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Lidia Casado

Tengo la costumbre de dedicar los viernes a preguntar en los stories de mi cuenta de Instagram. Así resuelvo algunas de las inquietudes literarias que me van surgiendo y, en ocasiones, hasta se me ocurren ideas para esta columna.

Hace unos días, pregunté sobre qué es lo que más recuerdas de un libro al cabo del tiempo. Si son los personajes los que se quedan contigo, las historias y tramas, la forma en la que está contado, la ambientación o los temas y reflexiones que proponía.

Es un estudio totalmente casero, pero me parece que sus resultados podrían acercarse bastante a lo que obtendría si hiciera una encuesta formal con todos sus requisitos.

¿Qué dirías que es lo que más se recuerda de un libro? O, llevándolo a lo personal, ¿qué recuerdas tú, pasados meses o incluso años, de las novelas que has leído?

Efectivamente, casi un 60% de quienes participaron en la encuesta respondieron que recuerdan a los personajes. Algo más del 30% aseguró recordar la historia o las tramas.

Los temas de reflexión fueron recordados por un 7% y nadie señaló acordarse de la ambientación.

Me esperaba ese resultado. No en vano, dedico una gran parte del tiempo del taller de escritura que suelo impartir en la Biblioteca de Azuqueca de Henares a hablar de cómo configurar bien los personajes, cómo construir su arco dramático, cómo dibujar su personalidad y (algo muy importante para mí) cómo componer su voz.

Los personajes son el factor humano de la literatura, lo que la humaniza y la lleva a pie de calle; los elementos con los que nos identificamos y que nos harán sentir y vivir sus propias peripecias. Aunque, en el fondo, no son más que un montón de palabras juntas, los percibimos como iguales, como seres modélicos o, al contrario, como entes a los que juzgar y odiar. Los sentimos como personas y, por eso, despiertan nuestra empatía.

Incluso, nuestra simpatía. En algunos casos, hasta nuestro amor. Admiramos sus cualidades y se convierten en auténticos referentes a los que imitar… o de cuyo ejemplo nos alejamos.

Son, en definitiva, como nosotros mismos: con luces y sombras, defectos y virtudes, vivencias y aprendizajes. Quizá, por eso, nos gusta conocerlos y se quedan en nuestro recuerdo.

Nos seguimos leyendo.

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