José María Bris Gallego

El Alamín es el barrio más histórico de Guadalajara, el más antiguo de la ciudad, ya existía en el Medievo poblado por agricultores y musulmanes. Alamín, según el diccionario de la Real Academia de la lengua española, significa “funcionario” importante y se accedía a él por el Puente de las Infantas.

Con el crecimiento de la ciudad a finales del siglo XIX y principios del XX surgieron otros barrios, los Manantiales donde se encontraba el Parque de Aerostación de los Ingenieros Militares y el de la Estación, que aunque el tren había llegado a Guadalajara en 1859, comenzó a desarrollarse a partir de 1916, cuando se anunció la llegada a nuestra ciudad de la fábrica Hispano-Suiza.

Años más tarde, a partir de 1926, la ciudad se extendió hacia un terreno de viñas, huertas y arbolado, propiedad de Emilio Gutiérrez Mozas, en una zona montañosa y elevada, desde la que se veía el barranco de El Coquín y el declive abrupto que terminaba en el río Henares, pudiendo observarse también desde el paso del ferrocarril. El barrio que nacía, comenzó a conocerse como Cerro del Pimiento y en él empezaron a construirse, por parte de los propietarios del terreno, casas de una sola planta, con tejados a dos aguas y con las calles desprovistas de asfalto, las cuatro denominadas de el Lavadero, Miralcampo, Era Alta y Balconcillo, nombre que ha permanecido unido al desarrollo de la ciudad.

Es verdad que en el Cerro del Pimiento faltaba el asfalto de las calles y los servicios de saneamiento, pero allí, en ese barrio inolvidable sobraba la honradez, las casas estaban sin cerraduras y primaba la solidaridad y la amistad. El Cerro del Pimiento comenzaba su influencia en la Huerta de San Antonio, extendiéndose por los terrenos donde se encuentra la Iglesia de San Pascual Bailón, el Instituto Buero Vallejo, las Casas del Rey y el Teatro que también lleva el nombre del prestigioso dramaturgo alcarreño.

Su permanencia en la ciudad no duró muchos años, ya que en 1960 comenzó la extensión de Guadalajara por esa zona, iniciando la construcción de nuevos y modernos edificios y con ello el abandono del Cerro del Pimiento en el nomenclátor urbanístico, que no en el corazón y sentimiento de los guadalajareños y en especial de los que pasaron más de una treintena de su vida en ese entrañable e inolvidable lugar. El Cerro del Pimiento iba siendo absorbido por la nueva Guadalajara, pero en ella han quedado inscritos para siempre las Navidades en que sus vecinos, sus rondas con zambombas, panderetas y botellas, se dirigían hacia el Santuario de la Virgen de la Antigua, subían por la Cuesta del Reloj y llegaban a la Plaza Mayor, donde después de rondar la calle, cada 31 de diciembre despedían el año escuchando las doce campanadas del reloj municipal.

La Virgen de la Antigua, “su Virgen”, los vecinos del Cerro del Pimiento, comenzaron con la costumbre que hoy perdura de la “Hoguera de la Virgen”, quemando maderas y muebles viejos, para celebrar el regreso de la Patrona de Guadalajara a su templo y sobre todo en la ciudad aun se habla de la solidaridad y afecto que siempre desprendió ese inolvidable barrio .

Siendo alcalde me vinieron a visitar dos buenos amigos y ex vecinos del Cerro del Pimiento, Pilar Roche y Jesús Mínguez, me hablaron de los buenos recuerdos de aquellos tiempos, de la importancia social y del influjo que el Cerro del Pimiento tuvo en la ciudad y me pedían para que siempre se le recordase la colocación de un monolito, como así se hizo en la plazoleta que da entrada la Instituto Buero Vallejo con el siguiente texto:

“Este paraje fue conocido como Cerro del Pimiento durante los años 1926-1960, denominación popular con la que le recuerdan sus vecinos. Este monolito se levantó en su memoria el día 4 de septiembre de 1999”.

Día en que se celebró la primera verbena, inicio desde entonces de los actos populares de nuestras fiestas patronales, suspendidas estos dos últimos años, como la mayoría de los actos por causa de la pandemia que padecemos. Del Cerro del Pimiento y de aquella Guadalajara cercana, pero ya alejándose en el tiempo, Paulino Aparicio Ortega escribió, en el año 2004, un interesante libro que merece ser leído.

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