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Lidia Casado

La semana pasada se hizo viral un tuit de @Sopadeyegua en el que contaba la historia de la bibliocaseta de Ciudad Rodrigo, en Salamanca, a la que alguien había prendido fuego. La foto que acompañaba al hilo era desoladora, con todos los libros quemados y tirados por el suelo.

La noticia pronto saltó a otras redes sociales y despertó una ola… Bueno, en realidad, dos olas de sentimientos diferentes. Por un lado, indignación. ¿Cómo puede ser que alguien haga algo así? ¿Solo por diversión? ¿Cómo se pueden quemar libros? ¿Y más los libros de esta iniciativa solidaria, abierta y libre?

Por otro lado, de solidaridad. Cientos de lectores y escritores se ofrecieron para enviar ejemplares a la caseta. Tanto que, según la organización responsable de la misma, el Centro Social Aldea, ha tenido que pedir “aportaciones simbólicas” porque ya tenían muchos más libros de los que cabían en la modesta biblioteca abierta mirobrigense.

Una vez más, se demuestra que los libros, en particular, y la cultura, en general, son capaces de generar lo peor y lo mejor. Y que, afortunadamente, somos muchos los que no permitiremos que la palabra se eche a perder, sea agredida, se olvide o sea condenada.

PD. Hay más iniciativas de este tipo por toda España. Se trata de recintos donde quien quiera puede llevar o dejar libros. Me parece una excelente idea para que la cultura vuele libre. En Azuqueca, tenemos nuestra Biblioteca Abierta Gloria Fuertes, en el parque de la Constitución. Dos buzones (uno para adultos y otro para niños) que siempre tienen vida y a los que muchos nos asomamos de vez en cuando. Para dar o para recibir.

Nos seguimos leyendo.

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