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Lidia Casado

Hace unas semanas, traía a este rincón de El Decano de Guadalajara la reflexión sobre cómo leer nos ayuda, nos cura, incluso (diría yo), nos salva. Al menos, en ciertas ocasiones. Y hoy quiero hablar del otro lado de la cadena: de la escritura. Una actividad que, también, nos puede servir como terapia.

Como terapia… ¿exactamente para qué? Pues se me ocurren varias utilidades. En primer lugar, creo que escribir es un excelente método para conocerse a sí mismo. De hecho, reflexionando un poco acerca de mi pasado, creo que los diarios (sobre todo, en la etapa adolescente) tienen algo de eso. La escritura tiene un alto componente de exploración, de autoconocimiento. Al poner blanco sobre negro lo que ha pasado en tu día, te obligas a revivir y, así, a analizar lo que sentiste. Y puede que eso dé pie a reflexionar sobre por qué te sentiste así y cuál fue tu reacción frente a lo ocurrido.

Quizá por eso, escribir sobre uno mismo también tiene un puntito de diagnóstico. A veces no sé qué me pasa, siento determinadas emociones pero no sé explicarlas. El mero hecho de escribir o, quizá mejor, de intentar describir lo que siento ya me puede ayudar a poner palabras a lo que llevo dentro, a meterlo en algún cajón, a darle un nombre. Y, una vez hecho ese diagnóstico, siempre es más fácil entenderlo y actuar.

Finalmente, escribir puede ser un excelente método para soltar, para dejar ir. Sentirse libre para expresar el miedo, la ira, la desconfianza, la culpa… sin temor a herir a nadie, sin que nadie te rebata, ni trate de consolarte, ni deprecie (o desprecie) tu emoción puede ser liberador. El papel se queda con esas emociones y tú te sientes más libre para continuar tu camino sin ellas.

Para mí, que he experimentado estos efectos beneficiosos de escribir, la dimensión terapéutica de la escritura está clara. ¿Y tú? ¿Has sentido lo mismo alguna vez?

Nos seguimos leyendo.

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