Esther O. Corral del Rey

La del deporte femenino es la historia de una lucha. A lo largo de los siglos, las mujeres han tenido que abrirse paso en contra de los prejuicios y las trabas que les ponía una sociedad que creía que ellas no podían, o no debían, hacer deporte.

Aún queda mucho camino por recorrer para que el deporte femenino se equipare al masculino. El peso de siglos de discriminación aún se hace notar.

En los Juegos Olímpicos de la Antigua Grecia, que se celebraban hace más de dos mil años, solo podían participar los hombres. Debido a esta marginación, las griegas organizaron una competición femenina: los Juegos Hereos. Nos ha llegado muy poca información sobre ellos, pero se sabe que solamente participaban féminas y se celebraban cada cuatro años. Esta frase quedó grabada en las piedras de Olimpia: “Yo Cyniska, descendiente de los reyes de Esparta, coloco esta piedra para recordar la carrera que gané con mis rápidos pies, siendo la única mujer de toda Grecia en ganar”.

El deporte moderno se fue desarrollando a lo largo del siglo XIX. El Comité Olímpico Internacional (COI), la institución organizadora de los Juegos, rechazaba que las mujeres participaran en muchas competiciones (como el atletismo) porque consideraba que no eran adecuadas para ellas. El Barón Pierre de Coubertin, fundador de los Juegos Modernos, decía a este respecto: “¿La mujer en los Juegos Olímpicos?… Impracticable, carente de interés, antiestético e incorrecto. La concepción de los Juegos tiene que responder a la exaltación periódica y solemne del atletismo, la lealtad como medio, el arte como marco y los aplausos femeninos como recompensa”.

En respuesta a esas discriminaciones basadas en el sexo, un grupo de mujeres deportistas montaron unos Juegos Mundiales Femeninos en 1922 y 1926. El encuentro cada vez reunía a más participantes, lo que obligó al COI a rectificar y abrir los Juegos Olímpicos a atletas femeninas. El día que vimos a Jock Semple, comisario juez de la maratón de Boston en 1967, intentar sacar a empujones de la carrera a Kathrine Switzer por ser mujer, se encendió una alarma en nuestra conciencia colectiva que cambió la forma de entender el papel de la mujer en el deporte. Una imagen vale más que mil palabras y esos intentos de agarrar a la atleta y sacarla del circuito, representaron una imagen esperpéntica, intolerable para una sociedad moderna, democrática que empezaba a esbozar los derechos de las mujeres en otros órdenes de la vida. La mujer ha tenido que abrirse camino en el deporte, a menudo, mediante hazañas épicas y enfrentándose a unas normas hechas por los hombres y para los hombres.

Aunque la participación femenina en las Olimpiadas ha aumentado muy lentamente, esta competición ha contribuido a popularizar el deporte femenino gracias al impacto de algunas figuras destacadas. Una de ellas fue Nadia Comaneci, que protagonizó un momento mítico de la historia olímpica: en Montreal 1976 demostró la capacidad física y técnica que podían alcanzar las mujeres al convertirse en la primera gimnasta que obtenía un diez en una competición. Actualmente el deporte femenino está cada vez más normalizado en sociedad, sin embargo, aún está a mucha distancia del deporte masculino en relevancia, conciliación, salarios o número de personas que lo practican. Hay que realizar un gran esfuerzo para conseguir la igualdad entre géneros también en este ámbito. Las competiciones deportivas más famosas mueven grandes cantidades de aficionados, de recursos y, también, de dinero. Sin embargo, estos eventos acostumbran a estar protagonizados por deportistas hombres.

Los deportistas acostumbran a tener más espacio mediático y, en la mayoría de casos, cobran más por su trabajo y por sus colaboraciones publicitarias, debido a su gran influencia. Sin embargo, poco a poco el deporte femenino va ganando peso y se va adquiriendo conciencia de la brecha de género entre el deporte masculino y el femenino y las barreras culturales, educativas, biológicas y deportivas. Estas barreras no han desaparecido, solo se han hecho más sutiles y están fuera del control de las mujeres convirtiéndose en un auténtico techo de cristal. Lo hemos podido constatar, de nuevo, en los Juegos de Tokio 2020.

Como vemos, el deporte es un mundo accesible para todo el mundo, pero reconocido para pocas personas. Y como hemos visto, sobra decir que menos aún si eres mujer, pero ¿qué pasa si además de serlo, eres una deportista paralímpica? Eva Moral, Sara Martínez, Marta Fernández, Nuria Marqués, Saray Gascón, Susana Rodríguez, Michelle Alonso, Sara Marín o Teresa Perales que ha ganado 26 medallas paralímpicas en natación, son algunos ejemplos de nuestras deportistas que han conseguido medallas pero parece no ser suficiente para esta sociedad, o incluso para los medios, porque sus nombres no recorren todas las portadas, ni resuenan constantemente. De hecho, puede que hasta ni las conozcas. El éxito de la delegación paralímpica española ha pasado desapercibido mientras que hemos dado bombo y platillo a las medallas conseguidas en la Olimpiadas de julio. Por cierto, las mismas (aunque con menos oros) que las conseguidas en Río de Janeiro en 2016. Reflexionemos…

Lo cierto es que la mujer está de moda en el deporte y la sociedad reivindica cada día con mayor fuerza su estatus social. Ahora bien, ¿veremos algún día una auténtica igualdad en el deporte? La respuesta quizás se encuentre en la educación.

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