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Nacho Redondo

El pasado lunes salí de viaje en tren y lo convertí en una experiencia, como con casi todas las cosas que hago en mi vida. En todas ellas me dedico a observar con atención lo que pasa a mi alrededor con el propósito de aprender lo más posible de todo, ya que la vida en sí misma y las personas que habitamos en el mundo, son una fuente infinita.

Así las cosas, llegué a la estación de Chamartín de la mano de un gran amigo que se prestó a llevarme. Una vez allí empecé a observar a las personas. Era como un gran plato de televisión donde cada uno estaba interpretando su parte y se movían hacia distintos lados sin aparente orden. Pero el orden, como si de una película se tratase, estaba previamente establecido por el objetivo de cada uno, aunque en la interpretación individual había un montón de dudas.

El caso que hasta entrar en la estación cada persona lo hacía desde distintos lados, despidiéndose de sus acompañantes, desde la parada de taxi o, como en mi caso, desde la zona de dejar a los viajeros. Pero al entrar en ese gran apeadero la película entra en una acción distinta y los actores empiezan a interpretar su papel. Por descontado decir que yo también tenía asignado el mío.

Lo primero que hice al entrar fue hacer lo mismo que el resto, mirar hacia la gran pantalla que tenía enfrente, pero sin encontrar mi destino en la misma. Por eso busqué el sistema que nunca falla y es comprobar hacia dónde va la mayor parte de la gente y, siguiéndoles, encontré a una persona de esas que llevan un chaleco amarillo y le pregunté sobre los destinos de larga distancia, a lo que me indicó la entrada del control de equipajes y las horas a las que podía acceder al tren.

Empecé mi recorrido por las cintas que a modo de laberinto nos acercan hacia las máquinas que han de escanear nuestras maletas. Allí cada uno va pensando en sus cosas: los ejecutivos atendiendo llamadas de última hora, las familias atendiendo a los hijos para que no se despisten, los amigos que se quedan hablando y la fila no avanza o los que como yo vamos observando lo que sucede a nuestro alrededor. Según vamos avanzando aparece un señor por detrás que empieza a saltarse todo el orden que había establecido para, con prisa, avanzar puestos sin ni siquiera pedir permiso a las personas que allí estaban.

Ahí empecé a darle un poco más de vueltas a lo que da el título a este artículo y es ¿qué estaba pasando por la mente de aquel señor para colarse de esa forma tan descarada? ¿venía de un atasco? ¿se entretuvo en casa y no le dio tiempo suficiente para llegar a tiempo? ¿Se encontró con alguien que le preguntó por algo importante y se retrasó? ¿es una persona despistada y acostumbrada a llegar tarde y tiene integrado lo de colarse? Lo que me di cuenta es que seguramente los motivos por los que lo estaba haciendo solo él los conocía y el resto estaría forjándose una opinión desde su experiencia personal.

Cuando llegué a la zona para escanear mi maleta la dejé de forma instintiva porque nadie me dio ninguna instrucción ni había ningún cartel. Me di cuenta de que en cada puesto había dos personas y una se encargaba de mirar la pantalla para detectar objetos sospechosos y la otra se mantenía de pie por si tenía que actuar, supongo. Lo cierto es que mantenían una conversación dando por hecho que toda sabíamos lo que teníamos que hacer. Y así paso con la persona que tenía delante, un señor mayor que no sabía si tenía que dejar la maleta y una bolsa que tenía colgada. Y cuando pasó le dicen que tiene que poner también el bolso en el escáner.

Cuando dejamos esa zona me encuentro a un motón de gente mirando hacia el mismo lado pero que yo no adivinaba a descubrir de qué se trataba. En un momento dado toda la masa empezó a moverse hacia un lado. Y ahí descubrí que una parte miraba la asignación de vía y el resto lo hacía porque todos lo hacían, una forma de descubrir cómo actuar si no lo has hecho más veces. Ya en el tren ayudé a mi compañera de asiento, una señora de avanzada edad a colocar su maleta porque no podía y charlamos durante el viaje de muchas cosas. Tanto es así que hasta me quería invitar a comer uno de los sándwiches que llevaba.

Podría estar con este relato muchas horas, pero lo que pretendo es hacerte una llamada de atención sobre cómo nos comportamos con las personas que están a nuestro alrededor y que van tomando sus decisiones motivadas por sus experiencias que el resto no conocemos. A veces interpretamos sin saber, enjuiciamos sin datos y criticamos porque sí. La pregunta que me surge es si podemos cambiar algo en nosotros para no ir más allá de lo que realmente debemos y si esto mejoraría algo nuestro interior.

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