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Nacho Redondo

Resulta que a veces tenemos que volver a empezar porque perdemos de vista el significado o el propósito. Es en estas situaciones cuando todo se vuelve gris y perdemos la perspectiva del regalo que es la vida.

Las razones para estos cambios pueden ser múltiples. Las situaciones de pérdida, la existencia de relaciones emocionales distintas o la formulación de quejas continuas y de forma agresiva pueden destrozar relaciones en los seres humanos. Si además le unimos la falta de motivación para continuar con “lo de siempre” puede hacer que haya que decidir volver a empezar.

El aburrimiento suele ser una de las causas más comunes de pérdida de propósito. Piensa cuántas veces has deseado cambiar de trabajo porque el que realizas ya no te llena. Piensa cuantas veces has pensado en dejar de hacer algo a lo que estabas acostumbrado porque has perdido interés. Cuando se pierde de vista el sentido resulta que hay que vaciarse del todo para poder volver a empezar.

Para el aburrimiento no hay nada como volver a conectar con la parte más interna de cada uno y obtener otra perspectiva de lo que está sucediendo, así para algunos puede ser reencontrarse con la naturaleza, dar un paseo alrededor de la manzana, conducir, hacer deporte o tomarse un buen vino con una buena conversación. Todo vale para recuperar el propósito.

En definitiva, el propósito es aquello por lo que nos movemos, es el objetivo. Cuando sabemos cuál es el propósito por el que nos movemos entendemos el por qué de las cosas. Cuando entendemos el propósito es cuando podemos vivir en esa meta tan ansiada por todos, o que debería serlo, que es alcanzar la felicidad.

Muy relacionado con el propósito encontramos las expectativas, mejor dicho, el nivel de expectativas. Así las personas con alto nivel de expectativas tienen la capacidad de motivarse así mismos y son capaces de encontrar la forma de alcanzar los objetivos propuestos, aún atravesando momentos convulsos, a la vez de ser lo suficientemente flexibles para adaptarse a cualquier situación.

Al hablar de expectativas no me queda más remedio de aclarar que debemos hacerlo desde una perspectiva propia, sin tener en cuenta nada ni a nadie más. Lo digo porque es común pensar en que los demás cumplen o no con mis expectativas. Y como dice una muy buena amiga mía, “aquí no estamos para cumplir las expectativas de nadie, salvo las propias”.

Cuando tenemos claros los conceptos de expectativas y propósito encontramos que no nos rendimos a las dificultades y contratiempos, ni siquiera a situaciones que no habíamos imaginado que podían desembocar en desavenencias, distanciamiento o separación.

Una expectativa grande porque las cosas puedan ir bien a pesar de las desilusiones y contratiempos se convierte en una actitud positiva para afrontar los acontecimientos ya sea en forma de éxitos como de fracasos. Al fin y al cabo, estos dos conceptos pueden tomarse de manera totalmente subjetiva. Esta actitud positiva se denomina optimismo.

Desde la óptica del optimismo los fracasos deben de servirnos para aprender y para cambiar aquellas cosas que son susceptibles de modificar. Optimismo es mirar hacia atrás sin renegar de nada, es sentirse orgulloso de ese pasado y de saber que se pueden hacer las cosas de otra manera. Es reconocer las equivocaciones con afán transformador.

Cascadas de emociones y sentimientos por lo que hemos vivido nos inundan y se hace necesario escuchar para poder renovar. Las cosas cambian y no podemos mantener una lucha constante para que perdure aquello que ya es inevitable que no lo sea.

Dedica tiempo a buscar aquello que te trae armonía, crecimiento y paz. Deja de alimentar los miedos e inseguridades y afronta el presente con ilusión sin renegar del pasado. Es hora de hacer silencios, de parar para poder elegir y de observar aquello que te llena. Explora, crece y obtén nuevos conocimientos y oportunidades.

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