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Nacho Redondo

Todos pasamos por algún momento de duelo por una pérdida. En la mayoría de los casos ésta se asocia a la muerte. Pero el duelo puede producirse por la pérdida o abandono tanto de personas, como de objetos, como de situaciones y la mayoría de las personas no son capaces de asimilar el momento.

La transformación es inherente a la condición humana desde el punto de vista de que nuestro ciclo vital nos llevará necesariamente al cambio, por lo que deberemos asumir el mismo sabiendo que forma parte de nuestra vida.

En el proceso de duelo debemos asimilar el cambio que se está produciendo y reconocer la realdad en la que estamos inmersos, cosa que, por otro lado, no resulta nada fácil. Esto es importante porque en muchas ocasiones no sabemos qué es lo que nos está pasando y si aprendemos a identificar estados de ánimo, emociones y sensaciones podremos descubrir que estamos en un duelo, porque como ya he dicho antes, a veces el mismo se produce por un cambio de vivienda, por la independencia de un hijo, por un cambio de residencia de amigos, por la ruptura de la pareja, por la muerte de un ser cercano, una jubilación, una pérdida de un trabajo, un contrato, etc.

La mayoría de los autores reconocen las cinco fases que propuso la psicóloga Elisabeth Kübler-Ross por las que se pasa en un duelo ante una pérdida, aunque el orden y la intensidad no será igual para todas las personas. Ni siquiera todas las personas pasan por todas las fases:

Negación: en esta fase la incredulidad nos lleva a negar la realidad como si de ganar tiempo se tratase.

Enfado o ira: se trata de darnos las fuerzas suficientes para tomar decisiones para salir adelante. Es parecido a como cuando sentimos miedo ante algo y nuestros músculos se preparan para defenderse o salir corriendo.

Negociación: como todo en la vida hay que negociar. En este caso lo hacemos con uno mismo para encontrar una alternativa que nos ayude a superar el trance.

Miedo o depresión: la persona siente incertidumbre y tristeza pensando en el futuro. Pero es esta fase, aunque parezca otra cosa, la que inicia el camino de la recuperación.

Aceptación: es la fase más complicada de todo el proceso porque es la que nos trae al presente la realidad de que vamos dejando atrás distintas situaciones vitales.

Para mi hay una sexta fase que hará que el duelo pueda cerrarse definitivamente. Esta es la fase de reconciliación que debe de ser con uno mismo y con aquello que nos ha causado el duelo. En esta fase es donde realmente nos daremos cuenta de que lo ocurrido no es culpa de nada ni de nadie y nos permitirá poder seguir adelante.

El duelo es en sí mismo una parte de la vida y no por ello tenemos que negarlo. Más al contrario es necesario que seamos capaces de transitar por el mismo de la mejor manera que podamos y sepamos.

En muchas ocasiones, en un tránsito de duelo, la ira se convierte en protagonista de la historia y, a veces, se transforma en rabia hacia uno mismo y hacia los demás. En esta situación nos suelen llegar bloqueos que nos impiden pensar y actuar con nitidez. Es en este momento cuando deberemos buscar los resortes que nos ayuden a bajar la intensidad de esta emoción para superarla cuanto antes.

El tránsito de cualquier situación que nos ha producido el duelo va a tener aparejada una reubicación acompañada de algunos cambios en nuestra vida. El hecho de observar este conflicto es el primer paso para poder superar las consecuencias emocionales de la pérdida.

Por último decir que es normal echar culpas a todo lo que nos rodea. Es una respuesta del ser humano. Lo importante es que una vez empieces a restaurar y recolocar todo esto en ti, te hagas consciente de lo importante de la reconciliación que antes mencioné.

La reconciliación es el principio de todo, es aceptar la realidad que te rodea y es la forma de acabar con la frustración y la desconfianza. La reconciliación con nosotros mismos nos ayudará a reconciliarnos con el resto y a dejar de ser tan duros y poder entender de mejor manera la grandeza de las personas.

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