• Autor de la entrada:
  • Categoría de la entrada:Opinión

Antonio Marco

El pasado día 20 se celebraba el Día Mundial de la Justicia Social, de acuerdo con la Resolución que la ONU había aprobado en el año 2007, inspirada sobre todo a su vez en resoluciones y declaraciones de la Organización Internacional del Trabajo que se había creado ya en 1919. Con la celebración de estos Días Mundiales se pretende sensibilizar al público en general y llamar la atención de los medios de comunicación y de los gobiernos para tomar medidas adecuadas sobre asuntos de gran interés general.

Me temo que la celebración del Día Mundial de la Justicia Social no ha tenido excesivo eco ni en la toma de nuevas medidas de los gobiernos ni en la presencia en los medios de comunicación. El hecho de que en este mismo periódico digital se publicaran el mismo día 20 dos interesantes artículos al respecto, uno del actual Presidente de las Cortes de Castilla-La Mancha, Pablo Bellido, y otro de la Consejera de Bienestar Social, Aurelia Sánchez, son una grata excepción. En el importante diario de tirada nacional del día 20 pasado, que leo todos los días desde hace décadas con indefectible fidelidad, no he encontrado ni una sola referencia, ni una sola cita. Y eso que la Justicia Social no es ni más ni menos que la argamasa y condición necesaria que da sentido y cohesión a la sociedad en la que los seres humanos desarrollamos nuestra vida como tales y la propia Asamblea General de la ONU reconoce que el desarrollo social y la justicia social son indispensables para la consecución y el mantenimiento de la paz y la seguridad en las naciones y entre ellas.

Como tantas otras cosas, también les debemos a los griegos la creación del pensamiento y teoría política. Aristóteles define al hombre como “animal político”, animal social, (zoon politikón), pero ya antes de él teorizaron los griegos sobre el origen y cohesión de la sociedad, que según los diversos autores se fundamenta en la igualdad de naturaleza de todos los hombres, en el pacto, convenio o contrato entre ellos, dada la necesidad de ayuda mutua como seres limitados que somos y la necesidad de controlar la violencia destructiva, o en alguna creencia y mito religioso.

Desde entonces hasta hoy la “política” (término derivado de la palabra griega “polis”, ciudad-estado) y el gobierno de las sociedades han sido tema de ocupación de los grandes pensadores y escuelas filosóficas de todos los tiempos: de Platón y Aristóteles con su concepto de “justicia distributiva” a Marx; de San Agustín y Santo Tomás a Rousseau o Hobbes; de Stuart Mill y Adam Smith y su utilitarismo a John Rawls y su concepto de equidad o al liberal Hayek, que niega toda validez al concepto de “justicia social”.

Ahora bien, si la reflexión sobre el hombre individuo y la sociedad es muy antigua, el término “Justicia Social” es muy reciente, apenas si tiene siglo y medio. Durante todo ese tiempo se ha ido generando un debate y reflexión filosófica, social y política que lo ha convertido en un concepto muy complejo y en constante expansión.

Ciertamente, todo arranca de los griegos y su búsqueda de definición de la “justicia”, que Aristóteles resume en la fórmula ya sagrada de “dar a cada uno lo suyo”, “suum cuique tribuere”, en este caso “dar al individuo lo suyo como miembro de la sociedad” en proporción a sus necesidades y a su contribución a la propia sociedad. Pero a la hora de concretar ese “lo suyo” surgen las diferencias de interpretación que están en la base de los movimientos e ideologías sociopolíticas y que han ido ganando complejidad con el paso del tiempo. Siendo imposible abordar ni siquiera un mínimo resumen de esa complejidad en el corto espacio de un artículo, citaré tan sólo algunos de los componentes que hoy definen y amplían el concepto de “Justicia Social”.

En primer lugar la “justicia social” es distribución y reparto equitativo de los bienes que en la sociedad existen.

Es este el significado más tradicional. Siendo sin duda el principal componente de la injusticia social la desigualdad y la pobreza, y recogiendo las resoluciones de la OIT, es comprensible que en muchas ocasiones parezca limitarse la “justicia social” al reparto equitativo de los bienes materiales, al reparto de la riqueza que la sociedad produce, ya que la pobreza es la principal evidencia de la injusticia social y a fin de cuentas el trabajo es el principal instrumento que los hombres tenemos para participar de esa riqueza. Por cierto y a propósito del trabajo no podemos por menos de tener presente las dificultades existentes en nuestro país actualmente en el acceso al trabajo de las generaciones más jóvenes, incluidas las mejor preparadas académicamente, la precariedad de muchos de los contratos y las injusticias con algunos colectivos, migrantes especialmente, pero también mujeres con salarios muchas veces más bajos que los de los hombres, lo que a todas luces parece un retroceso en “justicia social”.

Ahora bien, los bienes a redistribuir no deben limitarse a lo puramente material y económico, al salario en condiciones justas, siendo esto esencial. Hay que añadir como bienes a repartir y compartir todos los derechos y libertades básicas. Sin ellos no puede haber justicia ni armonía sociales. Recordemos lo primero la Declaración Universal de los Derechos Humanos y cuantas formulaciones definen al ser humano como ser libre y digno, que necesita desarrollar determinadas capacidades funcionales, tales como:

. una vida sana de duración normal, en condiciones adecuadas de salud, alimentación y vivienda

. la integridad corporal a salvo de cualquier violencia

. la capacidad de sentir, imaginar y pensar libremente, recibiendo la educación adecuada.

. la capacidad de definir un proyecto personal de vida y de establecer relaciones con otros seres sin ser discriminados.

. la capacidad de participación política.

. la capacidad de vivir en armonía con el mundo natural, con sus animales y sus plantas.

En segundo lugar Justicia Social es reconocimiento y respeto de la identidad personal y de grupoy la ausencia de todo dominio cultural de las mayorías respecto de las minorías étnicas, culturales, sexuales, de género o de otro tipo. Cada individuo ha de tratar a las otras personas como sus iguales. El reconocimiento exige la igualdad universal en derechos y libertades.

En tercer lugar Justicia Social es el acceso en equidad a la participación plena en la vida social de todas las personas, especialmente de grupos sistemáticamente excluidos por su etnia, edad, género, educación, orientación sexual o situación socioeconómica. Se trata, pues, de distribuir además de los bienes económicos, otros tales como la igualdad de oportunidades, el acceso a las instituciones del poder y a todos los espacios públicos, el acceso al conocimiento. Es decir, se trata de atender y asegurar la participación democrática de todos los ciudadanos, eliminando toda exclusión, en las instituciones sociales, culturales, políticas o de gobierno. Sin participación democrática real no puede haber “justicia social”.

En mi opinión es la socialdemocracia el sistema político que mejor interpreta, define y procura ejecutar este concepto amplio de “Justicia Social”. ¿Puede alguien dudar de que el sistema económico neoliberal dominante en todo el mundo, aceptado con más o menos rigor por todos los partidos enmarcados en “la derecha” política, no produce en realidad sino desigualdad, injusticia y desesperación en amplias capas de la sociedad, especialmente en los jóvenes, que son el futuro? ¿Puede alguien dudar de que los infinitos conflictos y episodios violentos locales, nacionales, internacionales tienen su origen en su gran mayoría en la desigualdad e injusticia social?

Por todo ello el pasado día 20 se hubiera merecido una mayor atención por parte de la sociedad. Es difícil de entender por qué con frecuencia los partidos políticos y organizaciones sociales de diverso tipo recurren al eslogan de la “justicia social” y luego se olvidan del día que precisamente las Naciones Unidas fijaron como el de su celebración mundial.

Compartir en Redes sociales