Cada vez hay menos lugares donde levantar la vista y encontrarse con un cielo verdaderamente estrellado. La Vía Láctea, que durante siglos fue una presencia habitual en las noches despejadas, hoy es invisible para un tercio de la población mundial. Esa es la realidad que quiso subrayar el astrofísico Jaime Zamorano en Guadalajara, en una nueva cita de la campaña “De 12 en 12 — Rumbo al Eclipse Total”, cuando faltan seis meses para el gran eclipse solar del 12 de agosto de 2026.
Bajo el título “Restaurar nuestros cielos oscuros y estrellados”, la séptima charla organizada por la Asociación de la Prensa de Guadalajara (APG), en colaboración con AstroGuada, puso el foco en un problema silencioso pero creciente: la contaminación lumínica.
Zamorano, profesor honorífico de la Universidad Complutense de Madrid, experto en astrofísica extragaláctica y referente en investigación sobre contaminación lumínica, fue contundente: “Los cielos que están poco contaminados, los cielos que son oscuros y permiten ver estrellas, son cada vez más escasos”.
La preocupación no es nueva. En 2007 nació la Declaración sobre la Defensa del Cielo Nocturno y el Derecho a la Luz de las Estrellas —conocida como Declaración de La Palma o Declaración Starlight— y fue ratificada una década después. El documento, respaldado por la UNESCO, la Organización Mundial del Turismo (OMT) y la Unión Astronómica Internacional (IAU), reconoce el cielo nocturno como “un derecho inalienable de la humanidad” y un patrimonio científico, cultural y medioambiental que debe ser protegido.
La idea es clara: conservar los cielos oscuros, intentar recuperarlos allí donde se han perdido y transmitir ese compromiso a las futuras generaciones.
En este contexto, Zamorano recordó que la provincia cuenta con una carta de presentación privilegiada: la reserva ‘Cielos de Guadalajara’, certificada por la Fundación Starlight como destino turístico de calidad. “Tenemos un cielo que se lo merece”, afirmó.
La previsión es que el eclipse atraiga a numerosos visitantes que buscarán enclaves con baja contaminación lumínica no solo para presenciar el fenómeno, sino también para continuar observando el firmamento al caer la noche. Y no es un matiz menor: cuando Zamorano habla de “cielos oscuros”, no se refiere a cielos nublados, sino a aquellos que no brillan artificialmente.
La calidad del cielo se mide precisamente evaluando ese brillo, a través de herramientas como la escala de Bortle, que clasifica el cielo nocturno en nueve niveles según la contaminación lumínica y la visibilidad de los astros.
El principal foco de contaminación suele ser el alumbrado público, especialmente cuando parte de la luz se proyecta hacia el cielo y se dispersa en la atmósfera, generando ese resplandor que borra las estrellas. Pero Zamorano apuntó también a otro fenómeno creciente: la iluminación ornamental.
Una luz “innecesaria”, explicó, que se instala para realzar monumentos o espacios urbanos con fines estéticos o turísticos. En la provincia puso dos ejemplos que han generado debate.
Por un lado, la renovación de la iluminación de la Plaza Mayor y la catedral de Sigüenza, que considera “excesiva” y una oportunidad perdida para poder contemplar la Vía Láctea desde ese enclave histórico. Por otro, la reciente iluminación de las murallas del Castillo de Molina de Aragón, que calificó de “auténtico despropósito”, especialmente por la intensidad y el uso de colores.
“Si la iluminación se hubiera hecho de forma controlada, con poca luz y solo a ciertas horas y fechas, habría sido algo bueno”, señaló. Pero, en su opinión, se ha optado por un modelo exagerado.
A estas fuentes se suman otras más recientes, como las luces blancas e intermitentes de algunos aerogeneradores.
Las imágenes satelitales muestran con claridad dónde se concentra la contaminación lumínica: zonas costeras, grandes áreas urbanas y corredores industriales. Modelos como el World Atlas 2015 permiten cartografiar la calidad del cielo mediante códigos de color: el blanco y el rojo indican cielos muy degradados; el azul oscuro, los verdaderos santuarios de la noche.
En este contexto, Zamorano compartió un término acuñado por colegas estadounidenses: “noctalgia”, la nostalgia por la noche perdida. Una pena, explicó, por no poder disfrutar de los cielos primigenios que acompañaron a la humanidad durante milenios.
La contaminación lumínica no solo afecta a los astrónomos. Tiene consecuencias directas sobre la biodiversidad y la salud humana. Insectos que no pueden polinizar, aves migratorias desorientadas, alteraciones en los ciclos naturales. En las personas, la luz artificial nocturna suprime la producción de melatonina y altera el ritmo circadiano.
Aunque el incremento anual ronda el 2%, Zamorano lanzó un mensaje de esperanza: “Hay que ir hacia atrás y descontaminar”. Con buenas prácticas —orientación correcta de luminarias, temperaturas de color adecuadas, horarios de apagado en escaparates y edificios públicos— es posible recuperar parte de la oscuridad perdida.
La noche del 12 de agosto de 2026 ofrecerá además un incentivo añadido: el máximo de las Perseidas, las populares “Lágrimas de San Lorenzo”. Con la Luna en novilunio y temperaturas veraniegas, se espera un flujo constante de meteoros.
Será una oportunidad única para que quienes lleguen a Guadalajara por el eclipse prolonguen la experiencia bajo un cielo estrellado. Pero el mensaje de fondo va más allá del espectáculo astronómico: proteger la noche es también proteger un patrimonio común que, poco a poco, se está apagando.