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Antonio Marco

Cualquiera que haya visto las imágenes de estos días de cientos de jóvenes, y no tan jóvenes, reunidos en la Puerta del Sol y en otras muchas plazas de España a las 00:00 horas del pasado sábado, celebrando compulsivamente el “fin del estado de alarma” con cerveza, abrazos, gritos, sin distancia de seguridad ni protección suficiente frente a la pandemia del covid-19, podría pensar que estos jóvenes no hacían sino seguir el sabio consejo del gran poeta latino Horacio, “aprovecha el día, vive el momento”. Nada más lejos de la verdad, no sólo porque muchos de ellos no habrán leído un solo verso de Horacio, sino porque el poeta jamás hubiera confundido la “libertad de tomar cañas” con la estupidez de correr un elevado riesgo de contaminarse con un virus muy contagioso, grave e incluso en muchos casos letal, para algunos jóvenes también, y sobre todo para personas de edad más avanzada, como pueden ser sus padres, madres, abuelos, abuelas, familiares y vecinos en general.

Se reunían, decían algunos, “para recuperar la libertad”, que por cierto nunca perdieron, tan sólo fue mínimamente limitada en algunos lugares, a determinadas horas y durante un mínimo periodo de la vida ,( la esperanza media de vida juvenil supera desde luego unos pocos meses). Este eslogan es una frivolidad cuando tanta gente ha luchado, a veces muerto, por vivir en un estado mínimamente libre, en el que “tomar cañas” no tenía ninguna relevancia.

La “libertad” en abstracto, luego concretada en mil casos y situaciones distintas, es un derecho fundamental y necesario para desarrollar una vida digna. Nos lo han recordado centenares de pensadores y miles de personas, famosas o anónimas, que han luchado y luchan por ella, a veces incluso a costa de su vida. Sirvan como ejemplo las palabras de Cervantes, que sufrió cautiverio y cárcel, en el Quijote, II, 58: “La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre; por la libertad, así como por la honra, se puede y debe aventurar la vida, y, por el contrario, el cautiverio es el mayor mal que puede venir a los hombres”.

Pero no hay ningún derecho absoluto, sino acotado por la concurrencia de los derechos de todos los demás que convivimos en una sociedad, en una comunidad necesaria de intereses. Desde luego la libertad no es la capacidad de hacer siempre lo que cada uno quiere, desde luego no es la capacidad de tomar cañas, porque acto tan inocuo como este deja de serlo cuando se hace en un entorno peligroso, contaminante, de dispersión de un virus todavía sin control, capaz de enfermarnos gravemente y contaminar a otros conciudadanos e incluso matarnos. Y el primer derecho fundamental, sin duda, es el “derecho a la vida”, derecho de todos, de uno mismo lo primero, somos egoístas por naturaleza, y también de los demás. El derecho a la vida de los otros no puede ser la negación de mi derecho a la libertad, sino su garantía. Ya sabemos, o deberíamos saber, que la libertad de uno acaba donde empieza la libertad de los demás.

Pues bien, son comprensibles las ganas de “vivir la vida” de estos jóvenes. ¿Si no quieren vivir ahora a tope, cuándo lo van a desear? Pero deben entender los límites y las razones ocasionales para refrenar un tanto esos ímpetus. La propia sociedad se los debía haber inculcado y enseñado. Y este es el verdadero problema en profundidad. Los que hemos ido por delante, hemos conformado una sociedad en la que prima el individualismo, el egoísmo, la falta de empatía con los conciudadanos… Si yo vivo, ¿por qué ha de preocuparme o limitarme que otro enferme y hasta muera?, si yo vivo y vivo bien, ¿por qué ha de preocuparme que otros vivan mal?… Así se expresan sin pudor muchas personas hoy en día, no solo jóvenes, por supuesto; es más, con mucha frecuencia son los jóvenes modelos de solidaridad que dejan en evidencia a muchos adultos egoístas. Pero lo cierto es que en esta sociedad prima el individualismo frente a la empatía con los demás y eso no es una buena base para el futuro ahora, como nunca lo fue antes. Lo que hoy somos es el fruto del esfuerzo colectivo, no individual. Es más, como individuos solitarios ni siquiera habríamos podido subsistir en el desierto solitario del individualismo. Por lo tanto, hemos de trabajar por mantener una sociedad más cohesionada , en la que todo el mundo encuentre su lugar. Y acabamos de perder una gran oportunidad para progresar en ese objetivo.

Entiendo la reacción descontrolada de quienes solo deseaban salir y juntarse para pasarlo bien, para vivir la vida, pero no se puede justificar ese descontrol que en terminología ya arcaica llamaríamos “libertinaje”. Hay muchos responsables de ello, también los propios jóvenes, por supuesto, muchos generosamente atendidos por sus familias y por la sociedad en general. Desde luego no son ajenas las autoridades y los responsables políticos. Tal vez las medidas no han sido siempre las mejor ajustadas, ni explicable la confusa disparidad según los territorios, ni ha habido suficiente información y explicación. Ahora bien, lo que con toda seguridad han faltado han sido los acuerdos políticos necesarios; y lo que han sobrado han sido confrontación, exceso de lamentable partidismo, falta de respeto en suma a los enfermos reales y a los posibles y por supuesto a los sanitarios que han trabajado incluso con riesgo personal. Naturalmente, no se puede calentar a la población con una irreal vulneración de la propia libertad, concretada en libertad para tomar cañas, o generalizada en hacer cada uno lo que quiera, y luego extrañarse con esas concentraciones primarias y viscerales que niegan y tiran por tierra todo el esfuerzo callado y responsable de muchos meses. ¿Tanto nos cuesta aguantar un poco más y hacer una desescalada progresiva que no arruine lo conseguido con tanto esfuerzo?

A pesar de todo, mantengamos la ilusión y la esperanza, serena, tranquila. La vacunación avanza a buen ritmo. Que alcance pronto a todos . Mientras tanto, para que no haya malentendidos con Horacio, permítanme que transcriba la famosa oda (libro I, oda 11) en la que nos invita a vivir felices con poco, tan solo con aprovechar lo positivo de cada día, desde luego evitando el mal a nuestros conciudadanos.

No te preguntes (sería un sacrilegio saberlo) qué finnos tienen preparado a ti y a mí los dioses, Leucónoe *; ni consultes las tablas babilónicas **. Lo mejor será soportar lo que venga. Tanto si Júpiter nos ha concedido todavía muchos inviernos como si éste que ahora azota las rocas porosas del mar Tirreno es el último de nuestra vida, sé sabia, disfruta de tus vinosy no tengas una larga esperanza. Mientras estamos hablando se está escapando envidioso nuestro tiempo.

Aprovecha el presente y confía lo mínimo en el porvenir.

Notas: * Leucónoe, nombre de mujer. Hay quien intuye cierta relación amorosa
** tablas babilónicas es el horóscopo de los babilonios, observadores de las estrellas

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