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Nacho Redondo

A veces nos encontramos con situaciones que no entendemos porque están sucediendo de la manera que lo están haciendo. Nos encontramos con emociones y sentimientos que tan pronto nos hacen reír como nos hacen llorar, incluso con ganas de tirar la toalla, en todos los sentidos.

En ocasiones no somos capaces de verbalizar algunas cosas, mencionar a personas que ya no están o hablar de algo concreto porque nos evoca a sentimientos y emociones que no queremos a nuestro lado. Es como si algo paralizase el momento para impedir referirnos a eso que nos está causando un ahogo y nos remueve por dentro.

Y es que a veces pensamos que sentir de una manera determinada queda fuera de los cánones normales de actuación y nos basamos en creencias en las que no debemos expresar las emociones, sobretodo cuando estas no las consideramos útiles. Sin embargo, sentir, expresar las emociones es vivir, porque a lo largo de nuestra vida vamos a sentir todo tipo de situaciones que nos reclamarán una adaptación constante.

A cada emoción que se nos presenta podemos establecer la utilidad o no de la misma. Podemos descubrir cómo canalizarlas para que nos sean de utilidad. Por ejemplo, el llanto puede aliviar los pulmones o la alegría al corazón. El duelo nos permite, a través de las emociones, una adaptación a eso que nos ha sobrevenido y que nos cuesta gestionar.

El duelo es un proceso psicológico al que nos enfrentamos en una pérdida como un trabajo, un negocio, un objeto, una relación de cualquier tipo o una muerte y que consiste en una adaptación emocional a la situación. La intensidad y características del propio duelo dependerán del grado de vinculación emocional o de la pérdida de que se trate, la cual puede ser abstracta.

Las personas pasamos por procesos de duelo cuando sufrimos una ruptura, cuando abandonamos nuestro trabajo, cuando perdemos la función de un órgano de nuestro cuerpo o por una muerte. Se trata de un proceso que afecta a la parte psicológica, física y de comportamiento de la persona que lo sufre. Se trata de un proceso universal, necesario y doloroso que habrá que afrontar, entender y aceptar para resolver el quiebre, no existiendo un tiempo medio para su sanación y que, como herida, necesitará del tiempo oportuno para su cicatrización.

En el duelo se nos presentan casi todas las emociones lo que nos da la oportunidad de transitar por todos los colores de estas desde la introspección, el pensamiento y la pregunta. El duelo nos ofrece la posibilidad de mirar hacia adentro y ver lo que va pasando sin la necesidad de pasarlo por alto, más al contrario, con la certeza de vivirlo y sentirlo para, llegado el momento, empezar a recuperarnos de la pérdida.

Durante el duelo pasamos por la incredulidad, la negación, como diciendo a la realidad que espere, otorgándole una impugnación a la pérdida más que al hecho de haberse producido. Una vez acabado el momento de la negación nos encontramos con el momento del enfado, de la ira, donde aparece la frustración y la impotencia donde la rabia nos lleva a atribuir culpa. Después llega el momento de la esperanza de que nada cambie, de que podamos influir de cualquier forma en la situación para revertirla, es la fase de la negociación. A continuación, un sentimiento de profunda tristeza aparece, el miedo, dolor emocional o depresión, nos lleva al agotamiento por pensar que esta sensación ya durará siempre. El último paso será la aceptación donde nos damos cuenta de que los obstáculos forman parte del propio camino, es el momento en el que nos invade una calma que se asocia a la comprensión.

Las necesidades emocionales de las personas varían en función de factores como la relación con lo perdido, de la fortaleza mental o la manera de afrontar las distintas situaciones. Nuestra actitud frente a la pérdida determinará como la viviremos. Podemos aprender, seguro, de cada una de nuestras circunstancias. Ya he dicho con anterioridad que esto no significa que debamos pasarlo por alto. Al revés, debemos de ser conscientes de que tenemos que pasar el duelo por las fases descritas, por todas o por alguna de ellas, asumiendo esa realidad.

Para terminar, me gustaría regalarte la idea de que también es normal que a la hora de afrontar un acontecimiento traumático se puedan experimentar cambios positivos en uno mismo, en las relaciones con los demás o en la filosofía o sentido de la vida, pudiendo coexistir esta forma de consideración con el sufrimiento.

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