14-M, un año después: David recuerda que al principio todo el mundo llevaba guantes, pero nadie mascarilla y destaca el respeto de los ciudadanos a las medidas de seguridad

Marta Perruca

Ya lo dice el refrán: “Cuando veas las barbas de tu vecino afeitar, pon las tuyas a remojar”. Eso es precisamente lo que hicieron los guadalajareños, siguiendo la estela de otros lugares de España. Antes incluso de que se decretara el Estado de Alarma “la gente ya se iba preparando, porque  se temía lo peor”, comenta David Sierra, de Comercial Sierra Yépez S.L., que gestiona el supermercado Día de la calle Virgen del Amparo de Guadalajara. Los guadalajareños “estaban viendo en las noticias lo que estaba sucediendo en otros países y nos empezábamos a quedar repentinamente sin papel higiénico y sin productos básicos. Luego fue también la harina, el azúcar. Una serie de productos que la gente se empezó a llevar, porque se pensaba que no iba a haber abastecimiento”, comenta.

Todo ello a pesar de que la empresa que les suministra les aseguró que el abastecimiento “estaba garantizado”, por lo que en ese primer momento entienden que el temor “fue un poco infundado”. Es comprensible, según David, porque existía mucha incertidumbre y “sobre todo las personas mayores han vivido en otras épocas donde sí que ha habido escasez y momentos críticos”. En este sentido, desde la caja del supermercado se percibía que “mucha gente se preparaba muy a fondo y hacía compras muy grandes”. Más tarde, añade, cuando se vio que el confinamiento iba para largo, también se empezaron a llevar las bebidas alcohólicas de manera masiva.

“Tuvimos un par de semanas en las que no dábamos abasto, pero tuvimos mucha suerte porque, dentro de lo que cabe, a nosotros Día nos sirvió bastante bien durante esos días. Teníamos bastante acopio de mercancía y hubo pocos momentos en los que tuvimos baldas vacías como hemos visto en supermercados de Madrid, donde fue bastante fuerte. Aquí sí que se compraba más, pero no se llevaban toda la estantería”, comentan.

Más tarde, reconoce que la empresa sí limitó en cierta medida el suministro y “no nos dejaban pedir todo lo que queríamos, sino que nos decían, hoy tenéis que pedir un máximo de 200 bultos y tenías que ir viendo lo que iba faltando para completar el pedido”.

El Estado de Alarma llegó en medio del “desconcierto» en todo lo que se refiere a las medidas de protección. David recuerda que, por ejemplo, la mascarilla no era obligatoria y las personas no estaban acostumbradas a guardar las distancias de seguridad en las colas de las cajas: “En esos momentos nosotros no teníamos de nada”, comenta. Los materiales de protección fueron llegando poco a poco: “Primero nos trajeron una especie de caretas que tapaban toda la cara, que la verdad es que sólo uno de nuestros empleados se la puso, porque eran incomodísimas y como todavía no era obligatorio…” Lo que sí que se extendió enseguida fue el uso del gel hidro-alcohólico: “Se llevaban hasta los botes que poníamos para la gente”, relata. También recuerda que hubo cierta obsesión con los guates de látex: “Todo el mundo llevaba guantes y, por primera vez, ya nadie revolvía la fruta”, bromea.

David destaca la responsabilidad de sus clientes a la hora de cumplir las normas de seguridad y, si bien es cierto que en los primeros momentos todo era nuevo y extraño, enseguida se colocaron las bandas de distancia en el suelo y los clientes comenzaron a respetarlas: “También hemos visto que antes de la pandemia la gente se ponía muy nerviosa en cuanto había un poco de gente en la cola y se apelotonaba. Curiosamente con la pandemia, casi todo el mundo ha aprendido a respetar su turno y no les importa esperar, aunque haya mucha gente en la caja”, señala.

Como anécdota cuenta que si antes de la pandemia tres cuartas partes de la caja eran en efectivo, con la llegada de la pandemia se impuso el pago por tarjeta.

El gerente de este supermercado asegura que las medidas de seguridad no se han relajado nunca, ni siquiera en los mejores momentos de la pandemia y siempre se ha controlado el aforo y que se respetasen las medidas de seguridad en el interior del establecimiento. En este sentido señala que han sido puntuales los enfrentamientos o llamadas de atención, por ejemplo, por no llevar la mascarilla: “Nos hemos encontrado con gente que llegaba sin mascarilla porque había salido de casa con prisas y se les había olvidado y les tocaba volver corriendo a por ella”.

Con la sucesión de las distintas olas señala que han tenido que hacer frente a la dificultad de reorganizar cuadrantes, por confinamientos de seguridad y contagios, aunque en ninguno de los casos han tenido lugar en el establecimiento, sino durante periodos vacacionales y otros motivos.

Sobre todo, intentaban llevar el día a día con humor e incluso disfrutar de las pequeñas cosas, como el hecho de contar con un tiempo libre extra con motivo de la restricción de horarios que impuso el cierre a las 19.00 horas: “A nosotros, siendo egoístas nos venía casi mejor porque trabajábamos menos, teníamos menos horas y, prácticamente, facturábamos lo mismo o más, porque la gente se amoldó a esos horarios”. A veces, recuerda, terminaban de trabajar coincidiendo con los aplausos a los sanitarios: “Eran momentos en los que todo el mundo estaba confinado y salíamos a la calle, que estaba totalmente vacía, y justo la gente empezaba a aplaudir”, rememora.

Ana Ongil (El Ricón Lento): «Hemos pasado a vender más verdura y fruta ecológicas que en ningún momento de nuestra trayectoria»

La tienda del Rincón Lento vio su tabla de salvación en su sección de alimentación que les permitió ser establecimiento esencial y permanecer abiertos incluso en época de confinamiento: “El ser una opción al consumo ecológico y no haber tantos puntos de este tipo en Guadalajara nos permitió seguir abiertos, porque se hubiéramos tenido un parón no habríamos podido sobrevivir, nos habría comido el gasto y seguramente, no tendríamos que haber tenido que reconvertir en otra cosa”, comenta Ana Ongil

Como curiosidad, Ana destaca que la pandemia ha incentivado el consumo de productos ecológicos dentro de la tienda: “Hemos pasado a vender más verdura y fruta ecológica que en ningún momento de nuestra trayectoria”, señala.

En este sentido considera que la gente apostó por “consumir cerca” en ese momento en el que se pidió a la ciudadanía que se quedara en casa. Asimismo, el cierre de grandes superficies, añade, ha derivado el consumo “y de repente la gente recuerda que en su calle tiene una tienda pequeñita que tenía cosas y a lo mejor ese cliente se fideliza y se queda”, relata.  

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