Esther-Olvido Corral del Rey

La palabra suicidio proviene del latín sui, que significa “a sí mismo”, y de caedere, que significa “matar”; es decir, matarse a sí mismo. El suicidio es conceptualizado en la literatura científica como el acto deliberado y voluntario por el que se acaba con la propia vida.

A raíz del suicidio de la actriz Verónica Forqué, se ha empezado a poner el foco de atención en esta terrible realidad y si los equipos profesionales de salud mental dicen que hablar del suicidio es prevenir el suicidio, hablemos.

El estudio del suicidio desde una perspectiva de género, se ha llevado a cabo desde dos grandes perspectivas teóricas y metodológicas. La primera es un enfoque epidemiológico, mientras la segunda intenta una comprensión compleja del fenómeno con apoyo en la sociología, la antropología y la salud colectiva. Esta segunda mirada es la que ha permitido enriquecer la comprensión del suicidio desde un enfoque de género, pues intenta comprender la subjetividad en su contexto cultural y presta atención a las implicaciones afectivas de los procesos diferenciales de socialización entre mujeres y hombres. El estudio del suicidio en el mundo señala diferencias entre unas y otros en conductas suicidas. La realidad del suicidio a nivel mundial parece marcada por variables complejas de carácter cultural que interaccionan a varios niveles, donde no hay que obviar la desigualdad de género como factor de riesgo. En este sentido, la relación existente entre suicidio y violencia de género es una realidad enormemente ignorada en medios de comunicación y estudios estadísticos. El maltrato constituye un factor precipitante que se considera la causa del 25% de los intentos de suicidio de las mujeres. De hecho, la Organización Mundial de la Salud revela que uno de los mecanismos de abordaje de la prevención del suicidio es la actuación sobre factores de riesgo, como es el maltrato. Y sí, la relación existente entre suicidio y violencia de género es una realidad ignorada hasta ahora.

El porcentaje de mujeres que se suicidan es considerablemente menor que el de hombres pero las tentativas de suicidio son mucho más elevadas en ellas. El acceso a ciertos métodos puede explicar esta diferencia de cifras. Los hombres acceden a vías más eficaces, en cambio las mujeres optan por otro tipo de métodos que les resultan más accesibles y ante los que es más fácil que haya un rescate, como la ingesta de medicamentos, por ejemplo. Estas mujeres puede que se contabilicen como tentativas, pero realmente lo que quieren es suicidarse. Ahora bien, analizando la cifra muy preocupante y alarmante del número de hombres que se suicidan, si aplicamos la perspectiva de género nos encontramos con la masculinidad hegemónica y la tradicional socialización de género, entre otros factores, como explicación para esta triste realidad que va en aumento. El modelo de masculinidad hegemónica imperante conlleva que los hombres tengan una enorme carencia en el manejo de las habilidades emocionales. Viendo estos datos, es necesario y urgente incluir la perspectiva de género en los planes nacionales de prevención del suicidio.

Sabemos también que el suicidio es un fenómeno multicausal y complejo. Por lo tanto, en esta decisión influye lo que ocurre en el ámbito social de la persona, en el contexto histórico que le ha tocado vivir, en el lugar donde reside, en su vida familiar, en su ámbito escolar o laboral, etc.

Con una de cada cien muertes, el suicidio sigue siendo una de las principales causas de muerte. Cada cuarenta segundos se suicida una persona en el mundo, según la OMS. Hecho que conlleva muchas tentativas detrás de cada suicidio consumado. En el caso de las personas más jóvenes de entre 15 y 19 años, el suicidio es la segunda causa de muerte por detrás de los accidentes de tráfico. Asimismo, el Colegio Oficial de la Psicología de Madrid, ha alertado de que las tentativas de suicidio y autolesión han aumentado un 250% en nuestro país entre este colectivo con motivo de la pandemia del coronavirus.

Diferentes estudios han mostrado que esta pandemia ha amplificado los factores de riesgo asociados al suicidio, como la pérdida de empleo o económica que genera mucha incertidumbre, los traumas o abusos y violencia de género, los trastornos mentales (han aumentado los casos por depresión, ansiedad e insomnio) y las barreras de acceso a la atención de salud. El sistema sanitario ha puesto muchas barreras. La caída de la presencialidad, la no buena telemedicina y la desviación de los recursos destinados al Covid en detrimento de la Atención Primaria y la Salud Mental.

Lo que está claro es que estos dos últimos años han sido los de más suicidios en la historia de España desde 1906, el primero del que se tienen datos: 11 personas al día, una cada dos horas, enviadas a la muerte por su pesadumbre, su hastío y su desesperanza.

Y no, no se suicidan las personas valientes ni las cobardes ni las egoístas ni las altruistas. Se suicidan las personas como tú y como yo. Es así de crudo. Tampoco es cierto que la publicación de información sobre el suicidio promueva el suicidio. De hecho, se ha demostrado que la publicación responsable, cuidadosa y respetuosa de información sobre el suicidio no sólo no genera efecto llamada, sino que ayuda a prevenir intentos suicidas.

El suicidio es un problema de salud pública urgente y su prevención debe ser una prioridad nacional.

Perder a un ser querido por suicidio es desgarrador y es algo que podemos prevenir por lo que es vital aumentar los medios para prevenir la conducta suicida; más plazas para profesionales de la psicología clínica en la salud pública, al igual que la presencia de las mismas en atención primaria y formación en la materia a las personas profesionales que trabajan en primera línea.

Hagamos que la salud emocional sea universal, y no sólo un privilegio de quien se lo pueda pagar. El suicidio se puede prevenir, la depresión que no tratamos hoy podría ser el suicidio que lamentamos mañana. Cuidemos de nuestra salud mental, y cuidemos también de la de las demás personas

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