REPORTAJE. Brianda de Mendoza, precursora de la educación en libertad de mujeres desfavorecidas

Publicado por: Ana María Ruiz
22/03/2026 08:00 AM
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Imagen: Cefihgu. Fondo Tomás Camarillo (1923 - 1948)
Imagen: Cefihgu. Fondo Tomás Camarillo (1923 - 1948)

En el siglo XVI, fundó un Beaterio y una Casa de Doncellas en el convento de La Piedad, en una época en la que se pensaba que la virtud femenina era incompatible con el conocimiento intelectual


Guadalajara cuenta con una ingente lista de mujeres que marcaron su historia y de las que, lamentablemente, a día de hoy, todavía se siguen desconociendo tanto su perfil, como su legado.


Una de ellas fue doña Brianda de Mendoza y Luna (Guadalajara 1470-Guadalajara 1534). Era hija de Íñigo López de Mendoza, II duque del Infantado, y de María de Luna. En 1506 heredó el patrimonio de su madre y en 1510 el Palacio que su tío, Antonio de Mendoza y Luna, poseía en Guadalajara, hoy instituto Liceo Caracense.

 

Fue una mujer avanzada a su tiempo, de un fuerte carácter, educada en un ambiente culto y soltera, algo nada común en una época en la que los matrimonios entre la nobleza y la aristocracia se pactaban para acumular poder y títulos cuando ellas eran apenas unas niñas recién entradas en la pubertad. De gran influencia en la Guadalajara de principios del siglo XVI debido a las riquezas y rentas que heredó, destacó por su interés en promocionar el acceso de las mujeres a la educación en libertad y, especialmente, de las mujeres más desfavorecidas. 


El Decano de Guadalajara se ha interesado por su figura y para ello hemos contado con la colaboración de una estudiosa de este singular personaje: Montserrat Rodríguez Posilio, profesora tutora del Centro Asociado a la UNED en Guadalajara y miembro de varios grupos de investigación sobre Historia e Historia del Arte. "Brianda fue una mujer diferente, totalmente rompedora. Fue una mujer soltera y eso no era tampoco lo habitual. Tenía mucho carácter y más que intelectual era culta y una mujer de acción”. afirma. 


Ejemplo de esa acción fue la fundación en la ciudad de una Casa de Beatas y un Colegio de Doncellas en las que las mujeres recibían formación en un ambiente de total libertad. "Fundar una institución de esa envergadura era bastante más de lo que hacían las mujeres en su época. Después sería más habitual, pero no en 1520 y 1530. Hay que recordar que no se trataba de un convento, sino de un beaterio, donde las mujeres tenían más libertad que las monjas, no profesaban y no tenían jerarquía masculina. Fue una mujer verdaderamente importante", destaca Montserrat Rodríguez. 

 

Imagen idealizada de dona Brianda de Mendoza y Luna, realizada en el siglo XIX//Imagen: 'Los escritos de Herrera Casado'.
Imagen idealizada de dona Brianda de Mendoza y Luna, realizada en el siglo XIX//Imagen: 'Los escritos de Herrera Casado'.

 

Una decisión valiente ante la llegada de la Inquisición a Guadalajara

 

Cuando Brianda de Mendoza heredó el palacio de su tío -y también una suma considerable de dinero- comenzó a comprar casas situadas alrededor del Palacio y, en un momento muy significativo, 1524, coincidiendo con la llegada de la Inquisición a Guadalajara, pidió permiso al Papa Clemente VII para fundar un Beaterio y añadir un Colegio de Doncellas bajo la advocación de Nuestra Señora de la Piedad y al cuidado de la Orden de San Francisco, convirtiéndose en un centro pionero en el pensamiento y la religiosidad de la época.


Doña Brianda tenía muy claro cómo quería que funcionasen ambas instituciones y quién debía entrar en ellas y así lo dejó escrito en su testamento y en las ordenanzas de ambas, que redactó en 1532. 


