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Lidia Casado

Últimamente he estado pensando (y mucho) sobre cómo nos hablamos a nosotros mismos. No sobre cómo hablamos a los demás (que a lo mejor eso daría para otro debate) sino qué cosas te dices y, sobre todo, en qué tono.

Y he estado pensando en ello porque me he dado cuenta de que, en muchas ocasiones, hay una diferencia enorme entre cómo se habla a los demás y cómo se habla uno a sí mismo; que se puede ser simpático, educado, amable y empático con los demás y, sin embargo, ser un orco para sí mismo.

¿Te has fijado alguna vez en cómo te hablas? ¿Lo haces con el mismo respeto con el que conversas con tu jefe o tu jefa? ¿Con el mismo cariño con el que te diriges a tu hijo o hija? ¿Con la misma admiración con la que charlas con tu pareja? ¿Con la misma sorpresa con la que debatirías con un famoso al que te encantara conocer?

Analízate. Piénsalo. Investiga. Y si la respuesta es no, reflexiona sobre ello. Eres la persona que más tiempo pasa contigo mismo y a la que más escuchas al cabo del día. No hay duda de que lo que te dices acaba haciéndote mella, aunque solo sea por la cercanía y la frecuencia. Entonces, ¿por qué no te hablas a ti mismo como te gustaría que te hablaran los demás?

Sé que es difícil. Pero creo que hay que intentarlo. Por si te lo preguntas: yo estoy en ello.

Nos seguimos leyendo.

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