• Autor de la entrada:
  • Categoría de la entrada:Opinión

Antonio Marco

Escribo esta felicitación y estas reflexiones la víspera de Navidad, cuando apenas un par de días antes había publicado un twitt el presidente del Gobierno de España en el que felicitaba “las Fiestas”. Inmediatamente le llovieron numerosas respuestas criticando que emplease en su felicitación el término genérico “fiestas” y no el más comprometido “Navidad” (natividad o nacimiento referido a Jesús hace 2021 años). Esto mismo ocurrió el año pasado y el anterior; las críticas, algunas irritadas e incluso poco acordes con el propio espíritu cristiano, son las mismas de otros años. Es cierto que en esta ocasión, ante la novedad de un abeto descolorido que acompaña al mensaje, algún ciudadano especialmente beligerante, se pregunta con retórica mordaz, qué pinta un árbol en la felicitación presidencial. La pregunta habrá sorprendido a millones de compatriotas en cuya casa o entorno se encuentre instalado un “árbol de Navidad”, generalmente un abeto verde de madera, o de plástico, que dura más y es más barato.

No alimentaré yo la polémica absurda e interesada políticamente, pero la ocasión me sirve para reflexionar brevemente sobre lo que realmente celebra nuestra sociedad, nosotros mismos, en estas fechas de final de un año y comienzo del siguiente. Encuentro que las respuestas son varias, de origen distinto pero con frecuencia compatibles.

Hay muchos ciudadanos que celebran el nacimiento o natividad, que eso significa la palabra Navidad, de Jesús en un portal de Belén el 25 de diciembre de hace ya 2021 años; estos son los ciudadanos cristianos católicos, porque los ortodoxos orientales, también cristianos, lo celebran el día 6 de enero y así se celebró en todo el cristianismo hasta que se cambió la conmemoración del 6 de Enero al 25 de Diciembre, fecha en la que el occidente católico celebra la “epifanía” o manifestación del “niño dios” ante los “reyes magos” de Oriente, episodio en sí legendario aunque se cite brevemente en el evangelio de San Mateo.

La primera reflexión, pues, es que tratándose de historia antigua, también de historia de la religión, las fechas no siempre son exactas ni mucho menos, casi siempre por falta de documentación o por la existencia de errores y a veces falsificaciones interesadas. Es más, tratándose, del nacimiento de Jesús hay acuerdo entre los historiadores que debió de nacer, hay quien lo cuestiona, tres o cuatro años antes de lo que lo celebramos, así como lo más probable es que no naciera al comienzo del invierno sino en la primavera. El monje Dionisio el Exiguo, de escasa estatura como evidencia su sobrenombre, cometió un pequeño error al fijar el año 0 de la era cristiana en el 753 de la fundación de Roma.

A lo largo de la historia, son muchos los pueblos, prácticamente todos, que han celebrado con fiestas religiosas el solsticio de invierno, es decir, el momento en el que la noche más larga y el día más corto cambian de signo, cuando el día, la duración del sol, comienza a crecer como un niño recién nacido. Así en el mundo oriental, especialmente en Persia, y luego en Roma, el día 25 de Diciembre se celebraba el día “del sol invicto” y del nacimiento del dios solar Mitra. El Mitraismo fue una religión muy extendida, con numerosos elementos similares a los del Cristianismo, con el que compitió fuertemente. Aquí se encuentra sin duda, la razón por la que la Iglesia de Roma cambió la fecha del nacimiento de Jesús del 6 de enero al 25 de Diciembre. Conocida es la táctica eclesiástica de la apropiación de templos, fechas, celebraciones paganas para cristianizarlas dándoles un nuevo significado. Liberado el día 6 de la celebración del nacimiento, se conmemora la presentación de Jesús ante los “magos” de Oriente, que, dirigidos por una estrella, como si de un moderno navegador se tratara, llegaron a un portal en la insignificante ciudad de Belén y llevaron al niño dios, acompañado por sus padres, unos pastorcillos, una mula y una vaca, los regalos más valiosos de entonces, oro, incienso y mirra, como ahora traen regalos a los niños que los esperan ilusionados. Los “magos”, que ahora son reyes, son tres, correspondiéndose con los tres continentes entonces conocidos (Europa, Asia, África),en otras versiones y momentos han sido más. La mezcla de elementos folclóricos y mitológicos hasta alcanzar la versión actual es evidente, amplia y merecedora de toda reflexión.

