Esther-Olvido Corral del Rey

“La primera vez lo pasé muy mal pero como él decía que me quería, yo seguí accediendo a ese tipo de relación sexual. Yo no sentía placer, al contrario, a veces me dolía y él quería hacer cosas que veía en vídeos porno. Pero un día tomé conciencia que eso no era amor y quise dejarlo. En ese momento me di cuenta que yo también me había vuelto una adicta al porno”.

“Si tú estás así normalito y te ponen un vídeo en el que están azotando a una pava pues eso es lo que te va a poner cachondo”. (Testimonios de adolescentes de 16 años extraídos del estudio de Save the Children de 2020 sobre la Salud y la Protección a la infancia).

En un mundo completamente tecnológico marcado todavía por la desigualdad, la violencia de género y en el que la educación afectivo-sexual no siempre está a la orden del día dentro del hogar y de las familias y de los centros educativos, internet se convierte en docente y consultorio sobre sexualidad y con él, la pornografía.

La gente joven y adolescente cada vez consume más pornografía. En una etapa en la que hay confusión, inseguridad, cambios corporales, emociones magnificadas y transformación de gustos, el acceso a internet y a todo tipo de vídeos e información se ha convertido en uno de los gestos más fáciles de nuestro día a día.

Cualquiera que disponga de un smartphone, y cada vez desde edades más tempranas, con un solo click puede acceder a material pornográfico.

Esto supone un gran problema, y es que como en cualquier película, lo que vemos en la pantalla no es la realidad y en el caso de la pornografía no es una excepción. Las escenas que representan son totalmente ficticias y desligadas de la realidad de las relaciones en pareja, y a pesar de ello, muchos de ellos (y ellas) lo toman como un manual a seguir en lugar de asumir que es un producto diseñado para la provocación y la sumisión de las mujeres.

Como digo, ver porno en la adolescencia (y cada vez más durante la infancia) es un problema que empieza a preocupar de manera alarmante ya que genera unos efectos sobre las mentes aún inmaduras. Además, visualizar porno en la adolescencia contribuye a crear una imagen distorsionada de la verdadera realidad del sexo. Y dada la naturaleza de los vídeos, se presenta una desigualdad de roles de género y un trato desfavorable, y en algunos casos agresivo, hacia las mujeres que cala tanto a nivel social como cuando mantienen una relación de pareja, lo que lleva a conductas muy poco saludables.

Las consecuencias de ver porno en la adolescencia son variadas. Me interesa recalcar sólo unas cuantas. En primer lugar, crea adicción. El cerebro de una o un adolescente está aún por desarrollar. Y no solo a nivel neurológico, también a nivel psicosexual y, con ello, la falta de criterio propio para discernir entre lo que es realidad de lo que es ficción.

En segundo lugar, genera una visión de los roles de género muy rígidos y distorsionados. La mayoría del porno está diseñado para la satisfacción de los hombres, por lo que a las mujeres se les presenta en un rol sumiso, dando a entender que esto es lo que le gusta a los hombres, cuando no tiene por qué ser así. Esto puede provocar que en su adultez y en sus futuros encuentros eróticos y sexuales las y los jóvenes adopten roles sin haber experimentado lo suficiente como para saber si están cómodas y cómodos en ellos o no.

Y en tercer lugar, perjudica sus relaciones ya que la reproducción de esos comportamientos esto puede llevar a conductas muy poco saludables.

Cuando se visualiza material pornográfico se está expuesto a estímulos muy fuertes, con lo que cuando se está manteniendo un encuentro erótico real no se siente lo mismo con otra persona, lo que ocasiona sentimientos de frustración y ansiedad.

La sexualidad también está condicionada por el género. La prueba de la sexualidad y virilidad para los adolescentes; la presión a las adolescentes por la satisfacción masculina; la cosificación e hipersexualización de las chicas; la pornografía basada en la desigualdad y la heteronormatividad y un largo etcétera son factores clave en el desarrollo de la sexualidad y por supuesto, condicionan también el desarrollo sexual en esta etapa.

Esta realidad supone un esquema de desigualdad que lastra el desarrollo de la sexualidad e identidades de la población adolescente. Además, es un caldo de cultivo para que, sin educación ni cambio cultural, surjan diversas formas de violencia (violencia de género, ciberacoso, discriminación, agresiones sexuales, etc.), así como relaciones basadas en la violencia, desigualdad, homofobia, lesbofobia y transfobia.

Mientras que los chicos consumen una pornografía que está diseñada para ellos, a través de la que satisfacen “necesidades instintivas”, las chicas se adentran en la pornografía como método para “aprender” qué se espera de ellas (gestos, posturas, etc.).

El acceso a mecanismos de prevención en salud sexual y reproductiva, como los métodos de protección, también es una cuestión de género. Las jóvenes se enfrentan a más barreras en el uso de preservativo que los chicos, pero estas barreras están más relacionadas con cuestiones emocionales, reparo a comprarlos en público o en su propio uso. En cambio, la falta de uso de preservativo por parte de los chicos está más relacionada con la percepción del mismo como un obstáculo para disfrutar de la relación sexual.

Sin embargo, el aspecto más peligroso de la pornografía es que no se precisa, o ni siquiera se plantea, que tenga que darse consentimiento, además del ejercicio explícito de la violencia. En muchas ocasiones, las mujeres no expresan su consentimiento y, es más, aparecen experimentando desagrado o incluso dolor, sin que esto altere el desarrollo de la escena. Esta normalización de la ausencia de consentimiento, junto con una falta de capacidad para el pensamiento crítico que se puede desarrollar a través de la educación, impacta negativamente en la construcción del deseo y de las relaciones sexuales, sociales y de pareja. En los peores casos, puede desembocar en alguna o varias formas de violencia.

La educación afectivo-sexual es un derecho. La Convención sobre los Derechos del Niño, que España ha ratificado y, por tanto, debe respetar, establece como fines de la educación “preparar a la infancia para asumir una vida responsable en una sociedad libre, con espíritu de comprensión, paz, tolerancia, igualdad de sexos” (artículo 29). Por tanto, la educación afectivo-sexual es una parte de su formación integral.

Además, es una forma de dar acceso a una información adecuada (artículo 17), ya que es una herramienta básica para aprender sobre sexualidad, riesgos, el propio cuerpo, etc. Ayuda a preparar a la juventud para la vida en general, especialmente para construir y mantener relaciones satisfactorias que contribuyan a desarrollar de manera positiva la personalidad y la autoestima. Como contenido educativo, es una actividad pedagógica gradual, con contenidos rigurosos y objetivos, basados en la biología, psicología y desarrollo social. Es necesario que este contenido se imparta de forma reglada desde edades tempranas, adaptándolo a cada etapa educativa. De esta manera, menores de edad empezarán, desde una valoración integral y positiva de la sexualidad, a conocerse y a respetarse, y hará lo mismo con sus iguales.

Compartir en Redes sociales