Por Ernesto Esteban
Desde los antiguos prestamistas hasta nuestros días, la evolución que vienen experimentando los denominados mercados financieros es enorme. Atrás quedaron los títulos impresos en cartulina de las acciones de empresas cotizadas en las Bolsas de Valores. El número y variedad de productos financieros que ofrecen los bancos, los tesoros públicos, los fondos de inversión etc., es inmenso de tal manera que se puede ganar o perder muchísimo dinero con cualquier producto de éstos y sin necesidad de poner el dinero previamente. Uno de estos productos muy demandados por los inversores son los denominados Futuros. Consiste en adquirir un compromiso ineludible de compra o venta de un valor a un precio fijado en el momento del vencimiento del plazo estipulado. Más sencillo: Yo me comprometo a comprar a 10 euros, mil acciones de tal compañía el próximo día 15 de agosto. Si el 15 de agosto el valor cotiza a 12 euros ganaré 2 y si cotiza a 8 perderé 2.
Pues bien, a principios del siglo XX uno de los mercados más florecientes que había en España era el de la lana y uno de los mercaderes más potentes de la zona centro era Félix, de apodo “El Batanero”. Por el significado del mote no cabe duda de que continuó con el negocio familiar y lo acabó modernizando. Como en todos los mercados, los precios sufren fluctuaciones dependiendo siempre de la relación oferta/demanda, y en aquella época donde Europa entra en la primera guerra mundial y España permanece fuera del conflicto armado , a pesar de la competencia siempre desleal de ingleses, holandeses y catalanes había que tenerlos bien puestos para comprar grandes cantidades de vellones de lana (merina y churra fundamentalmente) a futuro, es decir , firmando contratos de compra a precio fijo antes del esquilo.
Un año de esos, Félix “cargó de bombo” y había firmado con un montón de ganaderos contratos de compra de lana hasta llenar dos trenes a un precio de cinco pesetas el kilo. Conforme evolucionaba la guerra europea y los vaivenes de la economía mundial , Félix analizaba la situación y pudo deducir que la tendencia de los precios iría a la baja, con lo cual dentro de unos meses, cuando tuviera que hacer frente a la compra, se vería en la ruina más absoluta. Al igual que Evaristo "El Chocolatero", viéndose con la soga al cuello, hizo de la necesidad virtud y para ello contrató a seis de los viajantes más avispados y flamantes de Calatayud, a los que encargó llevar a cabo su plan.
Conviene recordar que en aquella época un viajante, y más si era de Calatayud, era una persona que ofrecía las más altas garantías de seriedad, formalidad, y honradez , por lo que cuando todos los ganaderos que tenían contratos con Félix “El Batanero” se enteraron de que unos viajantes de Calatayud iban “ a sorbo callao” comprando la lana por la zona a nueve pesetas el kilo, se produjo una fuerte insurrección y amotinados frente a su casa le exigieron romper todos los contratos firmados, si no quería que lo colgaran boca abajo.
Evidentemente, Félix, desde su balcón, los complació, y delante de todos fue rompiendo uno a uno cada contrato poniendo en escena un ceremonial digno de las grandes figuras de la picaresca española. Fingiendo cara de compungido , leía en voz alta cada contrato y solicitaba públicamente al firmante que expresara su deseo. Cada vez que uno de aquellos ganaderos gritaba:
- ¡Que lo rompas , pedazo de sinvergüenza! Félix simulaba entonces recibir una puñalada en el vientre para regocijo de los asistentes. Así hasta el último de los contratos. Una vez dispersada la manada de ganaderos, marchó a su casa y en la intimidad familiar descorchó la mejor botella de coñac que tenía.
Cuentan que ese año el precio de la lana bajó a una peseta el kilo.
-Que aprendan para otra vez. Pensó para sus adentros Félix
Ernesto Esteban es presidente de la Asociación Cultural Tierra Molinesa