14-M: Un año después. Cómo se han adaptado tanto profesores como alumnos a esta nueva forma de enseñanza

Laura Aguilera, directora del colegio de Humanes.

M.P / C.I

El escenario que se vivió a mediados de marzo parecía más propio de una
película de ciencia ficción. Un día la vida era cotidiana y normal y al siguiente un virus metió a todo el mundo en casa, dejando las calles completamente vacías. Sólo los servicios más esenciales permanecieron abiertos, por lo que los colegios y demás centros educativos tuvieron que cerrar sus puertas.

De un día para otro los chavales no tenían cole y el claustro tuvo que improvisar cómo se impartirían las clases: «A las 18:00 horas salió el presidente de Castilla-La Mancha, Emiliano García Page y nos dice que al día siguiente no se abren los colegios y en ese momento estalló la histeria de padres y profesores que nunca habían vivido un acontecimiento tan extraordinario como ese», recuerda Laura Aguilera, directora del colegio de Humanes y profesora de Primaria.

El estallido de la pandemia y la declaración del Estado de Alarma en el
ámbito educativo se vivió en medio del caos: «Empiezan a crearse ciertas
dudas: Si teníamos que ir, si recogíamos material, cómo lo hacíamos, cuánto tiempo iba a durar esto…» Hasta última hora de la tarde no tuvieron información más concreta de lo que iba a ocurrir. «Si esto fue un jueves, el viernes volvíamos al cole y entonces recogimos materiales; organizamos la actividad lectiva; nos pusimos en contacto con las familias…»

«Cuando tienes que trabajar a través de una pantalla sin contacto directo todo es mucho más complicado»

Ante la falta de instrucciones concretas y dada la situación tan atípica que se vivía en ese momento, explica, «hubo familias que se quedaron con los libros en el colegio, sin poder siquiera trabajar en casa, porque los alumnos de primero y segundo de Primaria trabajan en los propios libros».

Durante el fin de semana, cuando ya parece que estaba claro que tendrían que trabajar por medios telemáticos «todos los profesores intentamos ponernos en contacto con las familias para explicarles cómo se iban a enviar los materiales dentro de los medios posibles, por correo electrónico, mediante un blog que pusimos en marcha desde el cole… Yo había empezado a trabajar con una plataforma, no sé si es que lo intuía…», relata la profesora.

Docentes, alumnos y familias se enfrentaban a una situación sin precedentes y tuvieron que aprender poco a poco: «Cuando tienes que trabajar a través de una pantalla sin contacto directo, todo es mucho más complicado», recuerda Laura. Iban surgiendo los problemas de alumnos de los que no tenían noticias o no enviaban las tareas «y entonces tienes que intentar ponerte en contacto con la familia».

También se encontraron con problemas de conexión: «Familias que a lo mejor solo tienen un móvil y tienen muchos hijos y hay que dosificar; familias con padres que pertenecían a sectores esenciales y tenían que trabajar y no podían estar con los chicos en casa… Entonces al final hay que tener mucho contacto con los padres para saber qué ocurre, cómo están afrontando la situación y por qué no se tenía noticias de ellos».

«A un niño no le puedes dejar sólo con la tecnología, tienes que estar constantemente encima de él»

En el mes de abril la Junta de Comunidades de Castilla-La Mancha coordinó un plan de digitalización «y detectamos una serie de alumnos prioritarios que no tenían acceso a las nuevas tecnologías para los que las compañías de telefonía cedieron unas tablets y tarjetas con conexión, pero cuando hay cosas que no se han hecho nunca y se tienen que hacer todas de golpe, era ensayo-error constantemente, por lo que, si teníamos siete alumnos en estas circunstancias, sólo les llegó a tres o cuatro».

Los días se sucedían entre llamadas de teléfono constantes de los profesores a los padres: «Con los más mayores podías utilizar la videollamada y todos nos adaptamos a ello, pero los más pequeños, de primero o segundo de Primaria, como los padres no estuvieran en casa, era imposible».

En este sentido, la directora del colegio de Humanes valora el esfuerzo que han tenido que hacer los padres durante el periodo en el que estuvieron cerrados los centros educativos, ya que al teletrabajo tuvieron que sumar las clases de sus hijos: «A un niño no le puedes dejar sólo con la tecnología, tienes que estar constantemente encima de él».

