OPINIÓN. La despoblación rural. Una tragedia anunciada

Publicado por: Sheila López Prados
12/02/2026 08:00 AM
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Por Sheila López Prados

 

Me crie en Almonacid de Zorita (Guadalajara). Viví allí hasta los 16 años y, cuando pienso en mi infancia, no pienso en un pueblo vacío ni apagado. Pienso en un lugar lleno de vida. En calles con gente, en bares abiertos, en veranos ruidosos y en fines de semana en los que llegaban vecinos de los pueblos de alrededor. Incluso venía gente de Madrid, atraída por el río, por el náutico, por ese entorno que parecía no necesitar grandes campañas de promoción para funcionar.

 

Almonacid era un pueblo al que se iba. Un pueblo donde pasaban cosas.

 

Hoy, cuando vuelvo, siento que algo ha cambiado. No de golpe, no de forma brusca, sino lentamente, casi sin que nadie lo señalara a tiempo. En los últimos años la bajada de población se ha hecho evidente. Yo suelo ir todo el año, porque me gusta pasear por mi pueblo, caminar por el campo, reencontrarme con ese paisaje que sigue siendo hogar. Pero en esos meses fríos, a veces no se ve a nadie. Literalmente. Calles enteras sin una sola persona. A veces no se ve 'ni un gato'.

 

No es tristeza lo que se siente exactamente. Es otra cosa más difícil de explicar: una mezcla de nostalgia, extrañeza y silencio. El pueblo está ahí, intacto en apariencia, pero le falta la vida que lo hacía reconocible.

 

Aun así, Almonacid ha resistido mejor que otros lugares de la provincia. Porque basta con adentrarse en la Serranía para comprobar que hay pueblos donde el golpe ha sido mucho más duro. Municipios en los que ya no hay tiendas, ni bares, ni centro de salud. Lugares donde vivir significa depender de todo y de todos, incluso para lo más básico.

 

Y entonces surge una pregunta que incomoda, pero que es inevitable: ¿qué pasa si a una persona mayor, o a alguien sin acceso a transporte, le ocurre algo?

 

¿Quién acude cuando no hay consulta médica cercana? ¿Cuánto tarda la ayuda cuando las distancias son largas y los servicios escasos? La despoblación, en estos casos, deja de ser un concepto demográfico para convertirse en un problema de seguridad, de dignidad y, en algunos casos, de supervivencia.

 

Esta sensación no es solo mía. Es compartida por muchos vecinos de pueblos de la provincia de Guadalajara, que ven cómo la actividad se concentra en verano y desaparece en invierno. Como si la vida rural solo fuera aceptable durante unos meses, y prescindible el resto del año.

 

La despoblación no es una palabra abstracta. Tiene nombres, edades y rutinas. Es la persona mayor que pasa días sin cruzarse con nadie. Es el joven que se va porque no encuentra trabajo y sabe que, aunque quiera volver, no podrá. Es el bar que no abre entre semana porque no hay a quién abrirle. Son las luces apagadas a las seis de la tarde.

 

Durante mucho tiempo se nos ha dicho que esto es inevitable, que los pueblos pierden población porque 'es lo normal'. Pero no hay nada normal en acostumbrarse al abandono. No hay nada natural en que territorios enteros queden sin servicios básicos, como si quienes viven allí tuvieran menos derecho a ser atendidos.

 

Lo más doloroso no es que los pueblos se vacíen, sino que lo hagan en silencio, sin debate, sin urgencia. Que se acepte como parte del paisaje, como si no implicara una pérdida colectiva.

 

Almonacid de Zorita sigue siendo mi pueblo. Lo seguirá siendo, aunque sus calles estén vacías en invierno. Pero un pueblo no es solo un conjunto de casas: es la gente que las habita, las voces que se cruzan, la vida cotidiana que da sentido a todo lo demás.

 

Cuando esa vida desaparece, no se pierde solo población. Se pierde memoria, identidad y futuro. Y quizá la verdadera tragedia no sea la despoblación en sí, sino haberla visto venir y no haber hecho nada para evitarla.

 

 

Sheila López Prados. Doctora, orientadora y profesora universitaria. 

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