Por Antonio Marco
En estos días se ha recordado profusamente en los medios de comunicación aquel fallido 'golpe de Estado del 23 de febrero de 1981. Quizás la mejor manera de recordarlo ha sido la desclasificación como secretos que ha hecho el gobierno de los 'papeles', es decir, documentos que quedaban hasta hoy a resguardo de la vista del público. Ciertamente a estas alturas los documentos que deben quedar y que tengan algún interés relevante no serán muchos, habrán sido muchos más los que se hicieron desaparecer por si acaso.
En cualquier caso la información es mucha y con la ayuda de serios historiadores que la han analizado nos permite hacernos una buena idea de lo ocurrido en aquellos años duros de la transición de un régimen dictatorial a otro democrático homologable a los de los países modernos que nos rodeaban y con los que queríamos tener una fuerte alianza y unión. En general hay bastante acuerdo en saber lo que ocurrió, aunque persisten algunas versiones irreales y con frecuencia interesadas propias de 'conspiranoicos', término este cargado de una buena dosis de enfermedad o debilidad en la interpretación.
En todo caso, a estas alturas de nuestras vidas, sobre todo de quienes vivimos en todo su dramatismo y con toda la tensión el desgraciado momento que parecía devolvernos al siglo XIX en el momento en que salíamos de una dictadura, tener absoluta certeza de si el Rey lo sabía y amparaba y en determinado momento dio marcha atrás o no se enteró en absoluto de las maniobras de generales cercanos a su casa y persona, creo que hoy no es lo más relevante.
En aquellos momentos, yo me enteré a las siete de la tarde al salir de impartir mis clases en el Instituto Antonio Buero Vallejo de Guadalajara, entonces se llamaba Mixto número 2. Para quienes vivíamos el momento político con interés, la mayor parte de los españoles adultos, el impacto fue muy fuerte, no diré aterrador pero sí muy preocupante, también personalmente. Cuando el Rey desautoriza en su mensaje televisivo de la madrugada el golpe militar y de la Guardia Civil, nos sentimos liberados, nerviosos y tranquilos al mismo tiempo; cuando vimos salir saltando por una ventana del Congreso a quienes doce o catorce horas antes habían entrado en el Salón de Plenos dando tiros, aquello empezó a parecer una charlotada también preocupante. Que una facción de jefes militares y de la Guardia Civil golpistas hubiera podido poner en tensión a toda una nación y meter el miedo y la preocupación en el cuerpo a millones de ciudadanos, producía enorme pena, mucha pena.
Pero salimos de aquello y durante muchos años fue creciendo un sistema democrático en el que todo el mundo podía hablar y opinar, todos los ciudadanos eran iguales en derechos y ante las leyes. Democracia es el término griego que significa "gobierno del pueblo", Isonomía es el término que significa igualdad ante las leyes, requisito indispensable para que exista la democracia.
Este sistema democrático ha ido creciendo y afianzándose con dificultades porque se hacía desde un pasado todavía presente que la negaba, desde una sociedad en la que convivían con relativa armonía franquistas antidemócratas con ciudadanos que gritaban libertad y querían vivir en un ambiente con oxígeno e ilusión suficiente.
Han pasado desde la muerte del dictador cincuenta años, tres menos desde la aprobación de la Constitución democrática y otros tres menos desde el fallido golpe. La memoria perdura, pero se atemperan los detalles y a veces se van imponiendo los buenos deseos. Creíamos y creemos con ingenuidad que la 'democracia' había cogido fuerza y se había consolidado y olvidábamos, en parte porque queríamos olvidarlo, que un sistema de libertades e igualdad de la mayoría siempre está amenazado por una minoría que pretende sobre todo su bien particular. Habíamos olvidado que la 'Democracia Ateniense' , la primera, apenas duró unas decenas de años, se impuso entonces un régimen llamado de los 'tiranos', se recuperó brevemente para volver a desaparecer, en total apenas ciento ochenta años con muchas interrupciones.
Nos encontramos en estos últimos años en una situación de preocupación en todo el mundo, de manera especial en toda Europa y también en España, porque sentimos que la democracia no solo no está definitivamente consolidada sino amenazada por movimientos y grupos en ascenso de ultraderecha que la niegan, que se oponen a ella y que emplean, de momento, un lenguaje agresivo y violento junto a técnicas de desinformación y mentiras, bulos o new fakes como se dice en el lenguaje del imperio. Sarcásticamente pretenden acabar con la democracia desde la propia democracia, gozando afortunadamente de unos derechos que ellos negarían a los demás. Lo que Orwel noveló, mejor anunció, en su famosa obra '1984', publicada en 1949, desgraciadamente es o puede ser una realidad inmediata: la mentira, el control permanente y un neolenguaje reducido que impide el conocimiento y la crítica son eficaces instrumentos para la sumisión de los ciudadanos.
En la antigua Atenas, junto a los términos 'democracia' e 'isonomía' también se acuño el de 'idiota' para referirse al ciudadano solo preocupado por sus asuntos personales, por sí mismo, sin querer participar de la vida ciudadana, la vida de la 'polis', la política decimos hoy. Estas personas son duramente criticadas por los demócratas que entienden y comprenden la importancia para el bienestar de la sociedad en general y de todos en particular del ejercicio por todos de los derechos y deberes que conlleva vivir en sociedad.
Idiota, pues, no es un insulto en su origen ni se refiere a una carencia intelectual de ningún tipo; ese significado ya en la propia Antigüedad comenzó a adquirirlo el término hasta hacerlo casi exclusivo en nuestro tiempo e incluso utilizarse de manera general como un insulto o agresión al adversario o diferente.
Otro término relacionado con este mundo de la vida social y ciudadana es el de 'atónito', derivado del latín 'attonitus', aturdido por el sonido, por el ruido ambiente, hoy también por el ruido ensordecedor de los medios de comunicación y de las redes sociales. Según los etimólogos de 'atónito' deriva 'tonto', término que también ha derivado su primitivo valor etimológico hacia el insultante actual.
Estos tres términos demócrata, idiota, tonto en su sentido etimológíco, junto a los de antidemócrata y fascista, que tampoco es un insulto, aunque haya quien lo utilice así sin mucho conocimiento, sino el nombre de un sistema político que apareció en la Italia contemporánea de la mano de un dictador, Mussolini, creo que describen suficientemente la realidad actual de la sociedad occidental, europea y española.
Solo una conjunción de estos cuatro grupos sociales en la proporción que hoy vemos que se constata en los procesos políticos que se van produciendo y en los estudios y análisis de la sociedad actual, hace posible que la democracia que creíamos segura y eterna esté cuestionada y en peligro. La consciencia de esta realidad no nos puede paralizar como si fuéramos idiotas y tontos, en sentido etimológico claro está, sino mover a defenderla activamente con todos los recursos y medios, democráticos claro está, a nuestro alcance.
El recuerdo de lo ocurrido un 23F hace cuarenta y cinco años y la suposición de lo que podía haber ocurrido después si el golpe, u otros que los hubo, hubiera triunfado, nos ayudará desde luego a tener una postura activa en favor de la democracia, el mejor sistema política que hasta ahora hemos creado.
Antonio Marco. Catedrático de Latín jubilado y expresidente de las Cortes de Castilla-La Mancha.