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Lidia Casado

Últimamente, estoy leyendo muchos artículos que reflexionan sobre los efectos de la pandemia y el confinamiento en nuestro carácter. Y todos llegan a la misma conclusión: echamos mucho de menos hablar con los demás.

Porque sí, tenemos las llamadas y las videollamadas y las videoconferencias de trabajo. Pero nos faltan pequeños gestos cotidianos como encontrarte con alguien por la calle y tomar un café sobre la marcha. Por no hablar de grandes gestos cotidianos como las quedadas con el (gran) grupo de amigos e, incluso, con la familia, entendida en toda su extensión.

Y eso, nos demos cuenta o no, no solo nos pone tristes sino que también nos empobrece.

Porque ese intercambio de opiniones (importantes o no), ese ir y venir de saludos y parabienes, ese interesarse por el otro y que el otro se interese por ti dan color a nuestra vida. Abren nuestra mente, nuestros horizontes, nuestra día a día.

Es lo opuesto a lo que ocurre cuando nos movemos en las redes. Por definición, el famoso algoritmo por el que se guían las redes sociales o incluso google lo que hace es ofrecer información y sugerencias sobre tus propias búsquedas. Es decir, alimenta tus propias convicciones y pensamientos. Y la conversación diaria con otras personas logra justo lo contrario: que te cuestiones, que lo veas de otra manera, que te pongas otros zapatos, que le des una vuelta de tuerca a tu propio enfoque.

Yo lo veo cada día en los clubes de lectura. Es fabuloso asistir a un intercambio de ideas, sensaciones o reflexiones diferentes sobre el mismo libro. Son las mismas palabras, pero cada una (hablo en femenino porque no tengo hombres en ningún club de lectura) las recibimos de una manera. Y no te puedes imaginar cuánto nos enriquece el intercambio, el sano debate, el contraste de opiniones. De verdad, un lujo.

Nos seguimos leyendo.

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