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Antonio Marco

Hace apenas una quincena de años el filólogo clásico alemán Wilfried Stroh escribió un buen libro, que obtuvo un notable éxito en Alemania, “Latein is tot, es lebe Latein”, publicado en 2012 en España como “El Latín ha muerto, ¡Vival el Latín”. Aquí ha obtenido un éxito menor, aunque alcanzó en 2013 su tercera edición (desconozco el número de ejemplares impresos y vendidos) e incluso fue calificado por la propaganda editorial como “bestseller”, lo que tiene enorme mérito dado el contenido de la obra.

Stroh nos cuenta la historia del Latín como lengua, fosilizado ya en su gramática y estructura en el siglo I, que, con altibajos,  ha mantenido su absoluta importancia como lengua decisiva de cultura e instrumento de formación de sucesivas generaciones en Europa prácticamente hasta nuestros días, durante más de dos mil años.

Sabido es cómo en España, algo menos en la restante Europa, en las últimas décadas el Latín ha ido disminuyendo paulatinamente su importancia en el sistema educativo nacional: cada ley nueva de educación que se aprobaba, y han sido demasiadas en pocos años, empeoraba la presencia del Latín como instrumento formativo de nuestros jóvenes estudiantes. Hace escasos meses y días se han aprobado otra nueva ley y otros currículos, curriculums, (curricula sería la más respetuosa forma con el origen latino del término, pero desgraciadamente ya pocos lo entienden), de Educación Secundaria y Bachillerato. Estas normas reducen el estudio del mundo clásico y de sus lenguas, latín y griego, a una mera opción escondida o difuminada entre una variopinta oferta de materias o asignaturas. Es decir, el Latín ha recibido de nuevo otro duro hachazo.

La enorme importancia del conocimiento del mundo clásico, griego y romano, y de sus lenguas, el latín y el griego, ha motivado frecuentemente la reflexión y el debate y en consecuencia la publicación de centenares de libros, artículos, manifiestos, apoyos en todo el mundo en estos momentos de decadencia de la lengua de los romanos, que fue la nuestra. En algunos países este debate ha tenido notable incidencia en la sociedad en general . No es este el momento de referirme a ello con detalle, pero sí el de manifestar la pobreza del debate en la sociedad española a lo largo de estos últimos años y el escaso, mínimo interés mejor, de las autoridades educativas sucesivas y de los parlamentos, nacional y autonómicos, que son los que tienen la capacidad de legislar sobre ello. La reacción ha quedado prácticamente limitada a los profesores de latín y griego en sus centros educativos y sus asociaciones nacionales o regionales, que en honor de la verdad ni siquiera han contado con el apoyo entusiasta de sus compañeros de claustro. Lo descorazonador es que ni la sociedad en general ni los sectores, entidades, grupos sociales, excepto raras excepciones, han sentido la necesidad de generar un debate y reflexión general serios y de importancia. Finalmente las normas han sido aprobadas por responsables administrativos y diputados y diputadas con escaso conocimiento, en muchos casos nulo, de lo que se traían entre manos y de la transcendencia de su decisión. ¿Eran realmente conscientes de lo que estaban haciendo? De un plumazo, o de un dedazo, se elimina o desprecia gran parte de nuestra historia y trasfondo cultural, sin el que es imposible conocernos a nosotros mismos, se elimina o desprecia el estudio de una lengua, regina linguarum, que durante milenios, dos milenios, ha sido el mejor instrumento para la educación integral de la persona, para el desarrollo del humanismo, esencia del ser humano, un buen instrumento para amueblar el intelecto maleable del joven estudiante, que facilita el estudio de otras lenguas, que inocula en el joven el desarrollo de principios morales de convivencia esenciales en la cultura europea, que genera el desarrollo de la sensibilidad y sentido estético asociados a las lenguas que hablamos, la nuestra y otras muchas, herederas directas del latín hablado en su momento, que abre las puertas al cultivo del espíritu, etc. etc. etc…

