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Antonio Marco

A estas fechas, millones de alumnos de todos los niveles han comenzado, con la acostumbrada normalidad, un nuevo curso escolar después de las vacaciones obligadas y convenientes del verano. Es este comienzo escolar uno de los pocos hitos tradicionales del calendario anual que todavía siguen marcando y definiendo el paso de las estaciones y de los momentos de una vida social que cada vez es más uniforme a lo largo del año.

En realidad, pocas cosas cambian en el verano: una ligera ralentización de algunas cuestiones que se aparcan hasta el otoño y a veces una personal ilusión de que, cargando las pilas en el tórrido tostadero de la playa o en los vientos más auténticos  y frescos de una estancia en el campo de la infancia, afrontaremos el duro invierno con nuevas energías. Tras el regreso a la rutina y normalidad, a los pocos días la dura realidad se impone y descubrimos que casi todo sigue igual y en algunos temas, incluso, hemos avanzado un poco más hacia el desastre que siempre parece amenazar.  

No obstante, el comienzo del curso genera muchas y renovadas ilusiones en los escolares y en su familia, padres, madres, abuelos por supuesto. Esta reentrada en el nuevo ciclo se viene realizando año tras año con notable normalidad, a expensas de pequeños detalles concretos y puntuales que siempre han de producirse en un servicio tan generalizado como el de la enseñanza. Este año además toca aplicar parcialmente una nueva normativa y eso genera algunas dudas  y tensiones en el universo de la educación.

Coincide, no obstante, este año con una información y estudio importante que me provoca alguna reflexión, alguna desilusión y alguna esperanza, por contradictoria que parezca la convivencia de estas tres sensaciones. El Centro de Políticas Económicas ESADE, institución académica privada, ha publicado un estudio de los profesores de la Universidad de Estocolmo José Montalbán y la profesora de la Universidad de Barcelona Jenifer Ruiz-Valenzuela,  Fracaso escolar en España: ¿Por qué afecta tanto a los chicos y alumnos de bajo nivel socioeconómico?  Basándose en los resultados de las pruebas de diagnóstico  realizadas en la Comunidad de Madrid en el curso 2016/2017 (similares sin duda a las del resto de España con pequeñas variaciones), concluyen que en tercero de primaria, es decir, a los ocho o nueve años, un niño de clase socioeconómica alta le saca a otro niño de clase baja una ventaja correspondiente a un 58% de la desviación estándar en matemáticas y del 55% en lengua, lo que viene a equivaler a una ventaja de casi dos cursos. Es decir, los niños pobres, los de familias con menos recursos, parten de una situación de desventaja desde el primer momento, que el sistema educativo no consigue superar, por lo que su fracaso educativo es mucho mayor. El estudio hace una referencia explícita al fracaso escolar y a la repetición de los estudiantes: en sexto de primaria el 20% de los estudiantes de familias de bajo nivel con padres con estudios básicos ha repetido por lo menos una vez frente al 2,7 de los de los de familias con padres con estudios universitarios. En cuarto de la ESO los alumnos repetidores de bajo nivel socioeconómico han alcanzado ya el 40%; los de alto nivel alcanzan el 10%. Es decir, la desigualdad aumenta vergonzosamente con el tiempo y para demasiados estudiantes, por supuesto, se cierra definitivamente el acceso a estudios universitarios. Naturalmente, el fracaso escolar anuncia y predice el abandono escolar temprano.

La reflexión a la que me refería al principio es que en la España democrática la educación en igualdad es un derecho constitucional que las administraciones públicas afrontaron con decisión desde el primer momento. No obstante, es de justicia reconocer que las leyes democráticas de educación que generalizaron y extendieron este derecho a toda la población fueron propuestas por los gobiernos socialistas, retocadas a la baja por los gobiernos conservadores siempre que tuvieron oportunidad. También han sido esos gobiernos progresistas los que más recursos han dedicado a la enseñanza, pues consideran la educación como el instrumento esencial de formación y realización personal y el mejor medio para la conformación de una sociedad más equilibrada, más justa y más igual. De hecho, el avance de España ha sido enorme y nos permite equipararnos al resto de los países más avanzados de nuestro entorno europeo, aunque siempre en alguna posición retrasada.

Pero la desilusión se debe al comprobar que en cuarenta años de reformas y mejoras del sistema educativo no hemos conseguido el objetivo social de la igualdad en educación. Los logros y mejoras han sido muchos y enormes, todo ello en un contexto social siempre cambiante, pero las diferencias de origen económico siguen determinando el resultado educativo de los escolares. Esta desilusión es amplificada al constatar que el ímpetu reformador y de mejora permanente no es uniformemente acelerado, sino que a etapas y gobiernos progresistas y aceleradores les suceden otras de ralentización y retroceso, e incluso los gobiernos progresistas a veces se frenan en la propuesta de medidas realmente innovadoras y progresistas. Por ejemplo, ¿para cuándo será realidad la enseñanza general y gratuita desde los 0 a los 3 años? ¿Para cuándo una atención más individualizada y personalizada que atienda especialmente a los que se van retrasando en el proceso educativo ya desde los primeros años? ¿Para cuándo una Formación Profesional con la suficiente extensión y de gran calidad?… Es más triste aún constatar cómo en determinadas regiones de gobiernos conservadores, como Madrid por ejemplo, avanza la enseñanza privada concertada frente a la pública, siendo esta última la que tiene como objetivo importante acabar con las desigualdades en el acceso a la educción; o cómo se aprueban medidas y ayudas que favorecen más precisamente a quienes mejores condiciones socioeconómicas tienen, como la desconcertante propuesta madrileña de conceder becas a estudiantes de familias que ingresen más de 100.000 euros.

La esperanza la genera el hecho de que las administraciones en general, desde la local a la nacional, siguen diciendo ser conscientes de la importancia de la educación en una sociedad tan compleja y cambiante como la nuestra y dedican algunos recursos propios, al margen de las competencias directas, a los escolares y familias más necesitadas; algunos gobiernos regionales, muchos ayuntamientos, diputaciones y otros organismos colaboran en la propuesta de medidas compensatorias para alumnos más desfavorecidos, desde el transporte y el reparto de material escolar a la gratuidad del comedor escolar: ¡qué menos que garantizar una suficiente alimentación de calidad y equilibrada para todos los niños!; hay también gran interés y mayor colaboración de los padres, aunque no siempre ni en todas las circunstancias; la realidad de la desigualdad en general en todos los aspectos preocupa a muchos ciudadanos; etc. Algunos pensarán que no son muchos ni muy fuertes estos motivos para la esperanza. No es esa mi apreciación personal. Sigo pensando, como siempre he hecho, que la educación es lo único que nos puede hacer hombres realmente libres e iguales, por lejano que parezca el objetivo y por retrocesos parciales y temporales que surjan en el camino.  Estudios como el citado, en todo caso, deben ser un aguijonazo para despertar del letargo y plantearnos como sociedad los más ambiciosos objetivos en la educación: el pleno objetivo de desarrollo personal de todos nuestros estudiantes y de todos los ciudadanos, la disminución real y creciente de la desigualdad y la mejora generalizada de resultados en educación.

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