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Antonio Marco

No es infrecuente que en tiempos de confusión y desasosiego sean muchas las personas que recurran al pensamiento estoico, generalmente en pequeñas dosis o máximas, como un calmante y lenitivo. Así ocurre en nuestros días, aunque lo aconsejable sea leer a los viejos pensadores con calma y profundidad. Marco Aurelio, emperador y filósofo estoico práctico, que no teórico, uno de los considerados “cinco buenos emperadores” romanos, hombre poderoso de extraordinaria magnanimidad y coherencia, se vio obligado a pasar parte de su vida, los últimos años sobre todo, lejos del lujo y comodidad de su rica residencia en Roma, para luchar, en contra de su pacifismo y humanidad, en la frontera del Danubio, en el centro de Europa, contra los germanos que amenazaban las fronteras del imperio. Durante las campañas de la década de los años 170 a 180, año este en que murió probablemente víctima de la conocida como “peste antonina”, recordada precisamente en nuestros tiempos de infección producida por el covid-19 como ejemplo de pandemia anterior , encontró tiempo para dejarnos unos pensamientos, unas reflexiones, unas meditaciones, escritas en griego, que desde entonces a nuestros días, no han dejado de ser útiles para todos los hombres, especialmente para los gobernantes. Su tono de serenidad, madurez y sinceridad con el que escribe sus reflexiones atrae y gana al lector desde el primer momento. Sólo pensar que el hombre más poderoso del mundo, frugal en la teoría y en la práctica, nos habla con total benevolencia, humanidad, sencillez y sinceridad en la soledad gélida de la frontera amenazada por los bárbaros, emociona a cualquier lector actual sin prejuicios, sobre todo a la vista de la soberbia, petulancia y mentira desvergonzada con las que se expresan e interactúan en estos tiempos con los ciudadanos actuales tanto “chiquilicuatre” cantamañanas como los que ocupan la vida política del momento. Lo único que se me ocurre, pues, es invitar encarecidamente a su lectura, que en general es fácilmente inteligible (a veces, las menos, necesita algún conocimiento del mundo antiguo). No obstante el consejo, reproduciré una larga cita que sirva de motivación para una lectura completa.

La obra está dividida en doce “libros”, que en el formato antiguo eran doce rollos o volúmenes generalmente de papiro, hasta que se fue imponiendo el formato actual de hojas sucesivas cosidas en un bloque que tanto éxito ha tenido hasta nuestros días. En el Libro I, probablemente el último en ser escrito, Marco Aurelio refleja los agradecimientos a sus familiares (su padre que murió cuando Marco tenía unos diez años, sus abuelos, su madre culta y piadosa, su hermano) y a sus profesores (a los que trata con sumo respeto y agradece sobre todo sus enseñanzas éticas; con alguno como Frontón mantuvo una rica correspondencia). Fue nombrado emperador porque fue adoptado por Antonio Pío (lleva su piedad y ecuanimidad en el nombre) como su sucesor en el gobierno. A instancias del poderoso emperador Adriano ya le habían designado futuro emperador a los 17 años, cuando ya era un adolescente sensible y reflexivo, al que el propio Adriano, jugando con su apellido familiar “Verus”, verdadero, le llamaba “Verissimus”, impresionado por las cualidades del adolescente. Marco admiraba sobre todos a su padre adoptivo, su antecesor, que además era tío político y suegro, por su ecuanimidad, por el dominio de sí mismo. Transcribiré ese reconocimiento, el más largo de los que hace, a pesar de su extensión, como anticipo de lo que una lectura sosegada de su obra puede ofrecernos, en la edición de Clásicos Gredos, de 1977, traducido por Ramón Bach Pellicer, con una interesante introducción del helenista Carlos García Gual.

