• Autor de la entrada:
  • Categoría de la entrada:Opinión

Antonio Marco

No son estos los mejores tiempos para la Filología, como ya he comentado en alguno de mis artículos anteriores, acogotada entre una Economía omnipresente y una Ciencia y Técnica presuntamente más útiles por cuanto también presuntamente contribuyen siempre al bienestar de la Humanidad.

Pero la Filología, que también es una ciencia, nos es muy necesaria, no en vano la palabra significa “amor al logos, a la palabra, al lenguaje”, a lo que nos hace verdaderamente humanos y distintos de otros muchos seres, incluso con los que compartimos un elevadísimo tanto por ciento de nuestro genoma.

Una prueba de esta utilidad de la filología es la obra, ya clásica, de Victor Klemperer LTI.Notizbuch eines Philologen (Apuntes de un Filólogo), editada por primera vez en 1947 y en España, en Barcelona, en 2001, y reeditada diez veces más hasta 2021 con el título más explícito LTI. La lengua del Tercer Reich. Apuntes de un filólogo. LTI es la sigla o acrónimo latino de Lingua Tertii Imperii (La lengua del Tercer Imperio (Reich)). He aprovechado las largas tardes otoño-invernales de finales del año para leerla, atraído en principio por su título en Latín.

Klemperer era un judío, catedrático de Romanística (Filología Francesa especialmente) en la Universidad de Dresde en la Alemania nazi. Fue desposeído de su cátedra, se le requisaron, es decir, robaron oficialmente, todos sus libros, se le prohibió el acceso a cualquier biblioteca pública y la posesión y lectura de cualquier obra que no fuera judía para judíos, crueldad terrible para un filólogo. Solo el hecho de que estuviera casado con una muchacha “aria” le libro de la deportación a un campo de exterminio. Con sus recuerdos, experiencias y lecturas de todo lo que caía en sus manos escribió unos diarios, de los que luego extrajo la obra que nos ocupa.

En esta, LTI (Lingua Tertii Imperii), hace un estudio espeluznante del pobre lenguaje del nazismo y su generalización a toda la sociedad alemana, desde el tono agresivo y chillón de los discursos del Führer, el líder, el conductor (al desastre como se demostró en unos años), a los contenidos (el nacionalismo germánico, la xenofobia especialmente el antisemitismo u odio al judío) o la escenificación y parafernalia nacionalista, la generalización y apropiación de determinadas palabras en perjuicio de otras induciendo sibilinamente a la obediencia ciega y la ausencia de toda reflexión racional, el cambio de significado de muchas de ellas, por ejemplo hacer del “fanático” un héroe positivo de la causa, y la técnica propagandística bien expresada por el Ministro de la propaganda del III Reich, Göbbels, de repetir infinitamente una mentira hasta convertirla en verdad. Destaca también Klemperer la pobreza y escasez de un lenguaje primario y simple pero eficaz para el fin que pretende: obediencia ciega al líder mesiánico defensor de la pureza germánica frente al resto de los humanos y limitación de toda capacidad reflexiva.

En el libro encontramos también abundante información terrorífica de lo que supuso el antisemitismo, el odio al judío, como por ejemplo, cuando comenta cómo el nazismo sobrevalora y utiliza la palabra “organización” creando todo tipo de ellas como, por ejemplo, Un mundo felino alemán, haciendo compatible el amor y defensa de los animales con el odio al judío. Estas sociedades defensoras de los animales rechazan los animales domésticos (perros, gatos, hasta canarios) de los hogares judíos y se los arrebatan para matarlos, porque en su convivencia con los semitas habían “olvidado la pureza de su especie”. Es difícil de imaginar y comprender tales excesos de irracionalidad y patología.

Nos descubre también cómo utilizan términos propios de la técnica y mecánica de las cosas para referirse a acciones y comportamientos humanos a los que se degrada y cosifica, etc. etc. Todo el libro es enormemente interesante, aunque algunas veces resulte un tanto difícil de entender. Sin duda lo más hiriente y desalentador del libro es ver cómo penetra este lenguaje en todas las capas del pueblo alemán, desde el ciudadano inculto al mejor formado, cómo asumen todos, incluso muchas de las víctimas, la simplona terminología y fraseología nazi y en consecuencia su mensaje nacionalista y xenófobo, que llevaron hasta las últimas consecuencias, la llamada “solución final” o plan de exterminio de los judíos y otras razas impuras.

