OPINIÓN. ¿Por qué el imperio ataca de nuevo? El griego Tucídides lo sabía

Publicado por: Antonio Marco
08/04/2026 02:19 PM
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Por Antonio Marco

 

Hace poco más de un mes el país más poderoso de la tierra, los Estados Unidos de Norteamérica, actual imperio, junto al Estado de Israel atacaban a Irán, la antigua Persia y Mesopotamia, país enorme junto al golfo que lleva el nombre de Pérsico. El ataque o guerra se produjo sin declaración previa ni cobertura legal de acuerdo con el Derecho Internacional. Los motivos aducidos son que Irán es una amenaza y grave peligro para la existencia de Israel y para la paz en esa zona, milenariamente conflictiva, que está a punto de disponer de bombas atómicas, que ampara a movimientos terroristas y que es una cruel dictadura con su propio pueblo al que masacra sin piedad y no una democracia como las del occidente civilizado. Algunos de estos argumentos como el de las armas nucleares preparadas para aniquilar a Israel son puras especulaciones sin confirmar y otros lamentablemente son ciertos. Regímenes dictatoriales y crueles o que amparen a grupos terroristas no debieran existir.

 

Lamentablemente no es Irán la única dictadura del mundo, ni siquiera de esa zona geoestratégica. Así que no parecen estos argumentos suficientes para desencadenar una guerra al margen del Derecho Internacional que afecta a todo el mundo, incluido el propio pueblo iraní al que se dice proteger. No es un dato menor que de Irán y de los países vecinos sale la mayor parte del pétroleo o gas que mueven la industria y las máquinas del resto del mundo. La atracción de esa enorme fuente de energía y de riqueza está al fondo de esta guerra, incluso a veces la esgrimen los autores de esta confrontación sin pudor alguno. Los griegos, que crearon y nombraron muchos conceptos filosóficos y técnicos, llamaron pleonexia a la avaricia o deseo insaciable de poseer más y más, aun a costa de otros sin límites morales y la consideraron la ruina de las ciudades, de las polis, de los gobiernos.

 

En todo caso, a los ciudadanos del resto del planeta les asalta de vez en cuando una pregunta más general que se repite periódicamente: ¿por qué los imperios poderosos atacan siempre una y otra vez a los más débiles? Para ayudarme a encontrar una respuesta a esta cuestión recurro una vez más a mis amigos los griegos y en concreto al antiguo historiador Tucídides, que nos contó de manera moderna la vieja Guerra del Peloponeso entre las ciudades griegas de Atenas, la de Pericles, y Esparta.

 

Con motivo de la guerra de Atenas con la ciudad de Potidea, al sur del Peloponeso, los soldados atenienses cuestionan la campaña en que les ha embarcado Pericles, que además de famoso político demócrata promotor del Partenón era también el general en jefe o 'estrategos'. Piensan los soldados que Pericles no les ha explicado bien aquel enfrentamiento del que nada bueno pueden sacar y les está engañando. Pericles les pronuncia un largo discurso, como acostumbra, para convencerles de que acudan sin rechistar a la batalla. Es ahí donde Tucídides nos ofrece un párrafo explicativo que debían memorizar para siempre los ingenuos siempre dispuestos a admitir los falsos motivos de los poderosos para atacar a los más débiles. Nos dice:

 

"No penséis que luchamos por una sola cosa, esclavitud o libertad, sino que también está en juego la pérdida de un imperio y el riesgo de sufrir los odios que habéis suscitado en el  ejercicio del poder. Y a este imperio ya no es posible renunciar, si es que alguien, debido a su miedo en la presente situación o a su deseo de tranquilidad, pretende hacer el papel de hombre bueno a este respecto. Este imperio que poseéis ya es como una tiranía: conseguirla parece ser una injusticia, pero abandonarla constituye un peligro".

 

Si no existieran tantos documentos antiguos que copian la obra de Tucídides y recogen estas reflexiones, pensaríamos que son fruto del análisis de un politólogo actual. En apenas cien palabras nos lo ha explicado Tucídides meridianamente: nada de principios altruistas y moralizantes, lo que defendemos es nuestro imperio, es decir, nuestro beneficio y situación ventajosa, que hemos impuesto tiránicamente con nuestra fuerza y al que no podemos renunciar porque entonces apareceremos como débiles y correremos peligro; esto lo hemos conseguido generando odios en todas partes, que no se olvidarán; así que de debilidades de intentar parecer hombres buenos, olvidaos.

 

Disculpe, amable lector, la glosa sin duda innecesaria que hago para insistir en ideas tan evidentes. Por lo demás en unas cuantas páginas posteriores Tucídides también nos deja otro pasaje memorable.

 

La anécdota parece dedicada a quienes piensan en el Derecho Internacional y en el sometimiento a las leyes como única opción civilizada para solucionar los conflictos. En la misma larga guerra, que agravada por una terrible peste arruinó a Grecia, Atenas ataca a la pequeña isla de Melos porque pretende mantenerse neutral, antes había sido partidaria de Esparta. La Atenas democrática no lo permitió. O estás conmigo o contra mí, viene a decir a los melios. Tucídides nos reproduce el diálogo entre los melios y los atenienses; estos últimos, los fuertes y poderosos, hartos de tanta charla dicen: "vosotros habéis aprendido, igual que lo sabemos nosotros, que en las cuestiones humanas, las razones de derecho intervienen cuando se parte de una igualdad de fuerzas, mientras que, en caso contrario, los más fuertes determinan lo posible y los débiles lo aceptan". (traducción de la edición de Gredos). Luego, en un acto que fue un baldón y vergüenza eterna para la joven democracia, Atenas destruyó a Melos y esclavizó a sus habitantes.

 

Les evito la glosa, pero les recuerdo un artículo anterior en este mismo medio: 'Silent leges inter arma'.

 

No me digan que aunque no fuera más que por esta lección de filosofía de la historia no hubiera merecido la pena mantener los estudios clásicos en los planes educativos en mejor situación que en la que actualmente están: los de latín apenas presentes y los de griego prácticamente eliminados. Y sin embargo, los griegos, siempre los griegos.

 

Antonio Marco. Catedrático de Latín jubilado y expresidente de las Cortes de Castilla-La Mancha.

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