Floren Alfaro Simarro. Trabajador social

Son muchas veces las que nos quejamos, con razón, de cómo se ningunea o se invisibiliza nuestra acción como trabajadores sociales.

Numerosos profesionales verbalizan el hastío de tener que estar constantemente explicando lo que hacemos, cómo lo hacemos, con quién o para qué desarrollamos nuestra acción.

Si se trata de servicios sociales de atención primaria, hemos de hacerlo al equipo gobernante cada vez que se renuevan a los 4 años y en algunas ocasiones durante los cuatro años.

Al Colegio de Trabajo Social llegan a veces quejas de trabajadoras sociales de algunos ayuntamientos que nos relatan como cuando alguna de sus prestaciones no ha funcionado como es debido, el equipo de gobierno se cuestiona esa prestación e incluso al profesional que la desarrolla, algo que nunca ocurriría con otras figuras profesionales de ese ayuntamiento.

Si es una entidad privada, ONG, etc., cuesta hacer entender a quienes toman las decisiones la importancia de que haya una unidad de trabajo social en la misma.

La administración pública a veces no deja de darnos reveses. Sirvan dos ejemplos, la laxitud en exigir la colegiación a sus funcionarios, cosa que en otras profesiones ni lo dudarían. O en casos como la reciente decisión de la Consejería de Sanidad de Castilla-La Mancha de dejarnos fuera de la Comisión de Garantía y Evaluación prevista en la Ley 3/2021, de 24 de marzo, de regulación de la eutanasia, cuando muchas otras comunidades autónomas si han incluido al trabajo social.

Ni que decir tiene la imagen que de nosotras y nosotros a veces se proyecta en redes sociales, o en conversaciones “al fresco” donde se nos pinta como simples gestores de ayudas dirigidas siempre a… (Ponga aquí un colectivo que sirva como cabeza de turco)

Podría seguir y seguir con más ejemplos, pero no se trata de victimizarnos, sino de buscar soluciones.

Es evidente que hay factores externos y poderosos que influyen en esta situación, pero hay otras cosas de las que adolecemos, de las que somos las y los únicos culpables. Me estoy refiriendo a lo poco que escribimos, y a lo poco que comunicamos, que damos a conocer las cosas que hacemos.

Hay profesiones que como en el parchís “se comen una y se cuentan veinte”, que están siempre en el candelero, y que, ante cualquier suceso, evento, siempre son reclamadas para dar su opinión. Y luego estamos profesiones que, bajo mi punto de vista, hacemos veinte y nos contamos una o ninguna, y siento decirlo, pero aquí sitúo al trabajo social.

Aunque la tendencia está cambiando, por lo general escribimos muy poco sobre lo que hacemos, ya sea en forma de artículos en revistas especializadas, o de formas más amplias, menos técnicas, dirigidas a la ciudadanía en general. Y casi siempre mostramos muy poco lo que desarrollamos.

Tenemos las redes sociales a nuestra disposición, Facebook, Twitter, Telegram, YouTube, Instagram, Twitch, TikTok, etc. Diferentes formatos, cada uno con su público diana, donde exponer aquello que llevamos a cabo. Son muy pocas las áreas y zonas de servicios sociales, Pras o planes concertados de servicios sociales de nuestra tierra, por poner un ejemplo, que disponen de algún espacio en estas redes con las que llegar a la ciudadanía. Les privan de conocer la ingente labor que se realiza.

¿Cómo pretendemos que prestaciones de desarrollo comunitario, tan necesarias siempre, tengan un efecto multiplicador si a veces se realizan como si de un plan secreto se tratase? Hay que exponerlo, explicar los objetivos, hablar de lo conseguido y enviar un mensaje potente de lo importante que es la participación.

Esto mismo lo podríamos trasladar a otros ámbitos fuera de lo local y fuera de la administración pública.

En definitiva, mostremos, comuniquemos, expliquemos, opinemos. Hay muchos factores que a veces invisibilizan al trabajo social, pero al menos en aquello que podamos remediar, seamos proactivos.

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