Más que el impacto en el nivel educativo de los escolares, Laura se muestra
preocupada por las consecuencias a nivel emocional que puedan acarrear
las medidas restrictivas que se pusieron en marcha una vez los colegios pudieron abrir sus puertas. Y es que, si bien es cierto que el confinamiento ha traído «cierta sobrecarga académica» puesto que al comienzo del curso se tuvo que reforzar el temario del año anterior, los niños y niñas viven sus jornadas lectivas limitando mucho el contacto: «Ahora no se pueden tocar, están separados, no se relacionan. Trabajamos en un colegio pequeño y cuando salíamos de excursión lo hacíamos varios niveles juntos, este año no podemos. En los recreos no pueden jugar juntos alumnos de distintas clases o no pueden estar en el pasillo esperando al baño, por ejemplo», recuerda la docente, al mismo tiempo que reconoce que los alumnos se han adaptado muy bien a la nueva normalidad y a la nueva realidad de los centros educativos.

Al otro lado de la pantalla

La labor de la enseñanza digital ha sido y continúa siendo una tarea complicada también para los alumnos, que han tenido que adaptarse a las nuevas tecnologías para poder continuar sus estudios de manera óptima sin bajar el nivel de rendimiento.

Irene P. es estudiante universitaria de 3º de Publicidad y Relaciones Públicas, y recuerda muy bien el caos que se produjo en su universidad cuando se decretó el Estado de Alarma «Nos habían mandado unos días antes a casa pero, después de eso no se pusieron en contacto con nosotros hasta por lo menos 10 días después» explica Irene. Una situación atípica en la que los estudiantes no sabían cómo actuar: «Fue un desconcierto para nosotros, ya que en mi grado y en concreto en mi clase, no teníamos noticias de la universidad de ningún tipo y no sabíamos cómo se iba a retomar la docencia o si se iba a paralizar todo». 

«Al principio parece muy fácil, te sientas, enciendes el ordenador y ya está todo hecho. Pero no es así, ni mucho menos»

La situación continuó así durante buena parte del confinamiento: «Estábamos prácticamente en abril cuando algunos de los profesores de mi grado se pusieron en contacto con nosotros mediante el aula virtual, para comenzar a enviarnos prácticas y tareas para realizar y entregar en los días posteriores». Se mantuvieron en esa dinámica hasta finales de junio, que recuerda como una gran carga de trabajo: «Cada día eran más y más tareas las que nos llegaban por parte de algunos profesores, y por parte de otros no teníamos apenas información sobre cómo nos iban a evaluar» afirma.

Durante este nuevo curso, sobre la organización por parte de la universidad frente al COVID, Irene P. ha tenido «la suerte» de no tener que acudir de forma presencial, exceptuando los exámenes finales, donde la situación, afirma, no era del todo segura: «Creo que las medidas sanitarias aplicadas en mi universidad no se cumplían del todo bien, sí que por todo el centro te encontrabas gel hidroalcohólico, pegatinas señalizadoras en el suelo… pero a la hora de hacer los exámenes, en muchas ocasiones no nos dividieron en grupos para no aglomerarnos, sino que nos metieron a todos, unas 80 personas, en un mismo aula» denuncia.

«Por mi parte me da la sensación de que todo lo que estoy aprendiendo este año está cayendo en un ‘saco vacío'»

La experiencia de las clases online está siendo «un reto»:  «Al principio y a ojos de quien no tiene su formación online, parece muy fácil, te sientas, enciendes el ordenador y ya está todo hecho, pero no es así, ni mucho menos». Una situación que a medida que avanza se hace más difícil: «Cuesta mucho más concentrarse en una clase online que en una clase presencial, no tienes esa ‘presión’ de estar en clase y tener que atender, y tienes muchas más distracciones a tu alcance». El problema surge en algunas clases, que no es obligatorio mantener activada la cámara: «Puedes estar haciendo cualquier otra cosa mientras que estás en clase, por todo ello, creo que la responsabilidad del estudiante aumenta, ya que tienes que focalizarte en mirar a la pantalla del ordenador y no distraerte en las dos horas que suele durar una clase».

Un año que podrían considerar ‘perdido’ y que podría afectarles en un futuro: «Creo que sí, pero más a nivel motivación, no te enteras de la misma forma estando cuatro horas que estando de forma presencial en una clase. Por mi parte me da la sensación de que todo lo que estoy aprendiendo este año está cayendo en un ‘saco vacío'» concluye Irene.

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