Por Antonio Marco
Los antiguos griegos conocían bien el valor e importancia del fuego. Junto con el agua, el aire y la tierra es uno de los cuatro componentes básicos de la materia del universo según Empédocles y tantos otros filósofos y científicos antiguos. Conocían bien su inmenso poder para transformar los elementos, como descubrieron unos miles de años antes de los griegos los llamados 'prospectores de metales'. Sabían que sometidas a un fuego intenso, determinadas piedras se convertían en metales como el hierro o el cobre o el estaño y que aplicando también fuego se podían mezclar esos metales y convertirlos en materia maleable para producir instrumentos de todo tipo. Desgraciadamente entonces como hoy fueron los intereses bélicos los que agudizaron la investigación para inventar el bronce y fabricar armaduras y mortíferas espadas y puñales más duras que la madera y luego el hierro y acero más duras y mortíferas que las de bronce y así en una carrera que sigue activa hoy en día, en que el átomo alcanza temperaturas aniquiladoras, es decir, que reducen un ser u objeto a la nada.
Los antiguos conocían también el poder destructivo del fuego, que arrasaba cosechas y ciudades, templos y bibliotecas. Unas veces lo utilizaron conscientemente como instrumento destructivo y otras lo recibieron sin esperarlo del cielo, a veces como castigo, como los rayos de Zeus o Júpiter, y otras veces como consecuencia de algún accidente, laboral o de otro tipo.
En la mitología griega, el dios olímpico más poderoso, Zeus, pronto retiró y negó el fuego a los hombres enfadado porque el titán Prometeo, divinidad una generación anterior a la que terminó enfrentándose, había intentado engañarle en un sacrificio en el que la que mejor parte, la carne jugosa, se la habían quedado los hombres y pretendían darle a él los duros huesos. Este Titán Prometeo había creado a los hombres modelándolos a partir del barro y les había concedido sus muchos bienes, pero el fuego pronto les fue retirado por Zeus y en consecuencia dejó de ser un regalo de los dioses. Creía Zeus y sus compañeros olímpicos que el fuego como instrumento haría muy poderosos a los hombres y sería un acicate más para que compitieran con ellos, tarea en la que con frecuencia se embarcan los humanos, aun cuando deben saber por experiencia que siempre tienen las de perder y serán castigados por su osadía. Hybris se llama este pecado humano de soberbia extrema que les hace creerse inmortales o más poderosos de lo que realmente son.
Pero la vida en la tierra sin el fuego tenía muchas limitaciones para los humanos: solo podían alimentarse de alimentos crudos, se defendían mal de las temperaturas excesivamente bajas, no podían manejar y utilizar los metales, se defendían mal de algunos animales peligrosos. El titán Prometeo no pudo resistir la tentación y en su afán de proteger a los hombres, robó el fuego a los dioses, escondió una chispa en el interior de una caña, lo bajo a la tierra y se lo entregó. Zeus, enfadado, castigó el robo y su desobediencia con un castigo a la altura de su enorme poder divino: Prometeo fue encadenado para siempre a una roca del monte Cáucaso y una voraz águila devoraba una y otra vez, diariamente, su hígado, porque al ser inmortal todas las noches se regeneraba su víscera.
Las lecturas e interpretaciones del mito de Prometeo son muchas y de una riqueza y significado infinito. Quien tenga interés encontrará el relato del mito y su análisis en la literatura, en la pintura, en la música, en las ciencias, en la filosofía, etc. La primera y más inmediata es que la desobediencia de los mandatos de los dioses tiene un inmediato y duro castigo. La segunda es que el uso de un buen instrumento de progreso y bienestar adquirido sin todas las bendiciones divinas tiene un riesgo permanente de acabar muy mal, por lo que los hombres quedan advertidos de que han de hacer un uso correcto y justo de tan poderoso instrumento.
En estas fechas de la canícula de julio 2026 llevamos muchos días en España, también en otras muchas partes del mundo, de incendios pavorosos que todo lo destruyen y consumen a su paso: bosques, pastos, naturaleza viva, viviendas, granjas, cultivos, etc. No tenemos por qué creer que son fruto del castigo caprichoso de dioses poderosos y resignarnos en silencio. En algunos casos son accidentes y hechos imprevistos originados por la propia naturaleza que el hombre no puede controlar, como puede ser la caída de un rayo, un accidente mecánico, etc. Pero en algunos casos estos fuegos pavorosos son fruto de esa hybris u orgullo que les hace creerse poderosas a algunas personas frente a la propia naturaleza o absolutamente egoístas de sus intereses particulares sin consideración y respeto al resto de personas que viven en su entorno y sociedad.
En algunos casos, y bien cerca lo tenemos en nuestra provincia de Guadalajara en estos días en que en un solo fuego han ardido 35.000 Has. de naturaleza protegida especialmente valiosa, estos incendios pueden ser fruto de la estupidez y estulticia de quienes niegan evidencias científicas de que la realidad de un cambio climático, desde hace mucho evidente, cada día es más extrema, con calores o fríos, vientos, lluvias, nieves y granizos inesperados y de desconocida virulencia. A ello se unen sin duda una hybris menor y más cazurra de bajos vuelos, pero destructiva, y un egoísmo también gallináceo por unos bienes materiales de menor valor, aunque importantes para el interesado sin duda, pero de incomparable menos importancia para el bien común de los vecinos, que en este mundo global son todos los del mundo. No se pierde la cosecha por recogerla unas horas o unos días más tarde; en todo caso se puede fácilmente compensar su pérdida o minoración; se pierde en cambio para muchas decenas de años una naturaleza de múltiples valores incalculables; a veces se pierden para siempre vidas humanas de valor más incalculable todavía.
Por si no ha quedado claro el mensaje entre tanto referente mitológico, diré en conclusión que el fuego, instrumento indispensable de nuestro progreso y desarrollo, siempre encierra un enorme peligro destructivo y que su uso ha de ser siempre responsable y cuidadoso. Ya nos lo avisaron los dioses antiguos castigando a Prometeo, que les desobedeció, a un suplicio sin fin. También nuestra sociedad de humanos que conviven en un entorno común se dota de normas y usos a veces restrictivos que debemos respetar estrictamente y no cuestionar particularmente. Y debe saber quien las incumpla que deberá ser castigado para siempre y que su remordimiento se regenerará permanentemente, como el hígado de Prometeo.
Antonio Marco. Catedrático de Latín jubilado y expresidente de las Cortes de Castilla-La Mancha.