Se eliminan, devalúan o desprecian las Humanidades porque hoy lo que más se valora es la economía, es decir, el dinero y todo lo que con él va asociado: un buen sueldo, un buen trabajo, unos buenos medios de vida, una buena vivienda, un buen vehículo, el placer sin límite, vacaciones exóticas, etc. Todo esto se identifica con una segura felicidad a pesar de lo que mayoritariamente nos indica la experiencia cotidiana. Todo esto difícilmente lo generan las “inútiles” Humanidades, el conocimiento del mundo antiguo, el latín y el griego, las Letras, piensan la mayoría de las personas. Son las ciencias y las técnicas, las ingenierías, las que generan riqueza, recursos, son estas las ocupaciones “útiles”, piensan la mayoría. Pero ¿qué es lo útil y lo inútil en la educación de los jóvenes para la vida? ¿Acaso es solo útil en la educación preparar al joven para un trabajo de adulto, para el negotium? ¿No debe ser también fruto del trabajo de adulto el tener tiempo libre para ser uno mismo  y en ese caso habrá que educarlo también para el otium, para el placer tan productivo y necesario personalmente?  Por otra parte, ¡qué enorme disparate es separar las Letras y las Ciencias! ¡Qué sinsentido privar al estudiante de letras del conocimiento científico mínimo necesario para entender el mundo material en el que vive o privar al estudiante de ciencias de los instrumentos mínimos necesarios para autocomprenderse como ser humano complejo y para disfrutar de los recursos intelectuales que las Humanidades le proporcionan! Así que en aras de una presunta utilidad se van limitando las Humanidades (las lenguas, incluida la propia, la historia, la filosofía…) del otium e imponiendo en el sistema educativo las prácticas y útiles ciencias y técnicas del negotium, cada vez más especializadas e incomprensibles  para ser cada vez más productivas.

Pero ¡oh destino! ¡oh fata, oh hados impredecibles! Cuando todo parecía perdido, cuando la esperanza de resurrección de las Humanidades se encogía un poco más, la decisión firme e inesperada de unos muchachos de apenas 18 años, ha evidenciado con la fuerza de los hechos la falsedad y sinsentido de quienes desprecian y arrinconan a las Humanidades. Gabriel Plaza, estudiante de un instituto público de Madrid, un muchacho que ha obtenido la mejor calificación en las pruebas de acceso  a la Universidad en la Comunidad de Madrid, 10 en todos los exámenes, quiere ser profesor de Latín y estudiar Filología Clásica, es decir, Latín y Griego; Cristiàn Pitarch, estudiante de un Instituto público de Valencia es el mejor calificado de la provincia de Valencia, 9,9 puntos, también ha decidido estudiar Filología Clásica. Y sin duda habrá otros casos similares repartidos en todo el país.

¿Se sentirán concernidos quienes, sin duda con peores calificaciones, han perjudicado el futuro del latín y a quienes parece no haberles temblado el dedo a la hora de prescindir en la práctica de un instrumento formativo que se ha empleado durante más de dos mil (2000) años, la linguarum regina?  ¿Sentirán el fracaso programático que supone para quienes toman decisiones, que no entienden, que el número uno de 33.663 examinandos en Madrid o de ocho mil (8000) en Valencia y en consecuencia los primeros para elegir estudios en la Universidad, elijan precisamente Filología Clásica?.

Estos jóvenes muchachos han negado en un instante la presunta razón de quienes desprecian las Humanidades, por inútiles para la persona y para la sociedad, y abogan por las ciencias reductoras porque aseguran el progreso material imparable. Debe resultar incomprensible para tanto mediocre con capacidad de decisión sobre el futuro de las personas que los mejores, los optimi,  de los  grupos de los futuros nuevos titulados universitarios en Madrid y Valencia elijan libremente lo que quieren y que eso sea precisamente una lengua muerta muy viva, el Latín, y que cuando se les pregunta por qué, afirmen con rotundidad, uno porque  “prefiero la felicidad al éxito seguro” (todavía no sabe que el éxito lo tiene ya asegurado) y el otro  porque  “la sociedad no puede buscar siempre la productividad, lo que nos hace humanos son las humanidades”.

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