Por Rafael Cabanillas Saldaña, escritor
A mí me da exactamente igual si creéis en Yahvé, en Buda o en Alá. Si rezáis a Isis, a Shiva o a la bella Afrodita. Si os dais cabezazos contra el Muro de las Lamentaciones o con un látigo en las costillas hasta que brota la sangre de vuestra carne. Judío, musulmán, hinduista, evangélico, agnóstico o ateo, lo mismo me da. Respeto y libertad. Por eso, no te confundas ni utilices estas palabras como antisemitismo. Vuestra eterna defensa, acusarnos, a la mínima que criticamos vuestros desmanes, de antisemitas. No, en absoluto. Nada que ver. Porque aquí los antisemitas sois vosotros, al convertir la muerte en vuestra razón de existir.
Hemos estado toda la vida -dando clases, escribiendo artículos y libros-, defendiendo siempre al pueblo judío ante el holocausto nazi. Ese genocidio como la máxima expresión de la barbarie humana. Explicando, argumentando, totalmente solidarios, para que no volviera a repetirse jamás. Para que ahora vosotros mismos, hijos y nietos de aquel exterminio, os convirtáis paradójicamente en los nuevos genocidas del pueblo palestino. Hoy también libanés e iraní y mañana… lo que se tercie. Sin corazón y sin escrúpulos. Sin memoria. Porque vuestra capacidad expansionista, a base de bombas y sangre, robando tierras, no tiene límites.
Desde la creación del Estado de Israel en 1948, podíais haber optado por la convivencia y la paz, pero elegisteis la guerra. Guerra y tierra, para ampliar las fronteras. Mirad los mapas que hablan por sí solos. Además, lo hacéis en nombre de Dios. Como un mandato divino. Por supuesto que sí. Pues nadie duda -¡Por favor, la duda ofende!- que con 4.200 religiones que hay en el mundo y sus 18.000 deidades, Dios os ha elegido a vosotros. Precisamente a vosotros. El pueblo elegido para aniquilar a todos sus vecinos.
Es verdad que sois muy buenos en diversas materias. Sobre todo en tecnología, en ciberseguridad y espionaje, en fabricar las armas más letales. Incluso en agricultura, con la utilización tan eficiente del agua. Pero ¿cuál es vuestra verdadera especialidad? Vuestra verdadera especialidad es matar. Bombardear. Aniquilar. Exterminar. En eso sois buenos. Sí, señor. Muy buenos. Los mejores del planeta. Y mira que hay sátrapas despiadados por ahí que os ponen complicada la competencia en el ranking, pero no os preocupéis, que a matar… no os supera nadie.
Escribo estas líneas tras leer "EL EJÉRCITO ISRAELÍ MATA A TIROS A UN MATRIMONIO PALESTINO Y A SUS DOS HIJOS PEQUEÑOS EN CISJORDANIA. El padre, la madre y los dos menores han muerto por disparos en la cabeza. Otros dos hijos de la pareja están heridos. Nos gritaban: Hemos matado a unos perros".
Leo el artículo al completo y quedo tan horrorizado, una vez más -los niños tenían 7 y 5 años, uno era discapacitado y estaba ciego-, que cuelgo la noticia en una red social, en un intento de amplificación de denuncia pública y de crear conciencia ante este salvajismo despiadado. A los pocos minutos, una mujer en un comentario contesta: "Ojalá fueran perros. Si lo fueran, perros en vez de seres humanos, el mundo entero y la opinión pública no lo aceptaría, se sublevaría y saldrían indignados a las plazas a protestar".
Al leerlo, me quedo helado. Como si un escalofrío recorriera mi cuerpo igual que una culebra, de la nuca a la planta de los pies. La verdad escurriéndose por mi espalda como una sierpe de hielo. Porque lleva razón esa mujer al ponernos esa imagen espeluznante delante de los ojos ciegos: los soldados israelíes matando a más de 75.000 perros, de los cuales 20.000 son cachorros, y la sociedad que se echa a la calle horrorizada para protestar ante semejante salvajada. El planeta que se paraliza en seco, con sus televisiones y radios a todo volumen, los periódicos, podcast y redes sociales ardiendo, echando humo, sin parar de hablar de otra cosa que no sea la matanza canina.
Es verdad que odiar no es bueno. Odiar es un sentimiento negativo, perjudicial, contraproducente. Educamos para no odiar, educamos para amar. Para comprender al otro, para empatizar, para respetar. Educamos para la paz. Vale, sí, estoy de acuerdo. Reconozco que el título de este artículo debería ser otro. Disponía de muchos sinónimos para suavizarlo. Para edulcorarlo. Aborrecer, rechazar, despreciar, detestar, execrar, reprobar, maldecir. Sin embargo, y os seré sincero, viendo la imagen de esos dos niños acribillados a balazos, viendo a las pocas horas a otros dos muertos a manos de francotiradores por lanzar piedras a un blindado ("Eran terroristas tirando piedras", ha dicho Israel), viendo la mirada de un niño desnutrido en brazos de su madre y la de ese otro que deambula envuelto en polvo entre los escombros igual que aquella niña vietnamita del napalm, viendo cómo viven (mueren) en los campos de desplazados, contemplando la huida desesperada de los libaneses…, no quiero buscar otro nombre que no sea odio. A los que disparáis y a los que dais la orden. Un odio inmenso, animal como esos perros. De rabia e impotencia. Un odio incontenible y visceral.
Hacer una generalización del calificativo "asesinos" al pueblo de Israel sería injusto. Explicarlo es una obviedad. Pero hay que hacerlo para no confundir. Por supuesto que me refiero a los gobernantes, a los que deciden en los despachos, los que señalan en los mapas, los que incendian los medios con sus palabras llamando a matar. Los que dan la orden del disparo, los que aprietan los gatillos y los botones de lanzamiento de los misiles. Los que se enriquecen con el dolor y la muerte. A todos los que se toman la justicia por su mano. A los que ya vienen a construir los resorts turísticos sobre los cadáveres.
