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Resu Lorenzo (*)

“Esta estrategia se va a tomar porque es mi decisión y punto”; “Quién esté en contra se puede ir” estas son algunas de las frases que, en más de una ocasión, se le puede escuchar a un jefe. Por alguna razón que desconozco, de un tiempo hacia acá muchos supervisores en empresas, especialmente en aquellas áreas donde el trabajo tiene que ser en tiempo real y a “presión” constante, adoptaron la ridícula creencia de que comportándose como cretinos sin empatía, sarcásticos, arrogantes, pedantes y orgullosos, creaban una imagen de “respeto” ante quienes los rodeaban, cuando en la vida real solo logran crear un caldo de cultivo de odio y desprecio por parte de sus empleados.

Desde que se estrenaron series como la famosa “Dr. House”, comencé a ver con preocupación cómo los personajes con escasas habilidades empáticas, comportamientos de total irrespeto hacia los demás e incluso, la provocación de daño emocional por comentarios hirientes, eran vistos con gracia como símbolo de “fortaleza”, “admiración” y “grandeza”. Esto claro, hasta que nos topamos con un personajillo así en la vida real, y ya sus “hazañas” no nos parecen tan divertidas.

Estoy convencida de que dentro de su pequeño mundo en realidad son personas tremendamente frágiles que se escudan en esa apariencia de “fortaleza” porque temen ser atacados, por ende, la agresividad es el único mecanismo de defensa que conocen. De igual forma, ante la carencia de inteligencia emocional, se ven incapaces de manejar la frustración al fracaso por sus propias decisiones y por ende, siempre recurren al camino fácil: culpar a quienes le rodean, aunque tal conclusión sea absolutamente absurda.

Sin embargo, a pesar de este aterrador diagnóstico, ellos siguen visualizándose a sí mismos como poseedores de la verdad absoluta, los que todo lo pueden, los que nunca fallan: por eso también he llamado esta patología como el “jefe con complejo de dios”. En una corporación donde esto suceda, el futuro es claro: fracasarán constantemente en cualquier meta que se planteen, los despidos o renuncias serán el pan de cada día, la frustración se sentirá a flor de piel, y, aunque no sea tomada en cuenta por ser una consecuencia a largo plazo, la mala reputación de la empresa irá creciendo como una avalancha de nieve hasta que termine de destruir lo que queda de la corporación. ¿Qué hacer si te encuentra con un superior así? Se preguntan muchos. La respuesta es sencilla: huye de allí.

(*) Economista-gestora adtiva. Co-fundadora de Parlorenzo

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