nombres mitológicos griegos y romanos a sus misiones y satélites. Es cierto que hay toda una fuerte tradición y peso de la mitología grecolatina a la hora de relacionarnos con el espacio y los cielos desde los orígenes: los planetas (astros que se mueven significa la palabra) tienen nombres de dioses, Mercurio, Venus, Tierra, Marte, Júpiter, Saturno, Urano, Plutón; las constelaciones o agrupaciones de estrellas como método para organizar el impresionante caos del cielo nocturno recurre a los mitos clásicos, Andrómeda, Cefeo, Centauro, Hércules, Hidra… Los mitos se asentaron y fijaron, pues, en el cielo.

A comienzos de 1960, cuando se inicia la carrera espacial y la competición entre la URSS y EEUU por conquistar el cielo, se elige el nombre Mercurio (Mercury) para el primer programa espacial tripulado estadounidense; Mercurio es el dios con alas en los pies, mensajero de los dioses, que recorría raudo, veloz y elegante el espacio sideral; la cápsula Mercury era propulsada y puesta en órbita por el cohete llamado Atlas-D. Atlas es un titán o dios primitivo que sujetaba los cielos sobre sus hombros como castigo por haber luchado con los dioses olímpicos. Titán es también el nombre de uno de los poderosos cohetes lanzadores americanos.

También a comienzos de 1960 el ingeniero alemán Wernher von Braun, diseñador del famoso y destructivo cohete alemán V-2, nacionalizado estadounidense e integrado en la NASA, eligió para sus cohetes americanos el nombre de Saturno, que precisamente llevó al ser humano a la Luna a bordo de la cápsula Apolo. Saturno era un dios romano de la agricultura que se identificó con el titán griego Cronos o el tiempo. Devoraba a sus hijos hasta ser destronado por su hijo Júpiter. 

En ese ambiente mitológico del momento, parece que Abraham Silverstein, Director de la oficina de programas de vuelos espaciales de la NASA, recordaba un libro de mitología leído en la escuela en el que un dios radiante y luminoso, Apolo, el Sol, recorría el cielo en un carro tirado por caballos alados, disparando desde lejos certeros dados. Comentó en una comida de amigos que Apolo podría ser un nombre adecuado para el programa que llevaría el hombre a la Luna, precisamente impulsado por un potente cohete Saturno; les pareció bien a los comensales y así quedó para la posteridad.

He comentado más arriba la oportunidad del nombre de Ártemis para la misión de poner la primera mujer en el hemisferio sur de la luna, lugar no pisado antes por la raza humana. Será también la primera mujer que dará un nuevo paso importante en su lucha y carrera por la igualdad con los hombres y ocasión también para el primer ser humano de color en llegar a nuestro satélite; lo harán en la cápsula Orion (Orión en español). Orión es un gigante de la mitología griega, cazador, muerto por un flechazo de Artemisa en unas versiones y por un escorpión en otras; Escorpión es una de las constelaciones del Zodiaco que peligrosamente se le aproxima a Orión.

Así que poniendo un poco de orden en esta mitología práctica, al menos, no pretendo ser exhaustivo, se ha dado nombre mitológico griego a misiones tales como Mercurio (Mercury) Apolo (Apollo) y  Ártemis (Artemis). Las cápsulas tripuladas o no han recibido nombres tales como Mercurio, Apolo, Orión o Gemini (recordemos de nuevo el Zodiaco). Nombre griego mitológico tienen también los cohetes propulsores Atlas, Titán, Saturno. La ESA, Agencia Espacial Europea ha nombrado Ariane a sus cohetes y Hermes, el nombre latino de Mercurio, al transbordador. También las sondas espaciales han recibido nombres tales como Ulysses (nombre latino de Odiseo), sonda conjunta hacia el sol de la NASA y la ESA; Juno fue la sonda enviada a estudiar Júpiter, el planeta que lleva el nombre de su marido; Alemania llamó Helios, es decir, Sol, a su sonda espacial; Gaia (la Tierra) es una sonda europea; Fobos (el Miedo) fue una sonda soviética enviada al planeta rojo Marte. Marte es el dios de la guerra, rojo de ira, por supuesto y padre lógicamente de Fobos. Es de suponer que los científicos y técnicos espaciales de la NASA o la ESA e incluso los rusos manejan y disponen en su bibliografía básica y manuales de consulta de un diccionario de mitología grecolatina.

Entre las razones que sin duda han influido en esta buena costumbre de nombrar las misiones e instrumentos de la conquista del espacio con nombres mitológicos griegos están sin duda el enorme atractivo general y prestigio del mundo antiguo, de manera especial su mitología general y su mitología del cielo más especialmente, la sonoridad y capacidad de estos nombres de generar curiosidad e ilusión en los humanos actuales, el conocimiento que el público general tiene de estos seres mitológicos. ¿A quién no le suena en alguna medida los hombres de Apolo o Saturno o incluso Artemisa si recordamos que ese es el nombre griego de Diana?

Ahora bien, ¿se seguirá esta costumbre en el futuro? Siempre pende la duda y el temor de que no sea así. El nuevo cohete diseñado por la NASA para las nuevas misiones tripuladas, el mayor de los hasta ahora construido, se llama SLS, siglas de “Space Launch System” (Sistema de lanzamiento espacial), nombre menos sugerente, por supuesto que Titán o Saturno. Ojalá no sea una premonición o aviso del mal futuro. Aunque siempre hay motivos para la esperanza. Hace algunas semanas presentaba en esta misma sección a mi amigo, el astrofísico José Cernicharo, que acababa de recibir el Premio Nacional de Investigación en Física Blas Cabrera. El importante proyecto de investigación sobre el hallazgo de moléculas en el espacio interestelar que él lidera y desarrolla en el observatorio de Yebes (Guadalajara) se llama precisamente QUIJOTE. No es un héroe de la mitología griega pero sí es un héroe patrio, castellanomanchego y universal, como el propio Cernicharo.  No importa que este QUIJOTE sea el acrónimo de Q-band Ultrasensitive Inspection Journey Of the Tmc1 Environment. El acrónimo evidencia no solo la capacidad científica de José Cernicharo sino también el amor y apego a su tierra, Castilla-La Mancha, pues nació en Albacete y reside en Guadalajara, aunque se mueve por el mundo entero.

Antonio Marco es catedrático de Latín jubilado y expresidente de las Cortes de Castilla-La Mancha

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