OPINIÓN. La segunda adolescencia

Publicado por: Asun Perruca
05/10/2026 08:00 AM
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Por Asun Perruca

 

Como ya llevo un par de años perteneciendo a las clases pasivas mis maltrechas articulaciones pueden disfrutar de las estancias en balnearios que ofrece el IMSERSO.

 

Así que aquí estoy, en un precioso edificio decimonónico que aún conserva restos de su pasado más esplendoroso, como las refinadas columnas metálicas, los azulejos en las paredes del recibidor, alguna de las primitivas bañeras de mármol de Macael y un viejo piano que languidece de puro desafinamiento.

 

En un lugar como este, a poco que una afine el oído, se da cuenta de que quien más quien menos, tiene una larga e interesante historia detrás. Y a veces te puedes topar con personajes como Ángel, siempre dispuesto a iniciar una conversación para tener la oportunidad de exponer sus convicciones inquebrantables.

 

Confiesa que nació en la primera mitad del siglo pasado y que ha leído, mucho. Cree que todo el mundo debería leer a Hermann Hesse. Y a mí, que soy maestra, me señala directamente: "Tú habrás leído El Emilio".

 

Y de repente recuerdo aquellas clases de pedagogía de primero de Magisterio donde 'El Emilio' no era solo un libro, sino una chispa que encendía debates interminables.

 

Miguel cuenta también que toma unas pastillas carísimas para luchar contra el olvido, pero que no las tomaría si no las financiara la Seguridad Social. Él defiende a muerte la sanidad pública.

 

Es especialmente vehemente en su cruzada personal contra las trufas. No entiende -y lo dice muy indignado- cómo alguien puede pagar una fortuna por algo que parece un trozo de mierda seca. "La gente habla demasiado de lo que valen las cosas", sentencia. "Las cosas no valen nada". Y entonces lanza la pregunta que se queda flotando en el aire: "¿Y la tierra? ¿Quién le ha puesto precio a la tierra?".

 

Octubre empieza a caminar lluvioso. El primer día de este mes fue establecido por la Asamblea General de las Naciones Unidas para reconocer la contribución de las personas mayores a la sociedad y promover el respeto a sus derechos, su bienestar y una vida digna y activa.

 

Con mis sesenta y dos años se supone que estoy dentro de ese grupo. Pero sospecho que uno nunca termina de sentirse una persona mayor. Son siempre los otros los que se hacen viejos. A mí me ayuda la suerte de tener vivos a mis dos progenitores. Pero al mismo tiempo también me hace pensar mucho en eso de la tercera edad.

 

Y he llegado a una conclusión. La tercera edad se va convirtiendo poco a poco en la segunda adolescencia, no porque reaparezcan los granos ni porque se escuche música a todo volumen.

 

En la adolescencia los padres intentan dirigir la vida de los hijos. En la segunda adolescencia son los hijos quienes intentan dirigir la vida de los padres.

 

El caso es que unas personas que han trabajado duro toda su vida, que han sacado adelante a su familia, que han cuidado animales, hijos, nietos, padres, suegros… de repente se encuentran con que necesitan supervisión constante.

 

­– Mamá, no le pongas morcilla a las lentejas.

 

– Papá, tienes que beber dos litros de agua.

 

– ¿Te has tomado la pastilla de la memoria?

 

– ¿Y el omega 3?

 

– El azúcar es veneno. Y el pan blanco también.

 

– Dejad ya de rebozar las pechugas. Debéis comer todo a la plancha.

 

– Ahí os dejo el pan de centeno y un bote de magnesio bisglicinato, que es el bueno.

 

– Tenéis razón, hijos. Hay que ver cuánto sabéis. ¡Qué bien hicimos en daros estudios!

 

(Falta añadir el esfuerzo que tuvieron que hacer para que la siguiente generación pudiera acceder a la Universidad y a una mejor calidad de vida, pero eso se lo callan y siguen escuchando todo ese torrente de sabiduría que seguramente les viene a los hijos de seguir en Instagram a una nutricionista finlandesa que tiene un millón de seguidores).

 

Pero en cuanto salen por la puerta (los hijos), el padre y la madre se miran de forma cómplice y se preparan unos huevos fritos con chorizo y patatas fritas. Se hartan de mojar pan blanco y de postre se arrean un par de cucuruchos de helado que tienen en el congelador para cuando vienen los nietos.

 

Los nietos, esos que ahora solo comen proteína y semillas que parecen pienso para canarios de lujo, esos que se horrorizan pensando en las calorías que contendrá un buen cocido o la cantidad de azúcar de las rosquillas que con tanto cariño siempre les ha preparado la abuela.

 

Tengo que reconocer que el pasado verano mis hermanos y yo nos pusimos especialmente pesados con la dieta de mis padres. Vale que lo hacíamos desde el cariño y pensando en el bien de su salud, pero ahora siento que igual nos pasamos cuatro pueblos y que hicieron muy bien cuando nos mandaron a todos a freír churros.

 

La expresión fue seguida de un contundente: "En vuestra casa comed alpiste si os da la gana, que en la nuestra siempre hemos comido así y no nos ha ido tan mal".

 

Pienso en Ángel, con sus pastillas contra el olvido, su cruzada contra las trufas y sus preguntas incómodas. En este balneario, cada persona lleva consigo una vida entera cargada de vivencias interesantes.

 

Pero vivimos en una sociedad que rinde culto a la juventud. Cuesta aceptar las arrugas, la lentitud o las limitaciones, pero sobre todo cuesta reconocer la autoridad de quienes han vivido mucho más que nosotros. Bastante sufre ya la dignidad de una persona con la pérdida de la propia autonomía como para que encima te vengan tratando como a un crío.

 

Me pregunto por qué el día de las personas mayores no hace tanto ruido mediático como otras celebraciones. Por qué las campañas contra el edadismo tienen tan poca repercusión. Por qué esta sociedad, cada vez más longeva, no valora la experiencia, la memoria y el sentido común que pueden aportar.

 

Quizá la tercera edad no necesita tantos consejos, sino que se la mire con respeto, que se escuchen sus historias, aunque se repitan a menudo, que entendamos que nuestros padres no han dejado de saber vivir porque hayan cumplido años y que cuidar de ellos no significa decidir por ellos.

 

Y si después de toda una vida quieren comerse un huevo frito con chorizo, un helado de cucurucho y mandarnos a los hijos a freír churros, tal vez lo más sensato sea sonreír, sentarnos a su lado y escuchar lo que tienen que decirnos.

 

Asun Perruca. Maestra y escritora.

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