Para la Casa de Beatas se trajo a seis mujeres, ninguna de ellas noble. Dispuso que vivirían en su casa y, cuando ella falleciese, deberían trasladrase a un Beaterio que proyectó para albergar a 20 personas. Respecto a las 14 restantes, todas mujeres pobres, serían las que ella escogió personalmente, cuyos nombres dejó escritos en una lista. A día de hoy se desconoce su identidad, pero la investigadora y profesora considera que fue una forma de protegerlas de la Inquisición: "Yo estoy convencida de que eran alumbradas. En aquel momento se había estado hablando de la pre reforma castellana en un momento de ebullición de muchas doctrinas que habían ido surgiendo de la idea de volver a los momentos más puros de la Iglesia al considerar que ésta se había relajado. Surgieron tendencias religiosas y una de ellas va a ser la de los alumbrados”. 


Muestra de cómo entendía la religiosidad Brianda de Mendoza aparece entre las propuestas que hizo en las Constituciones de su fundación: "Servir a Dios no se hace con estrechas y ásperas mortificaciones del cuerpo o afliximiento de la carne, sino con el ejercicio de lo bueno y de la virtud: humildad, amor y paz". Según se señala en los 'Escritos de Herrera Casado', del cronista oficial de Guadalajara, Antonio Herrera Casado: "Después de la muerte de su madre, en 1506, Brianda se dedicó a transmitir los nuevos modelos de espiritualidad interior y el ideal erasmista en el que se incluía el estudio de la Biblia, sin excesivos rigores ascéticos por lo que se consideraba una piedad aliviada".

 

Respecto al Colegio de Doncellas, Doña Brianda dispuso que deberían vivir allí diez jóvenes, que "no llevaran su linaje", todas ellas de estratos sociales bajos, aunque de buena familia, que estarían allí, según su testamento, "desde los 12 años y hasta su matrimonio o entrada en religión, si es que lo desean, momento en que recibirán una dote de 30.00 maravedíes". Serían mantenidas y vestidas. "Tenían libertad total para hacer lo que considerasen oportuno. Van a vivir en el colegio y se les van a dar todo tipo de oportunidades", señala Monserrat Rodríguez.


Cabe destacar que el periodo de permanencia en el mismo era el de muchos colegios de doncellas similares existentes en otros puntos del país en aquella época, que acogían tanto a pobres como a nobles: "Se cubre una etapa de la vida de la mujer que es considerada muy peligrosa por los hombres, especialmente los de la iglesia, porque es el momento del despertar sexual. De alguna manera, al estar en el colegio, evitan tentaciones y es la filosofía que inspira su creación”, afirma. 


No obstante, el Colegio de Doncellas de doña Brianda era diferente porque se convirtió en un complejo educacional: "No se sabe muy bien qué tipo de enseñanzas recibían porque no se han hecho suficientes investigaciones. Se sabe que lo que pretendían era practicar la virtud y que se les enseñaban normas de comportamiento, hilado, tejido,.. A veces se pensaba que la virtud era incompatible con el conocimiento intelectual y en la mayoría de los colegios no se fomentaba el aprendizaje de las letras. En La Piedad esto no ocurría porque se leían las escrituras de la Biblia a la hora de comer. Brianda sí que estaba preocupada por la educación de las niñas y muy preocupada por las mujeres en general. De hecho, se trae a su casa a vivir a bastantes de sus familiares mujeres".  


Para doña Brianda, la iniciativa de aprender no debería partir de las beatas o de las niñas, sino que sería la madre ministra la que se encargaría de educarlas. Si se detectasen cualidades especiales en alguna de ellas, se haría traer una persona instruida para que fuese su maestra: "En este sentido el Colegio de Doncellas de La Piedad es diferente a otros que se han estudiado". 


Cuando Brianda de Mendoza falleció, ni el Beaterio ni el Colegio estaban funcionando a pleno rendimiento, sin embargo se encargó de que todo funcionase según sus instrucciones. 


A su muerte, dejó todo en manos de los duques del Infantado, no sin antes advertir por escrito que las futuras doncellas que fuesen entrando a medida que las primeras terminasen su estancia y formación, podrían ser nobles y deberían aportar 50.000 maravedíes en dinero o en rentas. 