Las fiestas del solsticio de invierno en Roma, las “Saturnales”, se celebraban en honor del dios benéfico Saturno y algunos de sus elementos se han mantenido entre nosotros hasta el día de hoy: banquetes con abundante juerga, comida y bebida y disfraces, regalos a los niños comprados en puestos callejeros e intercambios de ellos entre los adultos, muchas antorchas y luces en las calles, sin duda en un intento de asegurar el retroceso de la larga y fría noche y el nacimiento del creciente día. Son también muchos los ciudadanos que hoy celebran esto mismo con ritos y acciones similares, olvidada toda connotación religiosa, pero exteriorizando sentimientos y deseos de amor, de paz, de felicidad compartida. Curiosamente en su origen los propios términos “fiesta” y “feliz” son religiosos, así que resulta difícil prescindir del sentido religioso de las conmemoraciones de estos días.

Más aún, a estas “fiestas de Navidad” se han ido incorporando otros elementos originarios de las culturas nórdicas, como Santa Claus o Papá Noel, curiosa mezcla de San Nicolás, obispo del siglo IV que vivió en Anatolia haciendo numerosos regalos, cuyas reliquias se conservan actualmente en Bari, y cuyo culto llevaron emigrantes holandeses a Estados Unidos, con la creación norteamericana moderna de un personaje que surca los cielos en un trineo tirado por renos para repartir regalos a los niños y de paso servir de elemento de propaganda para la venta y comercio de todo tipo de productos; la ubicua Coca-Cola tuvo algo que ver en ello.

El significado religioso de los árboles, sobre todo de las pináceas, siempre verdes, símbolo de vida perenne y sana, es casi universal de todas las culturas del mundo. En este caso parece ser germano el uso de nuestro árbol europeo de Navidad, del abeto, como árbol símbolo del comienzo del nuevo año. Hoy son millones los hogares, establecimientos, lugares en todo el mundo que levantan un árbol, con frecuencia adornado con muchas luces, para hacer presente el tiempo de la Navidad.

Existen también numerosas versiones locales de mitos y leyendas similares. Sea suficiente citar el vasco “Olentzero”, el carbonero que trae los regalos a los niños el día de Navidad, niños especialmente contentos por cuanto no les pueden faltar tampoco los regalos de reyes. O el Apalpador o Pendigueiro gallego, barbudo, grandote y viejo que también lleva regalos a los niños de Galicia, no menos contentos que los del País Vasco.

Para ampliar esta mezcolanza y sincretismo de creencias, mitos, ritos, celebraciones, no es ocioso recordar que el nuevo año comienza el día uno de Enero (Ianuarius en latín), es decir, el mes del dios romano bifronte, con dos caras, Jano, que mira por una parte al año que acaba y por otra al año que comienza.

Así que podemos concluir que la Navidad que celebramos no deriva directamente de las Saturnales romanas pero está formada por elementos muy distintos que se han ido mezclando, sincretizando, a lo largo de los tiempos.

En consecuencia, siendo prácticos, si algún amigo o conocido me felicita la Navidad, yo le felicito la Navidad, si me felicita las Fiestas, yo le felicito las Fiestas, si celebra el solsticio de invierno, yo celebro el solsticio, si mis nietos esperan regalos en Navidad y en Reyes, yo les hago regalos en Navidad y en Reyes.

Si todos coincidimos en que son tiempos para la paz, para el amor, para los buenos deseos de salud y de riqueza, yo no quiero pelearme absurdamente con nadie, sino abrazarme y felicitarme con todos. Como decían los antiguos griegos, a los que nunca agradeceremos suficiente lo que nos han regalado, os deseo a todos, queridos lectores y amigos, ΥΓΕΙΑ- ΖΩΗ – ΧΑΡΑ – ΕΙΡΗΝΗ – ΕΥΘΥΜΙΑ – ΕΛΠΙΣ , es decir, “salud, vida, alegría, paz ,felicidad, esperanza”.

Compartir en Redes sociales