Por Enrique Alejandre Torija
“La sociedad capitalista se halla ante un dilema: avance al socialismo o regresión a la barbarie… Hemos leído y citado estas palabras con ligereza, sin poder concebir su terrible significado... Así nos encontramos hoy, tal como lo profetizó Engels hace una generación, ante la terrible opción: o triunfa el imperialismo y provoca la destrucción de toda cultura y, como en la antigua Roma, la despoblación, desolación, degeneración, un inmenso cementerio; o triunfa el socialismo, es decir, la lucha consciente del proletariado internacional contra el imperialismo, sus métodos, sus guerras"
Rosa Luxemburgo 'La crisis de la socialdemocracia'.1915
Quien más o quien menos, todos o casi todos conservamos algunos objetos que tienen un valor sentimental para nosotros en los que ha quedado el poso de episodios o periodos importantes de nuestra vida, el recuerdo de seres queridos, y por ello los apreciamos. La estufa eléctrica con la que hicimos la carrera, que nos calentó en las tardes de estudio y que aún sigue funcionando; la vieja máquina de coser ALFHA, en la que nos parece ver aún mover su pedal a la abuela, la madre, las hermanas…, hilvanando, rematando, recomponiendo…, la ropa de la familia; la cama de matrimonio de hierro forjado; o aquel almirez de bronce, que probablemente compró la bisabuela, pues la memoria de su adquisición se perdió y en el que trituraron tantas veces las mujeres de nuestra familia los condimentos que dieron sabor a asados, guisos y salsas.
Son enseres que el tiempo no ha hecho caducar, antes bien, con él han adquirido la propiedad de ser estimados, queridos, como expresó un día el poeta alemán Bertolt Brecht, del que ahora se cumplen setenta años de su muerte:
"De todos los objetos, los que más amo
son los usados.
Las vasijas de cobre con abolladuras y bordes aplastados,
los cuchillos y tenedores cuyos mangos de madera
han sido cogidos por muchas manos.
Éstas son las formas
que me parecen más nobles.
Esas losas en torno a viejas casas,
desgastadas de haber sido pisadas tantas veces,
esas losas entre las que crece la hierba, me parecen
objetos felices.
Impregnados del uso de muchos,
a menudo transformados, han ido perfeccionando sus formas y se han hecho preciosos
porque han sido apreciados muchas veces".
Muchos de estos 'cacharros, lejos de ser mercancías relucientes, novedosas, como las que machaconamente nos presenta la publicidad para incentivarnos a su consumo, se hallan ya obsoletos, inservibles, desgastados…, pero han adquirido el sello de haber sido empleados a menudo para los actos más necesarios, tales como comer, trabajar, amar…, y por ello han condensado un valor, el otorgado por haber sido usados por muchas manos. De alguna manera su empleo les ha humanizado.
Brecht se extiende en su aprecio por las cosas viejas a esculturas y edificios:
"Me gustan incluso los fragmentos de escultura
con los brazos cortados. Vivieron
también para mí. Cayeron porque fueron trasladadas;
si las derribaron, fue porque no estaban muy altas.
Las construcciones casi en ruinas
parecen todavía proyectos sin acabar,
grandiosos; sus bellas medidas
pueden ya imaginarse, pero aún necesitan
de nuestra comprensión. Y, además
ya sirvieron, ya fueron superadas incluso. Todas estas cosas
me hacen feliz".
En tu pueblo o en el mío, en esta ciudad o en la otra, nos sigue llamando la atención la leyenda ilegible que conserva aquella piedra tan deteriorada del viejo edificio, ennegrecida, y que probablemente ya nunca se descifrará por su desgaste, o la casa semihundida, la última de tapial, en la que ahora reparamos - y valoramos- cuando se anuncia su derribo para construir otra nueva. Apreciamos las argollas sujetas a la pared -algunas quedan- a las que un día ataron bestias cuyo trabajo ayudó a obtener el alimento más necesario, el pan de cada día, hasta que fueron sustituidas por máquinas dotadas de potentes motores. El rumor de la fuente nos devuelve a los juegos infantiles, al olor a ropa recién lavada y creemos vernos aún a nosotros, a aquellos muchachos que acudían a llenar sus botijos y cántaros, cuando el agua corriente en las casas no la tenían ni los más pudientes… Esas piedras, las barbacanas, los senderos, las viejas calles, conservan algo de nosotros, pues nos 'vieron' crecer, las llevamos dentro y cuando volvemos a verlas, en nuestro interior algo se remueve con tal fuerza que nos hace expresar sentimientos: Emovere, lo llamaban los latinos y nosotros, emoción.
Una parte de ese pasado permanece oculto en el subsuelo de nuestros campos, pueblos y ciudades, y de su descubrimiento depende que conozcamos la parte de la historia que ignoramos, la que aún no viene en los libros y nos reserva tantas sorpresas.
Como aquel yacimiento que contenía vestigios de casi todas las épocas, desde el Paleolítico a la Edad Media, y que era de gran importancia, como tantas veces repitió en una conferencia el arqueólogo que lo estudió, pero que al poco tiempo fue arrasado entero, sin más, sin contemplaciones, sin dejar tan solo un pequeño vestigio que recordara el pasado lejano de la villa en cuyas inmediaciones se encontró, pues ello contravenía los intereses de la empresa que construía los chalets junto a aquella ermita, tan cerca, que al final ésta terminó pareciendo un 'unifamiliar' más.
