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Nacho Redondo

Permanentemente los seres humanos necesitamos comunicarnos con otros a través de las palabras porque tenemos la necesidad de dar a conocer cómo nos sentimos, qué es lo que nos está pasando, que es lo que tememos o qué es lo que nos hace felices (o desdichados). Todo esto tiene que ver con las emociones que, en muchos casos, ni siquiera tenemos que explicar con la palabra.

Cuando queremos mostrar cómo nos sentimos caemos en el error de no saber hacerlo porque no somos capaces de encontrar las palabras adecuadas, pero sobretodo es porque pensamos en lo que está fuera de nosotros en vez de en nosotros mismos. Me explico; intentamos dar una respuesta a una emoción que nos provoca la relación con otras personas, pero la enfocamos a ellas cuando en realidad lo que deberíamos de hacer es enfocarnos en nosotros mismos.

En la cultura occidental nos enseñan a que todo lo que ocurre tiene unos patrones determinados y que el resultado será algo que ya sabemos de antemano. En la mayoría de las ocasiones pensamos que la vida se tiene que comportar conforme a esos patrones aprendidos y adquiridos y que, salirse de ellos, es como decepcionar la vida que te ha tocado.

Lejos de esta suposición la vida nos sorprende con cosas que ni te habías imaginado y que no sospechabas que te podía tocar a ti. A veces se trata de un cambio de trabajo con mejores condiciones y funciones, a veces se trata de viajes inesperados a sitios súper bonitos, a veces se trata de encontrar gente interesante que te acompaña en este tránsito de vivir. O a veces se trata de enfermedades sobrevenidas, rupturas sentimentales o el fallecimiento de alguien cercano.

Nos ocurre que las cosas que nos llegan desde una perspectiva positiva la aceptamos como más “normales” que las que nos llegas desde una perspectiva negativa. Si es en este caso nos revelamos contra ellas y lo hacemos contra la propia existencia. Lo que buscamos es responsabilizar a algo o a alguien de eso que nos está ocurriendo porque, en cierto modo, ha cambiado el devenir de nuestra historia.

Muchos viven los quiebres como si se acabase todo lo que estaba previsto para vivir. Nos encerramos en emociones desde un punto de vista no útil como la tristeza y los anclamos a ella como si lo demás no tuviera importancia. Pensamos que no nos merecemos todo eso que nos está ocurriendo y nos desalienta pensar que se está desmoronando todo lo que estaba previsto que ocurriese.

Nada más lejos de la realidad que la forma que tenemos de afrontar las situaciones que nos sobrevienen y que tiene que ver con las conclusiones que sacamos de análisis pensados desde emociones puntuales que no serán la mejor de las ayudas para seguir adelante.

Cuando hablamos en marketing del ciclo de vida del producto vemos con normalidad como en función de la parte en que se encuentre nuestro producto podemos invertir más en él, podemos modificar componentes o añadirle cosas nuevas o incluso aprobamos su desaparición. Cuando hablamos de la empresa como organización también aprobamos fusiones, descapitalizaciones, búsqueda de nuevos socios, etc.

Sin embargo, en nuestro mundo personal nos frustramos cuando las cosas no salen como las teníamos pensadas dado el aprendizaje cultural que tenemos sobre la vida que tenemos que vivir. Pensamos en lo insoportable del momento o situación, del poco merecimiento que tenemos sobre la cuestión o nos arrepentimos de algunas partes de nuestro pasado.

Elegimos constantemente. Hacemos lo que pensamos que es lo mejor en cada momento. También elegimos cuando las cosas nos vienen de lado. Elegimos porque encontramos nuestras razones para seguir hacia adelante. No te arrepientas del pasado que elegiste en su momento porque para ti fue la mejor de las opciones, luego esta misma opción, por lo que sea, se ve modificada en el presente.

Todo en la vida, como la vida en si misma, es pasajero. Tendremos rachas más desafortunadas y otras no tanto, pero lo cierto es que todo acabará pasando. Y es que la vida se compone de varias vidas y tenemos que pensar que no todo es único ni se produce de la misma manera.

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