“De mi padre [aprendí, recibí] la mansedumbre y la firmeza serena en las decisiones profundamente examinadas. El no vanagloriarse con los honores aparentes; el amor al trabajo y la perseverancia; el estar dispuesto a escuchar a los que podían hacer una contribución útil a la comunidad. El distribuir sin vacilaciones a cada uno según su mérito. La experiencia para distinguir cuándo es necesario un esfuerzo sin desmayo, y cuándo hay que relajarse. El saber poner fin a las relaciones amorosas con los adolescentes. La sociabilidad y el consentir a los amigos que no asistieran siempre a sus comidas y que no le acompañaran necesariamente en sus desplazamientos; antes bien, quienes le habían dejado momentáneamente por alguna necesidad le encontraban siempre igual. El examen minucioso en las deliberaciones y la tenacidad, sin eludir la indagación, satisfecho con las primeras impresiones. El celo por conservar los amigos, sin mostrar nunca disgusto ni loco apasionamiento. La autosuficiencia en todo y la serenidad. La previsión desde lejos y la regulación previa de los detalles más insignificantes sin escenas trágicas. La represión de las aclamaciones y de toda adulación dirigida a su persona. El velar constantemente por las necesidades del Imperio. La administración de los recursos públicos y la tolerancia ante la crítica en cualquiera de estas materias; ningún temor supersticioso respecto a los dioses ni disposición para captar el favor de los hombres mediante agasajos o lisonjas al pueblo; por el contrario, sobriedad en todo y firmeza, ausencia absoluta de gustos vulgares y de deseo innovador. El uso de los bienes que contribuyen a una vida fácil —y la Fortuna se los había deparado en abundancia—, sin orgullo y a la vez sin pretextos, de manera que los acogía con naturalidad, cuando los tenía, pero no sentía necesidad de ellos, cuando le faltaban. El hecho de que nadie hubiese podido tacharle de sofista, bufón o pedante; por el contrario, era tenido por hombre maduro, completo, inaccesible a la adulación, capaz de estar al frente de los asuntos propios y ajenos. Además, el aprecio por quienes filosofan de verdad, sin ofender a los demás ni dejarse tampoco embaucar por ellos; más todavía, su trato afable y buen humor, pero no en exceso. El cuidado moderado del propio cuerpo, no como quien ama la vida, ni con coquetería ni tampoco negligentemente, sino de manera que, gracias a su cuidado personal, en contadísimas ocasiones tuvo necesidad de asistencia médica, de fármacos o emplastos. Y especialmente, su complacencia, exenta de envidia, en los que poseían alguna facultad, por ejemplo, la facilidad de expresión, el conocimiento de la historia de las leyes, de las costumbres o de cualquier otra materia; su ahínco en ayudarles para que cada uno consiguiera los honores acordes a su peculiar excelencia; procediendo en todo según las tradiciones ancestrales, pero procurando no hacer ostentación ni siquiera de esto: de velar por dichas tradiciones. Además, no era propicio a desplazarse ni a agitarse fácilmente, sino que gustaba de permanecer en los mismos lugares y ocupaciones. E inmediatamente, después de los agudos dolores de cabeza, rejuvenecido y en plenas facultades, se entregaba a las tareas habituales. El no tener muchos secretos, sino muy pocos, excepcionalmente, y sólo sobre asuntos de Estado. Su sagacidad y mesura en la celebración de fiestas, en la construcción de obras públicas, en las asignaciones y en otras cosas semejantes, es propia de una persona que mira exclusivamente lo que debe hacerse, sin tener en cuenta la aprobación popular a las obras realizadas. Ni baños a destiempo, ni amor a la construcción de casas, ni preocupación por las comidas, ni por las telas, ni por el color de los vestidos, ni por el buen aspecto de sus servidores; el vestido que llevaba procedía de su casa de campo en Lorio, y la mayoría de sus enseres, de la que tenía en Lanuvio. ¡Cómo trató al recaudador de impuestos en Túsculo que le hacía reclamaciones! Y todo su carácter era así; no fue ni cruel, ni hosco, ni duro, de manera que jamás se habría podido decir de él: «Ya suda» (frase equivalente a la española “está a punto de explotar”), sino que, todo lo había calculado con exactitud, como si le sobrara tiempo, sin turbación, sin desorden, con firmeza, concertadamente. Y encajaría bien en él lo que se recuerda de Sócrates: que era capaz de abstenerse y disfrutar de aquellos bienes, cuya privación debilita a la mayor parte, mientras que su disfrute les hace abandonarse a ellos. Su vigor físico y su resistencia, y la sobriedad en ambos casos son propiedades de un hombre que tiene un alma equilibrada e invencible, como mostró durante la enfermedad que le llevó a la muerte.

”Esto es lo que aprendió de su padre adoptivo y practicó en su vida de gobernante el hombre más poderoso del orbe romano, el emperador Marco Aurelio.

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