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Lidia Casado

Son una herramienta tan cotidiana, tan habitual, casi diría tan nimia, que ya ni percibimos su valor. Pero las palabras son poderosas. Muy poderosas. Nos demos cuenta de ello o no.

Piensa, por ejemplo, en el valor de los llamados actos de habla declarativos. “Yo os declaro marido y mujer” (o póngase aquí la fórmula y las personas y/o géneros que se desee). Y cambia la situación civil de dos personas. O cuando un magistrado o magistrada dictan sentencia. Eso sí que cambia las cosas.

Sin llegar a tanto, ¿cuántas veces una palabra dicha en el momento preciso ha sido capaz de cambiarte el día, de volverlo más gris o, por el contrario, de darle sol? No sé si a ti te pasa pero un “tú vales mucho”, un “puedes con todo”, un “te admiro” o un “eres importante para mí” me han salvado de muchos abismos en no pocas ocasiones.

Por eso me parece importante no callarse lo que sentimos. Creo que otra de las lecciones de la pandemia ha sido, precisamente, darle importancia a lo que se dice porque no siempre estamos cerca para poder demostrarlo. En estos momentos, más que nunca, las palabras de ánimo, de cariño, de apoyo o de admiración valen millones.

Pero, en sentido contrario, también deberíamos ser conscientes del peso de nuestras críticas o valoraciones negativas, de todas las veces en las que hablamos de más o no calibramos bien el mensaje que trasmitimos. Muy especialmente, quiero llamar la atención sobre el caso de padres, madres, profesores y/o profesoras que etiquetan sin pensar en más. Desde el típico “eres un desastre” hasta el colectivo “no hagáis lo mismo que todos los días”, las etiquetas acaban horadando la piedra, moldeando el carácter, haciendo que se cumplan las profecías.

Así que te invito a meditar sobre el poder de la palabra y sobre la fuerza que tienen las cosas que decimos (o no decimos). Incluso, las cosas que nos decimos a nosotros mismos.

Nos seguimos leyendo.

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