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Antonio Marco

La saturación constante de información de todo tipo disminuye la atención que prestamos a los medios de comunicación, pero con cierta frecuencia nos sobrecogen algunas noticias extraordinarias, generalmente malas y atroces. Una de estas noticias recientes es el rapto por su padre, desaparición y asesinato de dos niñas en Tenerife, Anna y Olivia, una de ellas, Olivia, recuperada del fondo del mar, donde previsiblemente se encuentra la otra y el propio padre. Este dolorosísimo tema ha tenido y sigue teniendo por su magnitud descomunal una gran presencia e interés en todos los medios de comunicación y redes sociales. Condoliéndome con toda la sociedad y manifestando mi solidaridad sobre todo con las niñas indefensas, la madre contra la que se ha cometido un crimen y la familia, no añadiré nada más al tema, puesto que ha sido muy tratado y sigue presente, ni participaré en discusiones absurdas en las que se niega el carácter machista de esta atrocidad: naturalmente que es un crimen machista que exige toda condena y rechazo, puesto que el padre maltrata y produce enorme dolor en la madre amenazándola con que nunca más verá a sus hijas y cumpliendo su diabólica amenaza, pero esta calificación, aun siendo correcta, no abarca toda la magnitud del problema, ni es suficiente para comprender algo en sí difícil de entender por antinatural y procurar que no vuelva a suceder; en otras ocasiones es la madre la que acaba con la vida de sus hijos en una acción que nos deja sobrecogidos, aunque ciertamente el número de estos casos sea menor.

Otro hecho acaecido recientemente, no menos trágico, que ha tenido mucha menor cobertura informativa ha sido el suicidio de Segundo, una persona de 58 años en el barrio de Sants, en Barcelona, cuando la comisión judicial ejecutora del desahucio llamaba a la puerta de su piso. Según el relato, cuando abre la puerta pide a los funcionarios “que aguarden un instante…”, se introduce en la vivienda y se arroja por la ventana. Desde luego, no es el único caso similar en un ambiente similar. No ha tenido tanta cobertura mediática, apenas un relato aséptico propio de una lejana agencia de noticias con alguna excepción, pero su atrocidad no es menor.

Este suicidio, también difícil de comprender, me produce un enorme dolor cuando revivo la realidad pasada y presente de millones de familias y personas en nuestro país desde que tengo uso de razón. Toda la vida necesitando con angustia una vivienda de la que disponer en alquiler o en hipoteca, pocos son los que pueden adquirir una vivienda “al contado”. Toda la vida pagando mes a mes indefectiblemente un elevado, excesivo tanto por ciento del dinero que se gana con el duro trabajo. ¡Ay del pobre trabajador que deje de cumplir su compromiso mensual, sea cual sea la causa, sea cual sea la circunstancia! El desahucio y la insolidaria calle es la espada que pende sobre su cabeza que tarde, si la sociedad entorno reacciona, o temprano, caerá sobre él. Imagino a Segundo afrontando con ilusión en su juventud su proyecto vital, luchando y trabajando para poder vivir dignamente bajo un techo seguro, pagando mes a mes su alquiler con su trabajo, dolorido el día que se queda sin ocupación y sin ingresos, asustado el primer mes en su vida que no puede pagar el alquiler, ensimismado, triste y orgulloso el día que toma una trágica decisión, entreteniendo en la puerta a los representantes de una sociedad que no ha sabido ayudarle, para arrojarse valientemente por la ventana. Y confieso que se me arrasan y velo los ojos con una lágrima que apenas puedo contener.

La disposición de una vivienda es un derecho social de las personas, es un principio rector de la política social y económica que los gobiernos y poderes públicos han de hacerlo efectivo entre otras razones para mantener la cohesión de la sociedad y la paz social necesaria. Léase el artículo 47 de nuestra Constitución: “Todos los españoles tienen derecho a disfrutar de una vivienda digna y adecuada. Los poderes públicos promoverán las condiciones necesarias y establecerán las normas pertinentes para hacer efectivo este derecho, regulando la utilización del suelo de acuerdo con el interés general para impedir la especulación. La comunidad participará en las plusvalías que genere la acción urbanística de los entes públicos.” Naturalmente existen leyes, disposiciones y protocolos al respecto, moratorias, servicios sociales, muchas normas que desarrollan la Constitución y regulan las características, el acceso, los préstamos, los alquileres, etc. Han sido y siguen siendo ineficaces, no nos sirven: a día de hoy ni todas las personas tienen acceso a una vivienda digna ni todas en todo momento pueden pagar un alquiler, casi siempre elevado y abusivo. Es más, con demasiada frecuencia han producido efectos indeseables y contrarios a la Constitución: escasez de viviendas, abusos de promotores sin escrúpulos, corrupción de funcionarios, “pelotazos” y carnaza para “fondos buitre”, siempre a costa del sufrido ciudadano.

Por resumir tanta complejidad de la que algunos se sirven para que las cosas sigan igual o cambien poco, diré que en mi opinión son necesarias leyes que tengan la voluntad de cambiar las cosas (se anuncia otra inminente que ojalá llegue ya y mejore la situación), leyes que regulen el acceso, que regulen el precio, que regulen los alquileres, que garanticen que una persona no ha de quedarse sin un techo ni encuentre la única solución en lanzarse al vacío por una ventana. El libre mercado es un componente esencial de nuestro sistema económicopolítico, no lo cuestiono, pero sin regulación e intervención se interesa poco por los derechos de las personas. Desde luego echo en falta, porque las necesitamos, empresas públicas de vivienda que ayuden a hacer efectivo el derecho y regulen un mercado de tiburones hambrientos de dinero, sin posibilidad alguna de vender a terceros lo construido con dinero público y en suelo público.

Como he dicho en otras ocasiones, entre las muchas aportaciones que les debemos a los griegos, no es la menos importante el teatro; el teatro como edificio y receptáculo y el teatro como espectáculo que en ellos se representa. Entre los tipos de espectáculo, la comedia, que representa y somete al juicio de los espectadores la vida común y ordinaria de las personas, nos hace reír y al reír nos hace críticos; la tragedia, que representa acciones criminales, monstruosas y descomunales, como las dos aquí relatadas, produce en las personas un choque sobrecogedor, aterrador, las descoloca absolutamente, las anonada, las encoge, y tiene un efecto purificador que los griegos llamaban “catarsis”. Ojalá conservemos todavía esa capacidad de “sobrecogimiento” para empatizar con personas que tanto sufren y se produzca esa “catarsis” necesaria para trabajar y exigir una mejora permanente en nuestra vida social y comunitaria. Y ojalá los medios de comunicación y redes sociales ayuden a ello, informando correctamente, ni ignorando ni enterrando la noticia bajo un montón de ruido ensordecedor.

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