Guillermo Alonso

Se acaba de cumplir el primer decenio, ocurría la pasada semana, de la aprobación y entrada en vigor de la conocida popularmente como Ley antitabaco. Era aquella que prohibió fumar en el interior de edificios, locales comerciales y de hostelería.

Y la conclusión final de esta década es que el mundo no se ha acabado. La hostelería, como muchos profetas del desastre y la catástrofe vaticinaba, no se arruinó. Los españoles no dejaron de acudir a los bares, no dejaron de desayunar o tomar café como hacían hasta ese momento. El cielo no nos cayó encima de la cabeza, como temen los irreductibles galos de cierta aldea… Todo sigue igual

A la hostelería le está haciendo daño, y mucho además, el coronavirus. El cierre de establecimientos, la prohibición de usar la barra, las distancias de seguridad y la reducción de aforos, todas las medidas necesarias para combatir la pandemia. Pero no el tabaco.

De hecho, y a fuer de ser sinceros, la hostelería, pese a todos los agoreros que querían linchar a los responsables de la medida, mejoró sus cifras. Muchas familias que no entraban a los bares con niños pequeños, para que la humareda no les perjudicara y dañara su salud, empezaron a entrar. Y los fumadores empezaron a llenar terrazas y veladores, incluso en invierno.

La ley, la denostada ley, ha sido positiva a todos los efectos. Lo que demuestra que los efectos de las leyes deben tomarse a largo plazo, y que no deben utilizarse solo para desgastar al rival político. Como ya ha ocurrido con leyes como la del divorcio, la del aborto, la de Memoria Histórica, la del matrimonio de personas del mismo sexo y tantas otras.

Se critican, se organizan macromanifestaciones, se denostan, pero luego no se tocan ni se cambian. Porque aquí se divorcian, se casan personas del mismo sexo y demás situaciones gente de todos los partidos, de derechas y de izquierdas. Y como benefician a todos, incluso a los que públicamente las rechazan, se dejan como están.

Y esto ocurre con todo menos con las leyes de Educación, que cada uno hace la suya y al final no duran nada y eso es un error garrafal

Ahí sí que debería alcanzarse un acuerdo, lo más amplio posible, que permitiera dar respuestas a las necesidades del país. La política de Estado debería ser la que primara por encima de los intereses de partidos.