Según los últimos datos publicados por el Instituto Nacional de Estadística, el pasado año se registró un nuevo máximo histórico de envejecimiento del 148%. Es decir, ya se contabilizan 148 personas mayores de 64 años por cada 100 menores de 16 frente al 142,3% del año anterior. Una subida de 5,7 puntos, la mayor de su serie histórica, que muestra una preocupante aceleración.
Los datos son demoledores. En 1999, a finales del siglo XX, este indicador se situaba por debajo del 100%, prácticamente había la misma proporción de personas mayores de 64 años que de menos de 16 años, frente al 148% actual y subiendo. Es a partir del año 2000 cuando España se convierte en un país envejecido, con una tasa de envejecimiento superando esa paridad y avanzando velozmente cada año.
Si bien entre 2003 y 2009 el índice de envejecimiento experimentó cierta contención, probablemente debido al impacto de los flujos migratorios, que incrementaron de forma significativa la población joven, lo cierto es que el envejecimiento no ha dejado de incrementarse, haciéndose especialmente evidente a partir de 2010.
Este rápido aumento de la población sénior representa un desafío estructural contra el cual conviene tomar medidas sociales y políticas más determinantes por parte de todas las administraciones. Detrás de esta realidad se combinan diferentes factores. A la natalidad persistentemente baja se suma una esperanza de vida en constante aumento. Este cóctel configura un escenario demográfico cada vez más desequilibrado.
En este contexto, el Observatorio de la Vulnerabilidad y el Empleo de la Fundación Adecco]ha realizado un nuevo análisis sobre el envejecimiento y edadismo laboral como factores clave para el futuro del mercado de trabajo. Entre las principales conclusiones se pone el énfasis en la necesidad de impulsar la incorporación y permanencia del talento sénior. Una condición indispensable para asegurar la capacidad y resiliencia del tejido productivo a medio y largo plazo.
Si se compara la cifra de hoy con la de hace cinco años, resulta llamativo que el dato actual es 22,2 puntos superior al 125,8% de aquel entonces. En otras palabras, el índice de envejecimiento se ha disparado un 18% en el último lustro. Este fenómeno no solo redefine la pirámide poblacional, sino que plantea implicaciones para el mercado laboral, que deberá afrontar una reducción de la población activa marcada por la falta de relevo generacional y, en consecuencia, una presión creciente sobre la disponibilidad de talento.
Se abre así un camino importante para la denominada “silver” economía. Los mayores de 55 años, el 34% de la población española, forman parte de una generación optimista, económicamente estable, activa, saludable, capaz de adaptarse a las transformaciones digitales y solidaria, tal y como refleja el ‘VI Barómetro del Consumidor Sénior’, un informe elaborado por el Centro de Investigación Ageingnomics de Fundación Mapfre, en colaboración con Google que viene a romper con muchos mitos y perjuicios como el edadismo o el excesivo consumo de recursos del Estado.
Por comunidades autónomas, Asturias ha vuelto a liderar el ranking de envejecimiento. Su índice de envejecimiento alcanza ya el 265,3%, seguida de Galicia con el 231,6% y Castilla y León 230,7%. Cifras realmente preocupantes. En el otro extremo se sitúan Ceuta (74,5%) y Melilla (60,4%). Las únicas comunidades españolas que resisten con índices aún por debajo de 100%, registrando -todavía- una mayor proporción de jóvenes.
Por su parte, Castilla La Mancha se mantiene por debajo de la media, pero la tendencia también muestra una preocupante línea ascendente, pasando del 131,3% en 2024 al 136%. En este sentido, la región no se libra de la paradoja estructural del mercado laboral. Mientras la población envejece, el mercado de trabajo sigue poniendo barreras a los profesionales mayores de 45 años.
Esta incoherencia se traduce en que, pese a ser un segmento de la población imprescindible para sostener la actividad económica, los profesionales séniores quedan excluidos de los procesos de selección o pierden su empleo sin lograr reengancharse al mercado laboral debido a prejuicios y estereotipos que los vinculan con la obsolescencia profesional, menor dinamismo o exigencias salariales superiores.
El relevo generacional está en peligro
Todo ello dispara las reticencias de los empleadores a la hora de incorporarles a los equipos de trabajo. Así, el paro de larga duración afecta al 34% de las personas desempleadas en España, una cifra que se eleva hasta el 48,5% en el caso de las personas mayores de 45 años, y que sigue incrementándose.
Como consecuencia, el desempleo en estas edades tiende a cronificarse y, en numerosos casos, se convierte en un puente precario hacia la jubilación, desaprovechando experiencia, talento y capacidad productiva. Un proceso que debilita al país social y económicamente. Un dato relevante, por cada tres personas que se jubilan, solo una se incorpora al mercado laboral, lo cual evidencia un llamativo desequilibrio en el relevo generacional y pone en peligro el desarrollo económico.
Julio Muñoz. Periodista de información económica y experto en comunicación.