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Nacho Redondo

“No paro de dar vueltas y vueltas en mi cabeza a cosas que no han ocurrido y que posiblemente nunca ocurran”; ¿te suena esta afirmación? Nos olvidamos, como decía Descartes, de buscar la verdad a través de la razón y dejamos de percibir las cosas cómo realmente son, imaginando cómo serían.

El problema radica, seguramente, en la poca conexión que tenemos con nosotros mismos, acordándonos del pasado, del que hubiera sido y del fuese. Tal y cómo me comentó el pasado jueves mi amiga Carmen “algunas veces la sociabilidad se usa para no estar con uno mismo, para no aguantarnos y no oír a la conciencia”. A veces a las personas nos asusta la idea de enfrentarnos a nosotros mismos.

Y es que comemos sin degustar, paseamos sin entretenernos en la belleza de las cosas que nos rodean y tenemos conversaciones sin escuchar lo que nos están diciendo. Estamos sometidos constantemente a los ruidos de nuestro interior, pensando en eso que ya ha ocurrido o lo que imaginamos que ocurrirá. Así somos capaces de transitar por la vida, sin disfrutar del presente y del ahora, de eso que realmente es interesante e importante.

Respondemos a las preguntas que nos presenta la vida con emociones negativas, vemos tan solo las decepciones y sentimos hasta crisis de salud que nos lleva a una aceleración brutal del estrés. Nuestra mente está capitaneada por miles de pensamientos a cada minuto que nos hacen rehenes de esas emociones negativas que nos condicionan nuestra forma de ser.

Tenemos alrededor de 70.000 pensamientos todos los días, la mayoría de ellos son producto del pasado, son negativos o repetidos. No digo que para aplacar todos ellos tenemos que saber el propósito de nuestra existencia o hacia dónde nos dirigimos en cada momento, que seguro nos ayuda, lo que digo es que tenemos que tomar consciencia de lo nos pasa por la cabeza que se convierte en ese disco rayado que impide avanzar con tranquilidad, es eso que conocemos como ruido interior.

Las emociones responden a las situaciones que atentan contra nuestra integridad e influyen en nuestra motivación y en la toma de decisiones, proporcionando una respuesta fisiológica como pueda ser la liberación de hormonas, el aumento del ritmo cardíaco e incluso expresiones corporales, llevándonos a situaciones complejas y desbordantes que no sabemos manejar.

Por eso debemos descubrir cuáles son las emociones que nos generan esos momentos de estrés y que a su vez puede desembocar en angustia y dolor, de tal forma que consigamos tener cierto control sobre todo eso que pasa dentro de nosotros y que no se vuelva crónico. De esta manera seremos capaces de reconocer nuestras emociones, enfrentarnos a ellas y definitivamente poder hacer algo al respecto.

El ruido interior se compone de multitud de pensamientos y emociones que consiguen distraernos de las tareas realmente importantes que tenemos que realizar sin darnos cuenta. Calmar la mente nos permite llegar a soluciones más efectivas para nuestra vida proporcionándonos opciones reales en vez de problemas irreales. Acallar el ruido interior nos hace pensar en el presente y hacernos consciente del mismo para poder tomar decisiones de forma más sensata.

Vivimos anclados a nuestros pensamientos y nos hemos desconectado de nosotros mismos, convirtiendo nuestra mente en el peor de nuestros enemigos lo que nos puede llevar, incluso, a enfermar. Verbalizar pensamientos no hace que los mismos alcancen el grado de veracidad porque por muy veraz que puedan parecer no son hechos hasta que no se hayan producido.

Supongo que te suena esta frase de Gandhi: “cuida tus pensamientos porque se convertirán en tus palabras; cuida tus palabras porque se convertirán en tus actos; cuida tus actos porque se convertirán en tus hábitos; cuida tus hábitos porque se convertirán en tu destino”.

La importancia de reconocer y aceptar nuestro ruido interior nos hará cambiar el marco desde el que vivimos nuestras emociones y pensamientos y hará que podamos distinguir lo real de lo no real y de esta manera aprendamos a disfrutar del presente que, al fin y al cabo es lo que tenemos.

Amiga Carmen, podemos pasar de rellenar tiempos y espacios a empatizar realmente con nosotros mismos.

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