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Lidia Casado

Justo la semana pasada te hablaba de la Literatura Infantil y Juvenil (conocida como LIJ, de ahí el título de esta columna) y hoy quiero recoger el guante de un debate que se ha producido en Twitter en las últimas semanas acerca de este tipo de libros.

Parece que pesa un cierto desprestigio sobre esta literatura, considerada, incluso, en ocasiones como subliteratura. Pero nada más lejos de la realidad. Entre sus obras y sus autores hay auténticas joyas. Y, contra lo que pudiera pensarse (o lo que piensan algunos escritores consagrados, de “novelas serias” para adultos, claro) no se escribe en media horita.

Al hilo del debate en redes, han surgido cuestiones que creo muy, muy interesante poner sobre el papel. Por ejemplo, el rol que le damos a nuestros niños y jóvenes. Parece que son un adulto en proceso, que esas edades no conforman un grupo social en sí, sino algo en transformación, que hay que tratar (y educar) como futuribles, no como lo que son. Y sí, es cierto que los niños son el futuro. Pero no es menos cierto que son niños y, como tal, necesitan ocio (libros, películas, juegos…) que sea de su agrado, les entretenga y, tal vez, también les enseñe… pero siempre desde las necesidades específicas que esas edades demandan.

Por otra parte, como decía, hay un cierto desprecio por los libros infantiles. Como si el Pirata Garrapata o Manolito Gafotas fueran el equipo de segunda división (o de regional preferente) de Don Quijote y la Celestina. Y olvidamos que, cuando hablamos de las lecturas de nuestra infancia, no solo hemos de tener en cuenta la calidad literaria (y hay mucha en numerosísimos autores), sino también la capacidad para emocionar y transmitir vivencias que puedan servir de espejo al lector. Los libros que leímos de niños (los BUENOS libros que leímos de niños) nos acompañan durante toda la vida. Y si no, cuéntame: ¿recuerdas a Los Cinco, al Pirata Garrapata, a Celia, a Matilda, a Charlie el de la fábrica de chocolate, a Veva, a Fray Perico, a Coleta la Poeta…? En mi caso, todos ellos viajan en mi corazón y me acuerdo muy a menudo de algunas de sus aventuras. Su legado va más allá de las pocas horas que tardé en leer las obras que protagonizan. Su herencia me ha acompañado en todos los años posteriores. Por eso la LIJ debe tener calidad y emoción. Por eso debe ser considerada (por autores, editores, críticos y lectores) una literatura de altura. Porque su huella queda en nosotros para siempre.

Nos seguimos leyendo.

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