De todo esto se han escrito millones de páginas y no son desde luego las menos valiosas las de Victor Klemperer, antes al contrario, altamente interesantes por la novedad del enfoque.

La situación de España hoy en día no es ni remotamente comparable con aquellos años terribles que estudia Klemperer. Hoy nuestro país es una democracia moderna con instituciones, parlamento y partidos democráticos, pero estos partidos políticos utilizan un lenguaje propio característico cuyo estudio filológico, a la manera del de Klemperer, sería muy útil para conocerlos en profundidad. Estudios de este tipo nos son hoy también necesarios en España para defendernos nosotros mismos del lenguaje tóxico y nocivo de algunos partidos políticos, evidenciado escandalosamente en el Congreso de los Diputados: lenguaje agresivo, falsificador, generador de violencia, excluyente, también xenófobo e insultante. Me refiero, sobre todo a los grupos de ultraderecha y derecha radical, sin que falten ejemplos de la ultraizquierda y sobre todo muy numerosos los de los nacionalismos periféricos, especialmente el catalán.

En estos días de final de un año, nefasto en muchos sentidos, suelen los medios de comunicación y los sociólogos en general hacer balance. Son muchos los que se han referido en sus valoraciones a estos discursos indignos e impropios de un parlamento democrático de un país democrático y a las formas barriobajeras con que se lanzan al adversario (eso no me lo dices en la calle…). A poco que espiguemos en ellos encontraremos términos y su uso dignos del estudio de un Klemperer renacido, muchos de ellos exagerados y deformados sin límite, dirigidos a las vísceras de los oyentes afines y no a su intelecto, para provocar el odio del adversario que ya es un enemigo a batir, otros apropiados en exclusiva y negados incluso en la más mínima cantidad al adversario político. La exageración hasta el ridículo intelectual, que quien lo hace no suele sentir, es una de las características de este lenguaje. Así hacen una apropiación y uso continuo, simplista, exagerado y deformado de términos como patria, bandera, España, traición, cobardía, valentía, lealtad, mentira, indigno, inmoral, enemigo, ilegítimo, ilegal, indecente, separatistas, cínico, mafioso, terrorista, dolor, ruina, división, igualdad, inmigración… Continuamente utilizan también expresiones simples, huyendo de toda complejidad intelectual: España dividida, derrotada y sometida, España unida y próspera, extrema necesidad, corrección política asfixiante, defensa de la familia, defensa de la vida, España viva, libre y valiente, traición al Rey, traición a la soberanía nacional, traición a la patria, gobierno mafioso, restricción de derechos, ataque a nuestras instituciones, horizonte de libertad, justicia y respeto por los valores y tradiciones, identidad nacional, consenso partitocrático, régimen del 78, desvertebración territorial, gobierno socialcomunista, narcobolivariano, etc. etc. etc. Todo exagerado y simple. Parece como si todo lo interpretaran en el contexto de una frase primaria y global, dirigida al sentimiento del pueblo: “los socialistas son nuestra desgracia”, que recuerda demasiado a la infame alemana “Die Juden sind unser Unglück– Los judíos son nuestra desgracia”. Pero estos socialistas de aquí y ahora en realidad no son sino socialdemócratas similares a todos los existentes por millones en todos los países, en los más cercanos de la Unión Europea y en los de todo el mundo, en muchos de ellos gobernando o habiendo gobernado a millones de ciudadanos y sus políticas no son sino las más igualitarias y benéficas para la mayoría de los ciudadanos, a pesar de los numerosos problemas concretos que se puedan producir.

Por si fuera insuficiente el ruido y el eco del Parlamento, al que desprecian en el fondo y en la forma, como muestran numerosísimos altercados de más o menos intensidad, hacen un eficaz uso de las redes sociales, ayudados de muchos ciudadanos beligerantes y de numerosos trolls (provocadores) y bots (robots) replicadores mecánicos.

Ahí queda la tarea, que los filólogos pueden también hoy estudiar desde su perspectiva para hacer visible a los ciudadanos el peligro y la mentira de este lenguaje pobre, repetitivo y agresivo. Mientras tanto, permítaseme un pequeño consejo: apliquemos en la medida que podamos nuestro libre pensamiento y razón para valorar, enjuiciar, aceptar o rechazar los infinitos mensajes que por mil caminos nos llegan; muchos de ellos no son más que veneno interesado para impedir la convivencia y la hermandad o fraternidad entre los hombres.

Compartir en Redes sociales