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Lidia Casado

No se me olvida que yo he venido aquí a hablar de libros y que te había prometido recomendarte lecturas interesantes. O, al menos, lecturas que a mí me han resultado sugerentes, por los motivos que sean. Soy una mujer de palabra y aquí estoy, cumpliendo.

La novela de la que te voy a hablar hoy tampoco es fácil de digerir (prometo –aquí estoy de nuevo, comprometiéndome a futuro contigo- que el próximo libro que te recomiende será más llevadero) pero trata de un tema que creo necesario visibilizar: la violencia intrafamiliar.

La protagonista de “La vida verdadera”, de Adeline Dieudonné, nos cuenta en primera persona su lúgubre vida en una urbanización a la que llaman Demo y que es tan gris como esa casa en la que vive y en la que, según nos cuenta nada más empezar, hay cuatro habitaciones: la de sus padres, la suya, la de su hermano y la de los cadáveres. Como comprenderás, con un comienzo así… todo puede ir a peor.

La historia transmite muy bien esa sensación de miedo, de desasosiego, de alerta constante que sienten quienes conviven diariamente con la violencia (verbal o física). Es verdad que hay muchas veces en las que la narración de esa violencia es sutil, casi tan inocente como la protagonista (que, al final y al cabo, solo tiene once años al comienzo del relato). Pero no te confíes porque hay escenas feroces; muy, muy, muy impactantes. Cuando llegues al capítulo de la caza, acuérdate de mí. O mejor, no; no te acuerdes. Porque si lo haces, a lo mejor no vuelves a leer esta columna jamás.

“La vida verdadera” es una novela dura, durísima. Una novela que avanza con una aparente tranquilidad pero en la que se respira la tensión, el dolor y el miedo. Una obra llena de brutalidad y de ternura, de desasosiego y de inocencia, de infancia y de inmadurez. Y lo peor es que, ciertamente, habla de la vida verdadera de quienes pasan por situaciones así.

Nos seguimos leyendo.

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