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Nacho Redondo

Somos más vulnerables cuando nos falta la fe o la confianza o, lo que es lo mismo, la esperanza. Lo que vivimos a diario nos resulta estresante y complejo, pero no por ello debemos estar siempre desazonados ni confundidos.

Como reza el Mahayana, una de las tres ramas del budismo, todos los seres humanos llegarán a la iluminación, momento éste en el que te vuelcas en ayudar a otras personas a lograrlo. Esto parte de la idea de acompañar a las personas a descubrir qué clase de problema es al que se está enfrentando realmente y, mediante el diálogo, poder descubrir una nueva forma de encarar esa realidad.

Tener problemas es lo normal y para poder ayudar a los demás tienes que estar seguro de ti mismo, lo que no quiere decir que no tengas problemas. Lo que sí es importante es viajar ligero de equipaje para aportar mucho valor a cualquiera de las situaciones que se nos presentan en la vida.

Esperanza es construir, es hacer camino sin grandes cambios, es saber que no es solamente esto sino que hay más cosas por hacer. Es, en definitiva, la que nos mueve a seguir haciendo, sorteando los obstáculos y surfeando para poder hacer otras cosas. Es descubrir qué te hace disfrutar, qué te nutre, qué te llena.

La experiencia es una gran maestra pero necesitamos reflexionar sobre la misma y poder sacar a la superficie para iluminar las propias ideas. Con esto quiero decir que todo el mundo tiene una forma de ver y de encarar las cosas de la vida.

Saber qué creencias falsas tienes sobre ti mismo te hará saber la manera de sustituirlas por creencias verdaderas de tal forma que ese “egoísmo constructivo” pueda constituir un beneficio no solo individual sino también colectivo.

El “egoísmo negativo”, por contra, es una ambición perniciosa en el que el más beneficioso es uno mismo. El justo equilibrio entre ambos nos lleva a la conclusión de que es mejor alejarte por las razones correctas que seguir cerca por las razones equivocadas.

Ya Kant distinguía entre deberes perfectos, los que son siempre verdaderos, o los imperfectos, los que pueden flexibilizarse y aplicarse en un tiempo y espacio determinados. En sus tres preguntas fundamentales que dedica a los tratados más importantes acepta que nuestro conocimiento parte de nuestra experiencia, aunque no todo procede de ella, teniendo en cuenta que la razón juega un papel muy importante.

Sus preguntas tienen que ver con ¿qué debo hacer? de acuerdo a proyectos ideales, ¿qué puedo esperar? donde reflexiona acerca de la estética y la percepción de la belleza y sobre los fines y propósitos de algún objeto o algún ser, lo que se traduce como una finalidad y ¿qué puedo conocer? a través de la crítica de la razón pura en la que se investiga sobre la razón, que es la facultad que tenemos de pensar y reflexionar para llegar a una determinada conclusión.

En definitiva la esperanza es la que nos debe mover para desplegar plenamente nuestro potencial a través de la conciencia de uno mismo, de tal manera que debemos otorgar importancia a las propias emociones.

La búsqueda del propósito de vida para darnos cuenta de la envergadura real de los problemas a los que nos enfrentamos puede hacer que la balanza se mueva hacia la parte de fomentar conciencia y responsabilidad personal, y manifestar que el ser humano tiene una mayor naturaleza para poder enfrentarse a la frustración o la falta de sentido.

Tenemos en nosotros recursos de incalculable valor para actuar contra los bloqueos antes de pararnos definitivamente, aumentando la conciencia para poder escoger y no dejar que sean las circunstancias las que elijan por nosotros.

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