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Antonio Marco

Hace apenas quince días asistíamos en directo gracias a la televisión a un espectáculo antidemocrático deplorable que ni en los peores momentos de nocturna inquietud onírica hubiéramos podido imaginar. Una turba multitudinaria, varios miles de ciudadano americanos enfurecidos, asaltaba el Congreso de los EEUU y penetraba de forma violenta en “el templo de la democracia americana”, en expresión retórica. Para mayor escándalo y sobresalto, esa turba era agitada y empujada por su “líder carismático” Donald Trump, el Presidente del primer país democrático de la era moderna. Un presidente que acumula en sus cuatro años de mandato miles de mentiras y noticias falsas, fake news en su lengua, y centenares de decisiones que evidencian una práctica política autoritaria y poco respetuosa con los derechos democráticos de los ciudadanos y de otros países.

Lo que ocurre en EEUU tiene importancia en todo el mundo. He leído y escuchado estos días decenas de voces advirtiendo que la democracia es una institución no consolidada que necesita ser defendida. Estoy absolutamente de acuerdo. El episodio americano así lo pone de manifiesto. Desde el principio de su existencia, la democracia nunca estuvo consolidada. Como tantas otras cosas importantes, la inventaron los antiguos griegos “como gobierno del pueblo” y mejor manera de solucionar los problemas de los grupos humanos que viven juntos formando una unidad política. Se implantó muy tarde, a finales del siglo VI a.C, sólo en Atenas y duró poco más de siglo y medio. Ya entonces la “democrática Atenas” fue vencida por la monarquía militarista de Esparta y ochenta años después los macedonios Filipo y su hijo Alejandro implantaron una monarquía casi universal. Desde entonces hasta 1787, durante dos mil años, sólo existieron monarquías. Fue precisamente la Constitución Americana de 1787 la primera que implanta un sistema de gobierno democrático y la Revolución Francesa de 1789 la que acaba con el llamado “Antiguo Régimen” aristocrático. Ahora bien, esto no supuso su consolidación incuestionable. La Revolución Francesa acabó muy pronto con el golpe de estado de Napoléon, que se hizo coronar emperador. Pero la semilla de los griegos atenienses, replantada por los pensadores modernos y la Revolución Francesa, no dejaría de germinar. Cuando ya a finales del siglo XIX y en el XX parecía extenderse imparable, todavía tuvo que superar dos momentos muy próximos ya a nosotros de especial gravedad y dolor para millones de seres humanos: tuvo que sobreponerse a los fascismos y comunismos.

Así que la “democracia” nunca estuvo consolidada y siempre hay que defenderla. Pero esta es una tarea especialmente compleja y difícil. En primer lugar, hay que poner de manifiesto que el sistema democrático de gobernar no está generalizado en todo el planeta, ni mucho menos. Son muchas todavía las dictaduras y los sistema autocráticos y son muchos también los países que, bajo una apariencia de sistema democrático, en realidad son dictaduras para sus ciudadanos. Pero es especialmente preocupante que, incluso en países donde parece consolidada, exista el peligro de la involución o marcha atrás. Lo ocurrido en el Capitolio americano es una prueba, como lo es el crecimiento importante de partidos y movimientos de ultraderecha en todos los países democráticos europeos en los últimos tiempos, que en el fondo pretenden destruirla desde dentro utilizando el propio sistema.

Propondré tan solo dos o tres reflexiones al respecto mientras observo en la televisión la ceremonia de toma de posesión del nuevo Presidente, Joe Biden, en un escenario vacío en el que no hay ciudadanos invitados, apenas mil quinientos de 150 millones de votantes, tan solo miles de banderas y más de veinticinco mil soldados para garantizar el orden y la seguridad. La imagen es decepcionante y aterradora.