El ayer guarda enterrados los grandes y pequeños secretos de las sociedades antiguas. Por ellos podemos aproximamos a conocer la existencia en otros tiempos, la de los ricos y de la de los pobres, la de aquellos que fueron enterrados con grandes ajuares, con todo lo necesario para tener un buen pasar en el más allá, por si acaso fuera cierto que lo había y que nos informan de los detalles de su vida, mientras que la de los otros, los desposeídos, la de los que al nacer no encontraron nada, ni tampoco dejaron nada al morir, tan solo sabemos que era tal su pobreza que acudieron desnudos al viaje definitivo.
Algún día, el pasado también hablará de nosotros. Los hombres del futuro, cuando desentierren nuestros estercoleros, excaven en las ruinas de nuestros edificios o allí donde hubo batallas, genocidios o centrales nucleares, se asombrarán sin duda de la enorme, innumerable, cantidad de objetos que acompañaron nuestra existencia y descubrirán que era tal el consumismo, alentado para la obtención de grandes beneficios, que la fabricación de tantas cosas, muchas desechables con un solo uso, causó un extraordinario derroche de materias primas, cuya extracción de la naturaleza aumentó a un ritmo tan vertiginoso que hizo peligrar sus existencias.
Las ganancias de todo este sistema las concentraba una minoría, cuyo 1% en 2024 poseía más riqueza que el 95% de la población mundial.
Las actividades agrícolas e industriales consumían enormes cantidades de combustibles fósiles que en su combustión arrojaban a la atmósfera grandes cantidades de gases de efecto invernadero como dióxido de carbono (C02), ozono, gases fluorados, óxido nitroso…, con el efecto de retener el calor del sol, impidiendo su salida al espacio, lo que causaba un calentamiento global creciente de la Tierra, que provocaba el derretimiento de los glaciares, la subida del nivel del mar, grandes sequías y pluviosidad, que agravaban a su vez la erosión, las inundaciones catastróficas, la salinización, la desertificación, el empobrecimiento de los suelos con su pérdida de biodiversidad…
Cundió la alarma ante la contaminación del planeta y hubo reuniones al más alto nivel entre los gobernantes de los estados para llegar a un compromiso de reducir estos gases, pero el acuerdo resultó problemático porque la salud de la Tierra estaba en contradicción con los intereses, con la obtención de inmensos beneficios de las grandes empresas energéticas e industriales, que operaban a nivel mundial. Hubo quien incluso, como el presidente de los EEUU de América, Donald Trump, negó en 2026 la validez de los descubrimientos científicos que apoyaban el cambio climático en este país y dispuso que:
"Con efecto inmediato, ponemos fin a todas las normas sobre emisiones ecológicas impuestas innecesariamente a los modelos de vehículos y motores entre 2012 y 2027 y más allá" (El País, 12-2-2026)
No faltaron quienes se pusieron a investigar las causas últimas de aquel desastre que amenazaba la misma existencia de la vida en el planeta y descubrieron que el sistema económico vigente, el llamado capitalismo, se había trasformado en un monstruo imposible de dominar, algo que no habían previsto sus promotores, uno de ellos el ilustrado Adam Smith, que en el siglo XVIII llegó a afirmar que el libre mercado promovería la prosperidad general. Pero al cabo de doscientos años, tal sistema mostraba tales síntomas inequívocos de agotamiento que no sólo conducía a una depauperación importante a grandes masas de población -como advertía un organismo internacional como la OCDE al declarar en el año 2019 que la clase media se estaba debilitando en los 38 países más desarrollados del mundo- sino también a una contingencia no prevista en su día ni por aquel economista escocés, ni por otros: el colapso generalizado de la vida y la naturaleza en la Tierra.
Los arqueólogos del mañana hallarán sin duda una explicación de lo que le espera a nuestro mundo. Entre montañas de botellas y bolsas de plástico, de metales herrumbrosos, de ordenadores, teléfonos móviles y electrodomésticos obsoletos o averiados descubrirán un futuro, el nuestro, el que todavía hoy no está escrito, y sabrán si aquella sociedad supo superar sus contradicciones, sus viejas lacras, tales como la explotación, el hambre o la guerra, expropiando a los grandes poseedores de riqueza e instaurando un sistema económico planificado, basado en la satisfacción de las necesidades humanas, en el que apoyándose en la enorme productividad del trabajo, generada por el desarrollo científico técnico, la jornada laboral se redujo progresivamente y los hombres tuvieron tiempo para instruirse y superar las limitaciones que en su naturaleza la vieja sociedad de clases había producido.
O, por el contrario, la humanidad se derrumbó, cayendo en una distopía -como la que nos anunció la enfermedad del Covid19 en 2020 o el apagón de mayo de 2025- y, peor aún, que la que anticiparon en sus novelas, George Orwell ('1984'), Aldous Huxley ('Un mundo feliz') o Ray Bradbury ('Farenheit 451'), con gobiernos totalitarios, destrucción mayor del medio ambiente, individuos controlados por la tecnología, desastres nucleares…, causando tal retroceso en la historia que la humanidad tardó siglos en superarlo.
Enrique Alejandre Torija. Enrique Alejandre es Investigador de temas históricos, autor de 'El movimiento obrero en Guadalajara. 1868-1939' y 'Guadalajara, 1719-1823.Un siglo conflictivo' y 'La mujer trabajadora en Guadalajara.1868-1939'.
- Brecht, B., 'Poemas y canciones'. Alianza Editorial. S.A. Madrid. 1970.
- Luxemburgo, R., 'La crisis de la socialdemocracia'. Fundación Federico Engels. Madrid.2006.
- OXFAN Intermón. 'Multilateralismo en una era de oligarquía global' https://www.oxfam.org
- El País