Una vez celebra­do el Concilio de Trento (1545 y 1563) el Colegio se transformó en convento de religiosas de la Orden de San Francisco y se convirtió en un lugar de acogida de las hijas de la nobleza y en uno de los lugares más granados de la ciudad.

 

Según relataba en sus escritos el cronista oficial de Guadalajara, Francisco Layna Serrano: "El convento de la Piedad tenía auténtico carácter aristocrático porque en él profesaron bastantes hijas de la nobleza arriacense. Hubo época, en estos comienzos del siglo XVI, y aún más adelante, en que la 'misa de doce' en La Piedad era la de más tono de la ciudad, a la que acudía toda la aristocracia, porque en el convento todos tenían alguna parienta ingresada".

 

Dona Brianda de Mendoza y Luna fue, sin duda, una de las precursoras de algunas de las tesis feministas sobre la educación de las mujeres en condiciones de igualdad y libertad que surgirían en el futuro.

 

Fachada del convento de La Piedad//Imagen: Turismo Guadalajara.
Fachada del convento de La Piedad//Imagen: Turismo Guadalajara.

 


La iglesia de la Piedad y las 'peripecias' del sepulcro de doña Brianda


La iglesia de la Piedad, situada junto al Palacio de don Antonio de Mendoza, mandada construir hacia 1520 por doña Brianda de Mendoza para servir de templo al Colegio de Doncellas y al Beaterio. 

 

Según relata el cronista oficial Antonio Herrera casado en su escrito ’Lecturas de patrimonio’ (Aache ediciones) doña Brianda decidió elevar un templo con una riqueza de elementos que se correspondieran a su linaje.

 

"Para ello adquirió algunos terrenos y casas colindantes con el palacio, y contrató la obra con los maestros de cantería Juan García de Solórzano y Pedro Castillo, quienes iniciaron la cimentación del edificio. Sin embargo, poco después, en octubre de 1526, estableció acuerdo con el arquitecto toledano Alonso de Covarrubias para que fuera él quien diseñara la obra y dirigiera su construcción, obligándose personalmente a hacer la talla de algunos elementos, concretamente de la portada. En este sentido, el maestro de obras, -por entonces en los inicios de su carrera-, más famoso del siglo XVI, vino a Guadalajara a dejar su huella en este templo", narra el cronista.

 

Precisamente, el elemento más importante es la portada principal de la iglesia, de estilo plateresco, tallada hacia 1527 en piedra de Tamajón. Se compone de un arco de triunfo con una bóveda de medio cañón donde se encuentra un pórtico en forma de arco de medio punto encuadrado por dos columnas coronadas por capiteles en que asoman cabezas de carneros. Remata el conjunto el tímpano, con una representación de la Piedad de María, que mantiene a un Cristo en sus brazos acompañada de Juan el Bautista y María Magdalena y, a cada lado, el escudo de Brianda.

 

La estructura primitiva de la iglesia de la Piedad era de una sola nave. Se dividía en cuatro tramos, rematando en un presbiterio elevado y de planta poligonal. Se cubría por medio de cúpulas nervadas. La techumbre, que ya cedió en un primer momento, hacia 1528, y hubo de ser reconstruida por Covarrubias y volvió a derrumbarse tras la Desamortización, obligando a cubrir el espacio con un falso techo de escayola.  

 

Esta iglesia tuvo altares de estilo renacentista. Se instaló una reja de hierro forjado, hecha por los mejores herreros toledanos. Mandó construir un retablo mayor de pinturas y esculturas y la adornó con lujosas obras de orfebrería, constituyendo un templo de primer orden artístico. 

 

Frente al altar mayor, al inicio de los escalones que ascendían hasta el presbiterio, se puso, por mandado expreso de la fundadora, su enterramiento, tallado personalmente por Alonso de Covarrubias, donde fue depositada una vez muerta. 

