• Autor de la entrada:
  • Categoría de la entrada:Opinión

Antonio Marco Martínez. Expresidente de las Cortes de Castilla-La Mancha

He vuelto después de muchos meses a Toledo, a las Cortes Regionales, para asistir al homenaje y despedida fúnebre de un viejo y gran amigo, Jesús Fernández Vaquero. Su corazón, muy grande, dejó de funcionar el miércoles pasado, siendo senador en representación de nuestra región, Castilla-La Mancha. Detrás quedaba una larga trayectoria, un completo “cursus honorum” o carrera de cargos políticos al servicio de los ciudadanos, como se decía de los homólogos romanos. Desde su función y vocación inicial como profesor, fue desde los primeros años 80 sucesivamente director del Centro de Profesores de Villacañas, director Provincial de Educación de Toledo, delegado de la Junta de Comunidades en Toledo, diputado regional en cinco legislaturas, en la última presidente de las Cortes regionales y finalmente senador. Simultáneamente desempeñó siempre cargos de gran responsabilidad en el seno del Partido Socialista. Les aseguro que Jesús desempeñó todas estas funciones, desde el compromiso personal con el progreso y bienestar en igualdad de los ciudadanos, con la ilusión de todo servidor vocacional, con la eficacia de las personas resolutivas capaces de tomar decisiones adecuadas en beneficio de la sociedad. Ser director de un Centro de Profesores o director provincial de Educación en aquellos años de inicial democracia era colaborar con ilusión en la transformación necesaria de un sistema educativo propio de una dictadura en el de una democracia plena recién estrenada. No era una mera y aséptica función burocrática. Ser delegado o diputado regional, cuando la Región se estaba haciendo desde la nada, era colaborar con ilusión en el desarrollo de un instrumento propio de gobierno al servicio de los ciudadanos cercanos. Tampoco era una simple función burocrática.

En el acto de homenaje en las Cortes Regionales se ha pronunciado un triple elogio fúnebre, o mejor, un solo elogio fúnebre en tres actos y un responso, a semejanza de lo que ocurría también en el mundo antiguo, pronunciados por el presidente de las Cortes, por la presidenta del Senado y por el presidente de Castilla-La Mancha; el responso fue pronunciado por el deán de la Catedral en representación del arzobispo de Toledo. Todos resaltaron en Jesús su humanidad, su inagotable capacidad de trabajo, su respeto de todas las personas, su capacidad de diálogo con todos, también con los adversarios políticos, por supuesto, su alegría permanente capaz de superar cualquier dificultad, su sentido positivo de la vida en todo momento. Sin duda el apenas centenar de asistentes por exigencia de la situación de pandemia peligrosa asentíamos en nuestro interior a todos y cada uno de los elogios, recordando las infinitas anécdotas compartidas de nuestras vidas, en mi caso de cerca de cuarenta años de amistosa relación de compañeros.

Nuestro presidente regional, Emiliano García Page, a quien unía una especial relación con Jesús, tuvo el acierto de definirlo con el mejor elogio que se puede decir de un ciudadano castellano-manchego: Jesús fue un “QuijoSancho”, es decir, la unidad perfecta entre nuestros esenciales paradigmas, el pragmático idealista Sancho y el idealista pragmático Quijote, la síntesis perfecta entre el soñador de libertades y justicia, Quijote, y el realista apegado al terruño y a la realidad material, Sancho. A Jesús ni le faltaba el idealismo de los grandes ilusos ni le sobraba el pragmatismo de los eficaces gestores.

El deán en su responso, consuelo para los creyentes asistentes, recogiendo el ejemplo enorme de Jesús y desde la perspectiva de quien no forma parte directa del mundo profesional político, hizo un elogio de la dignidad del servicio público de la política y de los políticos, a quienes pidió trabajar responsablemente por la libertad, la justicia y la democracia. Dicho hecho esto en momentos de especial incomprensión de la labor política, fue un rayo de esperanzadora confirmación para los asistentes. Fue este un último servicio que le debemos a Jesús Fernández Vaquero, que con su vida ejemplar dignificó la política. Su recuerdo y memoria pervivirá eternamente en quienes lo conocimos de cerca y disfrutamos de su amistad.

Compartir en Redes sociales