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Nacho Redondo

Vivimos en un mundo trepidante, con cambios importantes que nos dejan perplejos y que invitan a abandonar las relaciones humanas, pensando que nuestra historia es la historia más importante. Y nada más lejos de la realidad, todo el mundo tiene una historia que vale la pena oír.

Estamos rodeados de tecnología, de avances constantes y, sin embargo, estamos siendo poco condescendientes con la gente que nos rodea, restando importancia a los seres humanos, sin intentar comprender ni escuchar.

Hay que rendir más como persona para que el resto de las tareas que realizamos estén al nivel correspondiente, ya sea en el trabajo, ya sea en el deporte, ya sea en cualquier actividad. Hay que entrenar duro para fortalecer el interior y mantenerse en forma, además de entrenar también el exterior.

Se nos pasa el tiempo entre enfados y reproches y no nos paramos a analizar que lo vivido es más importante que cuando sentimos ira en un momento puntual. A veces las cosas pasan, quizás no pasan como quisiéramos que pasasen, pero pasan. Y deberíamos reflexionar conscientemente sobre todo lo que vivimos.

No necesitamos de la mayoría de las cosas en las que pensamos, tan solo es necesario que nos comprometamos con nosotros mismos y actuemos en consecuencia, lo demás llegará. Lo más importante es que podemos ser fuente de inspiración para otros.

El hecho de inspirar a los demás nos hará reconectar con nosotros mismos y nos devolverá parte de esa inspiración para convertir nuestras debilidades en fortalezas. Independientemente de quiénes seamos y de cómo seamos todos tenemos la capacidad de actuar de manera consciente para cambiar la parte que nos toca, solo tenemos que molestarnos en buscar la forma de hacerlo.

Deja que la curiosidad, el miedo o la frustración te invadan para poder enfrentarte a ellas. Mírate a los ojos y piensa como te sientes y también en lo que quieres hacer para ponerte en marcha. Crea nuevas oportunidades y haz que sean posible.

Mi hijo mayor escribió un cuento cuando tenía 12 años que me sirve de ejemplo a la hora de afrontar las relaciones y como inspiración para entenderlas, aunque pensemos que son complicadas:

Un día, al venir del colegio, en mi casa, mi madre me dijo:

-Vete a tirar la basura, por favor.

Yo como siempre le obedecí y fui a tirarla pero, para mi sorpresa, al abrir el cubo de la basura me encontré con un juguete en mal estado, y como me dio pena lo recogí a escondidas y me lo llevé a mi casa. Lo lavé, le metí algodón y lo cosí. Aún le faltaba algo, pero no sabía qué.

Me pasé noches despierto pensando, me lo llevé al cole para que mis amigos me dieran su opinión sobre qué le podía faltar, pero nadie sabía nada. Hasta que un día, en las noticias, vi que un artesano que arreglaba peluches dijo que con un poco de amor es como si le diese vida a los peluches y se me ocurrió la idea de llevar al peluche que me encontré en la basura al señor que los arreglaba. Cuando llegué me preguntó qué dónde lo había encontrado y yo respondí:

-En el cubo de la basura. He intentado arreglarlo todo lo posible.

El señor cogió el peluche y se encerró en una sala. A los 5 minutos salió y me dijo:

Vete y cuando te enfades con alguien coge el peluche y cuenta hasta 10.

Al siguiente día me enfadé con mi hermano Guillermo, cogí el peluche y conté hasta 10, y el muñeco cobró vida y me dijo:

-Por haberme arreglado y tener buen corazón te concederé 3 deseos.

Y pedí la igualdad en el mundo y los otros 2 se los dejé a mi hermano”.

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