Son elementos constitutivos y esenciales en toda democracia auténtica la libertad, la igualdad ante la ley o isonomía, llamada así con un término griego apropiado, y la participación directa o indirecta de los propios ciudadanos en la elección de los gobernantes y en la definición de las políticas y acciones de gobierno

La “libertad” debe implicar no sólo no depender físicamente de otro ser humano, pudiendo moverse hacia cualquier lugar para hacer cualquier cosa. Significa también poder pensar y expresarse sin coerción por parte de nadie, lo que implica también no depender económica ni de ninguna otra manera de quien pueda impedir o limitar lo que hemos definido como derechos humanos y constitucionales. Formalmente esto ocurre así en las democracias occidentales como la nuestra. Pero, ¿se pueden sentir realmente libres los ciudadanos atemorizados por un neoliberalismo y unos instrumentos financieros globalizados inhumanos que todo lo han reducido a economía y que solo buscan el lucro a cualquier precio? ¿Se sentirán realmente libres incluso los diputados y gobernantes elegidos democráticamente en un contexto como el de la Unión Europea en el que tanta importancia tiene la presión omnipresente de esa economía neoliberal? ¿Se sienten realmente libres de toda presión ideológica ciudadanos bombardeados y agobiados por los medios de comunicación de todo tipo y propiedad, ahora cada día más importantes las redes sociales, en los que la mentira consciente e interesada multiplicada ad infinitum por robots, las fake news, sólo pueden ser diferenciadas de la verdad por ciudadanos críticos bien formados y educados, que con frecuencia no tuvieron acceso a esa educación? Cualquiera que sea la respuesta, estos son peligros para la implantación de la democracia y su consolidación

Cuestiones parecidas podríamos plantearnos respecto de la “igualdad”, que individuos siempre vigilantes y dispuestos a limitar, nos advierten de no confundirla con el “igualitarismo”, concepto difícil de entender y diferenciar. Limitémonos a la isonomía o igualdad ante la ley. ¿Se pueden sentir realmente iguales ante la ley todos los ciudadanos cuando observan el funcionamiento de los poderes judiciales? ¿Se sentirán iguales los ciudadanos cuando observan cómo con frecuencia es determinante el estatus económico en la resolución de sus problemas?, ¿cuando conocen un día sí y otro también vergonzosos casos de corrupción de quienes como políticos profesionales o funcionarios traicionan la confianza que en su momento se les dio? ¿Se pueden sentir iguales ciudadanos a quienes se les concede una igualdad de derechos formal que nunca alcanza a ser real? ¿ciudadanos con derechos fundamentales como el de la educación, cuyo éxito en realidad depende muchas veces de la economía de sus padres y no de una verdadera igualdad de oportunidades? ¿o con derecho a una vivienda digna, expoliados durante toda su vida en gran parte de su salario por unos precios inhumanos, propios, claro está, del neoliberalismo inhumano? ¿o ciudadanos con derecho a un trabajo digno sufriendo un paro irresoluto o unas condiciones laborales a veces abusivas y sin una intervención gubernamental que les permita al menos mantener la esperanza en un futuro mejor? Nuestros derechos como españoles y como europeos están definidos en nuestras leyes y normas. La mejor manera de profundizar y consolidar nuestra democracia es mejorar constantemente el cumplimiento real de esos derechos

En cuanto a la “participación”, aceptaremos sin más profundización que democracia significa “gobierno del pueblo”, que participa de forma directa o indirecta en la elección de sus gobernantes y en la definición de las políticas de gobierno. Pero ¿puede limitarse esa participación a la elección cada cuatro años de representantes en los parlamentos, que parecen recoger su acta de diputado como un cheque en blanco del que ni siquiera dar cuenta periódicamente? ¿Pueden sentirse identificados los ciudadanos con Partidos endogámicos y lejanos ensimismados en sus solos intereses de pervivencia? ¿Pueden los ciudadanos identificarse con políticos cuya principal labor, si no la única, es oponerse, menoscabar y destruir, si es posible, el trabajo de los adversarios que gobiernan sin mostrar capacidad alguna de acordar las soluciones? ¿Pueden sentirse satisfechos con representantes que lejos de solucionar los problemas propios de una sociedad compleja, alimentan el odio de unos contra otros planteando acciones secesionistas cuyo único fin es la destrucción de una unidad política duradera?

No es una visión especialmente negativa la que presento. Todo lo contrario. Quienes como yo nacimos en una dictadura y en ella pasamos nuestra juventud, sabemos muy bien lo que es un sistema democrático, estamos orgullosos de lo que hemos conseguido en España en los años de libertad y orgullosos de nuestro sistema de gobierno y de su funcionamiento, aceptable a pesar de sus fallos, pero por tanto perfectible. Pero la democracia hay que ampliarla, mejorarla, profundizarla día a día. No se me ocurre mejor manera de consolidarla y protegerla del asalto de turbas agitadas y desinformadas que ejercerla.

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