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Lidia Casado

Leí “La cena” un verano. Hace ahora tres años. Y todavía no se me ha ido de la cabeza.

Después lo volví a leer. Un invierno. Con mis compañeras del club de lectura. Y no solo me volvió a gustar y a impactar, sino que le saqué aún más jugo.

Porque “La cena”, de Herman Koch no es un libro como los demás. Es una novela dura y mentirosa (ahora explicaré por qué) que te presenta unos hechos que horrorizarían a cualquiera y que te interpela directamente sobre cómo eres tú como padre o como madre; qué harías tú si te vieras en la misma situación que la pareja protagonista.

Digo que es una novela mentirosa… y, en realidad, no es así. Simplemente, está contada desde el punto de vista de Paul, el narrador. O sea, como siempre que alguien nos cuenta su historia, que nos la narra tal y como la ha vivido, con el sesgo con el que la subjetividad filtra siempre la realidad. Solo que su punto de vista no es… digamos el habitual, el común. O, al menos, no el políticamente correcto. O tal vez sí, de ahí la pregunta que te hacía antes: ¿qué hubieras hecho tú en su lugar?

No te voy a contar nada sobre el fondo de la obra porque me encantaría que vivieras la experiencia de lectura tal y como la ha diseñado Koch. El autor plantea la estructura de la novela como si de una cena real se tratara, con sus entrantes, su primer plato, su plato fuerte y sus postres. Lo cual quiere decir que el interés (y la intensidad) de lo que se va contando crece a medida que vas leyendo, de modo que de ser “una novelita sobre temas triviales” pasa a convertirse en un novelón sobre una cuestión profunda, delicada y que sacude conciencias.

Te animo a leerla, si no lo has hecho ya. Y a que me cuentes qué te parece.

Nos seguimos leyendo.

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