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Antonio Marco

Nos toca vivir tiempos un tanto confusos que nos producen desasosiego e intranquilidad. Vemos cómo se prolonga una pandemia que somos incapaces de atajar definitivamente y que sigue produciendo muchos muertos y nos impide una relación próxima y normal con nuestros familiares y amigos. Nos inquietamos esperando la vacuna que nos ha de proteger y permitir vivir con más tranquilidad. Vemos cómo se empobrece y tensiona la sociedad y cómo los jóvenes afrontan su futuro con poca esperanza, cuando creíamos que el progreso sería continuo e imparable. Vivimos en una sociedad confusa y cambiante en la que parecen fallar y no servir ya los cimientos antiguos y no nos sentimos seguros y capaces de planificar nuestras acciones a medio y largo plazo; el día a día se apodera de nosotros como una losa insuperable difícil de levantar.

La política, excesivamente presente, por omnipresente, en los medios de comunicación y en nuestras vidas, ocupa gran parte de nuestro tiempo y de nuestras preocupaciones, pero no nos ofrece ninguna seguridad y tranquilidad por sus constantes contradicciones e insuficiencias. Muchos de quienes debían velar por la tranquilidad y bienestar de los ciudadanos, que les eligieron, parecen sumidos en gran parte en el ensimismamiento y solo preocupados por su bienestar personal o de partido y no por el bienestar de los ciudadanos. Naturalmente hay notables excepciones, pero es un mundo el de la política, tan sumido en la mentira, en la propaganda y en la lucha por destrozar al adversario que produce cansancio y hastío en los ciudadanos. A mayor abundamiento, la corrupción que circunstancialmente aflora, una buena parte estos días sentada en el banquillo de la justicia, solo produce desmoralización y tristeza.

En fin, creíamos vivir en una sociedad en un proceso de constante mejora y perfeccionamiento y ahora nos asustan los retrocesos impensados.
En momentos de tanta confusión, conviene recurrir a la filosofía y a la reflexión tranquila como antídoto.

Entre las muchas cosas que inventaron los griegos cuando fundamentaron nuestra civilización (nos dieron, por ejemplo, la democracia como sistema político, el arte por el arte para el disfrute intelectual, el deporte de los juegos olímpicos para el goce a veces visceral, la literatura y el teatro para el ensueño personal y disfrute estético) no son las menos importantes la filosofía y la ciencia, que aplican la fuerza de la razón y su principio de no contradicción para explicar el mundo en el que vivimos y de paso explicarnos a nosotros mismos como seres autoconscientes.

Entre las varias escuelas filosóficas que ellos crearon, todas siguen siendo útiles hoy en día para responder a nuestras preguntas e inquietudes, me referiré brevemente a tres absolutamente necesarias: el escepticismo, el estoicismo, y el cinismo, términos cuyo sentido en el mundo antiguo no coincide a veces exactamente con el significado moderno.

El escepticismo lo define la Real Academia Española primero como “Desconfianza o duda de la verdad o eficacia de algo” y en segundo lugar, en cuanto a teoría filosófica, como “Doctrina que consiste en afirmar que la verdad no existe, o que, si existe, el ser humano es incapaz de conocerla”. Ahora bien, el término escepticismo deriva de la palabra griega sképtomai, que significa mirar, observar, examinar, investigar, analizar con detalle. En su forma más radical ese análisis puede llevar a la afirmación de que nada podemos conocer con seguridad. Sin llegar a esa definición extrema ni a considerar al escéptico un mero descreído, en principio el escepticismo define la actitud intelectual de quien somete a escrutinio y valoración toda la información que recibe del exterior.

El estoicismo, palabra que se explica porque sus miembros acostumbraban a discutir y dialogar a la sombra de un pórtico o stoa de Atenas, lo define la Real Academia Española como “Fortaleza o dominio sobre la propia sensibilidad” y al estoico como “Fuerte, ecuánime ante la desgracia”. Su fin último es encontrar la armonía y tranquilidad consigo mismo, y en consecuencia la felicidad, mediante el dominio y liberación de las pasiones y deseos para llevar una vida guiada por la razón y la virtud hasta conseguir la imperturbabilidad o ataraxia.