 

De estilo plateresco, sobre los cuatro costados del mismo aparecen tallados en alabastro los escudos de la fundadora con las armas de Mendoza y Luna, combinados con serie de pilastras y grutescos. El sepulcro se encuentra cubierto con una gran pieza torneada de jaspe rosáceo. Fue deseo de la fundadora no aparecer en talla sobre el mausoleo. De hecho, según Montserrat Rodríguez, Brianda de Mendoza "es una de esas tantas mujeres sin rostro". La única reproducción de su imagen, realizada en el siglo XIX, en la que aparece con los hábitos de la Tercera Orden Franciscana, la representa totalmente idealizada, ya que no se conservan datos de su imagen real.

 

Una vez que las monjas franciscanas se marcharon del convento, la iglesia fue abandonada y expoliada, a excepción del enterramiento de doña Brianda, que el tiempo sepultó bajo los escombros de la iglesia, por lo que se fragmentó y resultó seriamente dañado. Con el desarrollo de diversas obras derivadas de los distintos usos que ha tenido la iglesia a lo largo del tiempo - Museo Provincial, Diputación Provincial, cárcel pública e Instituto de Enseñanza Media- el sepulcro ha ido cambiando de ubicación.

 

En 1902 comenzaron las obras para convertir todo el edificio en instituto. Cuando comenzaron las obras, se apartaron los escombros del lugar y se encontró el sepulcro destrozado por el peso de los materiales que se habían derrumbado. Sólo se conservaron tres paneles. El cuarto panel se vendió en 1937 a un mercader que lo revendió a unos agentes norteamericanos, y ha terminado expuesto en el Museo de Bellas Artes de Detroit (Michigan, Estados Unidos). 

 

Los restos mortales de la fundadora del ex convento de la Piedad fueron depositados en una caja de madera y se conservaron en el instituto. Después de que secretario del instituto, Gabriel María de vergara, recompusiese el sepulcro, se trasladó nuevamente a la iglesia a un lado de la nave.

 

En 1947, según puede leerse en el artículo 'Los restos de doña Brianda vuelven a ver la luz', de Herrera Casado sus restos volvieron a sacarse del enterramiento: "En 1947, al ser movido el sepulcro de sitio, se abrió y se recogieron los restos de doña Brianda. Con la presencia de un notario (el Sr. Romero) de la directora del Instituto de Enseñanza Media (Enriqueta Hors) y el secretario del mismo (Salvador Embid Villaverde), se pusieron en una pequeña caja de metal donde se unió dentro de un cilindro también metálico". 


El 30 de marzo de 1992, durante las obras de restauración que ejecutó la Consejería de Educación y Cultura de la Junta de Comunidades en el edificio, se hizo preciso abrir nuevamente el sepulcro para trasladarlo de lugar, dentro siempre del recinto monumental. El relato del cronista oficial, que estuvo presente el acto relata lo siguiente dice los siguiente: "Al final de la mañana, (…) los obreros lanzaron sus palanquetas a la tarea: costó mucho levantar la tapa de pórfido rojo, moverla sobre el sepulcro y finalmente abrir la losa que le cerraba. Allí dentro, cubierta del polvo de los decenios, estaba la caja metálica. Junto a ella, en una pequeña cajita de cinta de máquina de escribir, se conservaba la llave. (...) aparecieron los huesos de doña Brianda: fragmentos múltiples, la mitad del coxis, dos fémures, una tibia, algún astrágalo y diversas falanges. De un color amarillento oscuro, tibios y sencillos. (...) Por su tamaño, debieron corresponder a una persona de aspecto frágil, corta de estatura (no más de 1,55 metros)".


Una vez finalizadas las obras de restauración, en 1994 el sepulcro se volvió a colocar en su lugar original, en el centro del antiguo presbiterio, bajo la actual escalera, como era el deseo de la dama. Desde entonces, doña Brianda de Mendoza y Luna descansa, por fin, en paz.

 

Sepulcro de doña Brianda, obra de Alonso de Covarrubias//Imagen: Turismo Castilla-la Mancha.
Sepulcro de doña Brianda, obra de Alonso de Covarrubias//Imagen: Turismo Castilla-la Mancha.

 

 

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