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Nacho Redondo

La eterna batalla entre el bien y el mal esta muy presente en nuestras vidas. Constantemente estamos buscando la certeza a la hora de proclamar que esto o aquello esta dentro del concepto de bien o en el concepto de mal. Tanto es así que el arquetipo del árbol de la vida ya fue utilizado allá por el 1782 por Darwin para explicar las relaciones evolutivas de varias especies de las que se cree que pueden tener una ascendencia común desde el punto de vista de atraer lo positivo y despreciar lo negativo.

El árbol del conocimiento del bien y del mal es uno de los Árboles del Paraíso en el Jardín del Edén junto con, precisamente, el árbol de la vida. El primero conecta el cielo con el inframundo y el segundo conecta todas las formas de la creación. Ambos son motivos de religiones, filosofías y mitologías, razón por la cual intentan dar explicación a estos conceptos del bien y del mal.

Esto tiene que ver con los patrones de los que se derivan otras ideas y opiniones tal y como se mostraban en los postulados filosóficos de Platón en los que se hablaba de los ejemplares eternos y perfectos de las cosas, lo que constituyen los arquetipos, es decir, modelos de ejemplos e ideas de los que se derivan otros tantos para adaptar pensamientos y actitudes propias de cada individuo, de cada grupo de éstos o de cada sociedad.

A lo que me estoy refiriendo es a un concepto que desarrolló Carl Jung, psicólogo suizo, quien propuso que los hombres, desde antaño, disponían de una especie de alma colectiva, pero con el paso de los años ésta se fue transformando en una conducta individual basada en los arquetipos a través de los cuales se moldean pensamientos y conductas individuales.

Los arquetipos son ejemplos de ideas de los que se derivan otros tantos para ahormar pensamientos y actitudes de cada individuo. Me quedo con el término que hace referencia a las imágenes que son compartidas por los miembros de la misma especie, lo que se conoce como inconsciente colectivo, configurando experiencias personales que se pueden transformar en leyendas o mitos.

Estamos habituados a oír sobre el Yin y el Yang para describir las fuerzas fundamentales y opuestas que se encuentran en todas las cosas. Se desprende el mismo concepto que además de ser lo contrario es también complementario, es decir, que uno no podría existir sin el otro. Por lo tanto, nada existe en estado puro sino en continua transformación y que todo tiene el significado que le demos según cada punto de vista.

Tal y como pasa con el Yin y el Yang, el bien y el mal son conceptos opuestos, teniendo en cuenta que no de forma absoluta. Además, el uno no puede existir sin el otro y cada uno se puede convertir en el otro.

Nuestro pensamiento nos puede llevar a conclusiones lógicas (relación de una premisa con un argumento válido) y a sentimientos (emociones determinadas por estados de ánimo) y ambas podrán verse modificadas según lo introvertidos y extrovertidos que seamos. Hay otras dos funciones que tienen que ver con la percepción o la intuición, de la primera se desprende que dependiendo de los estímulos que recibimos somos capaces de determinar los conceptos, en este caso, relacionados con el bien y con el mal, de la segunda se deducen evidencias sin que tengan que ver la deducción o la razón.

Y todo esto tiene que ver con un concepto que me sedujo el otro día y que lleva dando vueltas en mi cabeza toda la semana: enantiodromía. Procedente del griego, enantios es lo opuesto y dromos carrera. Por lo tanto, su significado será correr en sentido contrario. Es un término que se establece en la filosofía de Heráclito en la que todo está en cambio constante, en un proceso continuo de nacimiento y destrucción y donde todo lo que es, pasa a su contrario.

La enantiodromía forma parte de la vida inconsciente y es muy difícil entender qué partes se constituyen en mal o en bien. Sin embargo, estamos destinados a hacer el bien, entendido este desde nuestra perspectiva personal. Si es así, intentemos hacerlo conscientemente.

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