Cinismo es una palabra que deriva de la griega kyon, perro, y de hecho a los miembros de esta escuela, si es que llegó a existir como tal escuela, les llamaban los cínicos, es decir los perros. El término se ha especializado hoy en día en el sentido que la RAE da en primer lugar: “Desvergüenza en el mentir o en la defensa y práctica de acciones o doctrinas vituperables”, e incluso en el segundo, “Impudencia, obscenidad descarada”. Pero aquí me interesa resaltar el tercero, que se aproxima más a su significado antiguo, “Doctrina de los cínicos, que expresa desprecio hacia las convenciones sociales y las normas y valores morales”. En la Antigüedad los cínicos fueron respetados y rechazados a partes iguales. El cínico de la Antigüedad era una persona que rechazaba la sociedad en la que vivía y sus convencionalismos y normas de convivencia, que habían alejado a los hombres de todo modo de vida natural y auténtico. Eran pues los alternativos del momento, los contestatarios, los antisistema, los antitodo, molestos en consecuencia para los demás ciudadanos. En su afán por vivir según la naturaleza, como hacen los perros, y rechazar los convencionalismos, tenían comportamientos chocantes, como comer, defecar y tener relaciones sexuales en público.

Pues bien creo que hoy más que nunca debemos ser escépticos y dudar por principio y sistemáticamente de las toneladas de información que nos llegan todos los días y a todas las horas de diversa forma y por diversos medios y que en muchos casos son sencillamente falsas, mentiras interesadas para engañarnos. Son tantas y tan poderosas que se nos queda pequeño y falto de sentido el término propio «bulo» y recurrimos a un término inglés menos metafórico para llamarlas, son las fake news, las noticias falsas. Mentiras de los medios de comunicación, mentiras de las redes sociales, mentiras de muchos políticos y servidores públicos, a los que a veces incluso vemos y oímos mentir con todo descaro, aquejados de memoria selectiva y rostro o jeta infinita, incluso en los juicios y procesos judiciales del momento por donde desfilan expresidentes, exministros, diputados, etc. No son todos, desde luego, pero son muchos. Debemos ser permanentemente escépticos y descreídos para averiguar y admitir la verdad sólo después de un completo proceso de investigación y contraste. Sólo a personas descuidadas y poco exigentes, si no interesadas en el engaño, les puede servir como argumento de autoridad el » lo dice Internet» (hay millones de páginas), “me lo han mandado por WhatsApp” o “lo he leído en Twitter”, (mensaje explosivo y breve de extensión limitada, apto precisamente para evitar la reflexión y el análisis).

Debemos también ser en buena medida cínicos o alternativos, ser antisistema en la medida necesaria para rechazar una sociedad injusta, que reparte tan mal la riqueza, que no garantiza la igualdad de oportunidades, que nuestra constitución política exige, y que utiliza los modos y usos sociales de unos para despreciar a los otros, cuando la naturaleza nos ha hecho iguales (todos nacemos desnuditos). No podemos ser cómplices y partícipes de una sociedad tan injusta, que tan mal trata a algunas personas y tan mal se relaciona con el mundo físico y entorno natural en el que vive.

Y debemos ser estoicos y reflexivos para controlar nuestros instintos, pasiones y cabreos que son cada día más, para dar relevancia a las cosas realmente importantes y para conseguir al menos cierta tranquilidad de ánimo con la que hacer esta vida, tan difícil, un poco más soportable y alegre, alejados del gallinero cotidiano en que algunos la convierten. Y mientras tanto esperar y colaborar para que algún día no lejano la política vuelva a ser lo que debe ser, la tarea más digna porque en ella los actores principales representan a los ciudadanos y trabajan para ellos, y para que sea un modelo de verdad, de convivencia y de respeto, de discusión, de encuentro si es posible, y en todo caso sin insultos y sin mentiras.

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