Pero resulta que esos gobernantes son elegidos por el pueblo. Elegidos y reelegidos. Y el pueblo que ve esa barbarie, que contempla la actuación criminal, no se rebela, no se levanta ni se alza contra ese nuevo holocausto perpetrado a escasos kilómetros de sus confortables casas. No es crítico. Lo acepta. Lo apoya. Les vota, cuando cada voto es una bala. Convirtiéndose, por tanto, en cómplices. Eso deberían hacer los judíos de Israel y del mundo entero, especialmente en Estados Unidos, país en manos de una persona gravemente enferma, en vez de instigar, promover y financiar, sublevarse contra esos monstruosos gobernantes, para que Israel no se convierta en el símbolo actual del asesinato y la maldad. De la ignominia y la muerte, de la mayor vileza universal.
No, no. No estáis al margen. Ninguno estamos al margen. Basta con contestar unas simples preguntas, con respuestas contrastadas por los organismos internacionales, para demostrar que conocéis, y conocemos, lo que está pasando. Responde, si te quedan palabras y algo de dignidad:
¿Habéis bombardeado a la población indefensa, destruyendo sus viviendas y sepultando a sus moradores? Sí. Hasta matar a 75.000 personas inocentes. ¿Habéis bombardeado hospitales, matando a pacientes, sanitarios y médicos? Sí, lo hemos hecho. Tenemos sus nombres y cargos: hemos matado a 1.700 trabajadores sanitarios desde el 7 de octubre de 2023, según Médicos Sin Fronteras. ¿Y cuántos niños habéis asesinado o mutilado? Por el informe de UNICEF, hasta finales de 2.025, 64.000 niños y niñas, entre ellos 1.000 bebés. ¿Y cuántos periodistas para que no pudieran contar esa tragedia? Según el periódico El País "246 periodistas han muerto, más de 500 han resultado heridos y 650 viviendas de informadores han sido destruidas". La mayoría, con sus familiares dentro. Para que corra el horror y el miedo. Para que dejes de escribir y de hablar. ¿Escuelas me imagino que no? Me imagino que las habréis respetado. ¡Cómo que no! Las escuelas de la Franja de Gaza han sido destruidas en su totalidad. Según informes de la UNRWA, la Agencia de la ONU, entre el 90 y el 97% de los edificios escolares en Gaza han sido destruidos, bombardeados o dañados. 400 sufrieron bombardeos directos. Muchos de estos edificios eran utilizados como refugios para familias desplazadas, para huérfanos, tras el derrumbe de sus casas. El derrumbe general: ¡Mirad cómo quedan los pueblos y ciudades tras vuestro paso!
¿Veis cómo sois los número uno matando? ¡Los mejores, qué duda cabe! Con inteligencia y con saña, fríos y sanguinarios: asesináis a todos los que podéis, los que se libran quedan mutilados, los heridos son bombardeados de nuevo en los hospitales, matáis a los médicos para que no puedan salvarlos, matáis y expulsáis a los trabajadores de las ONG para que no puedan ayudar y, para cerrar el círculo de la abominación, liquidáis a los periodistas para que no consigan contarlo. ¡Bravo, sois insuperables! Soberbios, excelentes en el manejo de la muerte.
Cortáis durante años las fronteras para que no entre comida ni medicamentos. Concentráis a los que huyen de la destrucción y las bombas en campos de desplazados, más de 1.000 con 1.200.000 personas, e incluso allí, con la única protección de la tela de la tienda de campaña, son bombardeados. Igual que los matabais cuando iban con sus cacerolas a los puntos de reparto de comida. ¿No era suficiente matarlos poco a poco de hambre? En un artículo del 25 de junio de 2025, titulado 'UNA TRAMPA MORTAL', la BBC cifra en 400 los palestinos muertos por disparos hasta esa fecha -luego serían muchos más-, esperando en la cola a recibir comida. La misma BBC que escribiendo sobre los desplazamientos de los palestinos en Gaza, 9 de cada 10, dice: "Un hecho sin precedentes desde la Segunda Guerra Mundial". Que si sumamos el millón de desplazados actuales en Líbano, donde Israel está reproduciendo su modelo de muerte y destrucción de Gaza, anexionándose el sur de un país soberano, las cifran son intolerables. Muertos vivientes. El éxodo masivo de la devastación.
No habéis acabado de matar en Gaza y Cisjordania y os habéis liado con Líbano e Irán. Casi un mes ya. Sin descanso. Una guerra perdida de antemano, digáis lo que digáis. Otra masacre sin justificación alguna. Solo vuestras mentiras, vuestro impulso criminal, porque la realidad se llama petróleo y gas, no permitir un Estado Palestino, control absoluto de Oriente Medio y expansión de vuestro territorio en alianza con USA. Dinero. No os lo manda Dios, porque Dios, si existiera, no consentiría tanta injusticia. Sois vosotros. Hombres con nombres y apellidos para la Corte Penal Internacional que acabará juzgándoos. Son vuestras manos manchadas permanentemente de sangre. Son vuestras mentes enfermas y vuestros corazones podridos. Podridos por la corrupción, la soberbia y el poder. Insaciables. Enloquecidos. Enajenados en vuestro delirio. Sin tener miedo, moral ni escrúpulos, a provocar una hecatombe mundial.
¿Entendéis ahora por qué no puedo cambiar el verbo odiar?
Rafael Cabanillas Saldaña. Escritor. Autor de ‘Quercus’, ‘Enjambre’, ‘Valhondo’ y 'Maquila'.